Viernes, 19 de Junio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNNo robarás: la historia de Gilbert O'Sullivan
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Rafael García-Purriños

No robarás: la historia de Gilbert O'Sullivan

 

‘Thou shalt not steal’. ‘No robarás’.

 

No es una frase que uno espere encontrar en una sentencia judicial sobre música pop. Sin embargo, esas fueron prácticamente las primeras palabras que un juez federal estadounidense decidió utilizar en 1991 para resolver uno de los pleitos más importantes en la historia de la industria musical. La sentencia que cambió el hip-hop para siempre.

 

Sentado al otro lado de la sala estaba Gilbert O'Sullivan.

 

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Una gran sorpresa, porque si uno piensa en artistas acostumbrados a protagonizar grandes batallas legales, probablemente no imagina a aquel compositor irlandés de aspecto tímido, amante de las melodías delicadas y las canciones melancólicas. Gilbert nunca pareció un rebelde. Nunca cultivó una imagen de estrella maldita. Nunca necesitó llamar la atención.

 

Contemos la historia desde el principio.

 

Mucho antes de ese tribunal, de los discos de platino y de los números uno, existía un muchacho llamado Raymond Edward O'Sullivan. Había nacido en Irlanda en 1946, aunque siendo todavía un niño su familia se trasladó a Inglaterra buscando una vida mejor. Como tantos hijos de emigrantes irlandeses, creció entre dos mundos y aprendió pronto que las oportunidades rara vez llamaban dos veces a la puerta.

 

Su nombre artístico venía del tándem compositivo de finales del siglo XIX Gilbert & Sullivan, autores de varias operetas.

 

La música llegó pronto, aunque no exactamente como cabría esperar.

 

Mucho antes de fundar Supertramp, un joven Rick Davies lideraba una pequeña formación llamada Rick's Blues. Allí coincidió con Gilbert. Davies se sentaba al piano. Gilbert ocupaba la batería.

 

Cuando Supertramp llenaba estadios y Gilbert encabezaba listas de éxitos en medio mundo, seguían recordando aquellos días. De hecho, Gilbert siempre reconoció que gran parte de sus conocimientos musicales procedían de Davies. "Rick me enseñó a tocar el piano y prácticamente todo lo que sé sobre música", llegó a afirmar.

 

Es una de esas curiosidades que esconde la historia del rock: el futuro líder de Supertramp enseñando armonía y piano al hombre que acabaría escribiendo algunas de las canciones más bonitas y delicadas de los años setenta.

 

Durante mucho tiempo, sin embargo, nadie parecía especialmente interesado en escucharlas.

 

El éxito tardó en llegar. Gilbert escribía, insistía y esperaba. Hasta que apareció Gordon Mills, el legendario representante de Tom Jones. Mills vio inmediatamente que aquel muchacho tímido tenía un talento extraordinario para construir melodías. El primer éxito fue 'Nothing Rhymed', pero el auténtico terremoto llegó en 1972 con 'Alone Again (Naturally)'.

 

La melodía era hermosa. El piano, ligero, la voz, amable. Debajo de aquella apariencia se escondía una de las canciones más tristes jamás convertidas en éxito mundial. Hablaba de la soledad, del abandono, de la pérdida de la fe, de la muerte de los padres y hasta de las ganas de abandonar esta vida.  

 

Pero funcionó. Número uno en Estados Unidos. Millones de copias vendidas. Semanas dominando las listas. Durante un tiempo, Gilbert O'Sullivan se convirtió en uno de los artistas más populares del planeta. Llegarían 'Clair', probablemente una de las canciones más entrañables de la década, 'Get Down', y una colección de éxitos que confirmaban que aquello no había sido un accidente.

 

Pero las modas son caprichosas, y los años ochenta ya no le encontraron dominando las listas como antes, aunque seguía conservando su talento. De esa época procede una pequeña joya llamada 'What's in a Kiss', un éxito tardío que devolvió su nombre a las radios y que demostraba que mantenía aquella capacidad casi mágica para construir melodías irresistibles.

 

Y volvemos de nuevo al juicio conocido como Grand Upright Music, Ltd. v. Warner Bros. Records Inc.

 

En 1991 el rapero Biz Markie utilizó parte de 'Alone Again (Naturally)' sin autorización para una de sus grabaciones. Lo que parecía una disputa menor acabó convirtiéndose en una batalla histórica.

 

El juez, Kevin Thomas Duffy, no tuvo dudas. Abrió la sentencia citando directamente el séptimo mandamiento. "No robarás."

 

Aquel caso cambió para siempre la industria musical. Hasta entonces existía cierta sensación de que utilizar fragmentos de canciones ajenas, los llamados 'samples' podía moverse en una zona gris legal. Después de la sentencia, ya no hubo dudas. Había que pedir permiso. Había que negociar derechos. Había que respetar el trabajo de los compositores. Los álbumes de ese estilo que vinieron después limitan el uso de samples, usando un promedio de uno o dos por canción, en comparación con los 10 o 15 que podían encontrarse en cada tema en los 80. Por otra parte, esto forzó a los productores a innovar. El propio Biz Markie eliminó la canción del disco donde estaba y llamó a su siguiente álbum All samples cleared! 

 

Lo extraordinario es que semejante revolución terminó llegando de la mano del hombre más improbable posible. Gilbert O'Sullivan, un hombre que tituló su tercer LP, de 1973,  'i´m a writer, not a fighter'.

 

Pero aquella canción no era simplemente un éxito comercial. Era una parte de su vida. Una obra nacida de su talento, de su sensibilidad y de su manera única de entender la música. Defenderla era, en cierto modo, defender toda su carrera. Como el mismo decía, “sin canciones no hay artista”. Más adelante, ganaría otra demanda contra su manager por impago de derechos.

 

Nunca quiso salvar el pop, Ni cambiar el mundo. Ni provocar un cambio de época en el mundo del rap y el hip-hop. Ni convertirse en leyenda.

 

Solo quería escribir buenas canciones. Y que se respetase su legado como compositor.

 

Y consiguió las dos cosas.

 

Linkedin: Rafael García-Purriños

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