La España que queremos I
Donde queremos llegar no se construye en un minuto, pero lo que se destruye puede tardar generaciones en volver a levantarse. España necesita volver a mirar a largo plazo, pensando en abuelos, padres e hijos, y no solo en el continuo ruido político.
Durante nuestra vida coinciden, al menos durante un tiempo, tres generaciones: los abuelos, los padres y los hijos. Tres formas distintas de mirar el mundo. Tres etapas con necesidades diferentes. Tres responsabilidades que, antes o después, todos vamos ocupando.
Primero somos hijos. Luego, muchos se convierten en padres. Más tarde, si sus hijos lo desean, abuelos. El papel cambia, pero la pregunta de fondo permanece: ¿qué país queremos construir para cada etapa de la vida?
La España que queremos no debería medirse solo por los titulares del día, ni por el enfrentamiento político permanente, ni por la capacidad de ganar una votación parlamentaria. Debería medirse por algo mucho más sencillo y mucho más exigente: si protege a quienes ya lo dieron todo, si permite vivir con dignidad a quienes sostienen el presente y si ofrece oportunidades reales a quienes deben construir el futuro.
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Los abuelos: dignidad, seguridad y respeto
Nuestros mayores necesitan una sanidad que les permita vivir con calidad de vida. No una sanidad convertida en promesa electoral, sino un sistema eficaz, humano, empático y accesible. Después de toda una vida trabajando, no deberían sentir que cada cita médica, cada prueba o cada trámite es una carrera de obstáculos.
También necesitan pensiones dignas. No como privilegio, sino como reconocimiento a décadas de esfuerzo, cotización y sacrificio. Una sociedad que no cuida a sus mayores está enviando un mensaje peligroso: trabajar toda una vida no garantiza la tranquilidad al final del camino.
A esto se suma una realidad cada vez más importante: la brecha tecnológica. Muchos mayores se sienten expulsados de gestiones básicas que antes eran sencillas. Sacar dinero del banco, pedir una cita, hablar con una administración o resolver un problema cotidiano se ha convertido, para muchos, en una prueba para la que nadie los preparó.
Y junto a esa brecha aparece otra amenaza: la ciberdelincuencia. Estafas, suplantaciones, mensajes falsos, llamadas fraudulentas. Los mayores son especialmente vulnerables porque confían, porque vienen de un mundo donde la palabra tenía más valor. Hoy esa confianza, que antes era una virtud social, se ha convertido en una debilidad frente a quienes no tienen escrúpulos.
Los padres: trabajo, esfuerzo y estabilidad
Los padres viven atrapados entre la responsabilidad de cuidar a sus hijos y la obligación de responder en el trabajo. Quieren algo tan básico como difícil: un empleo digno, un salario suficiente y la posibilidad real de llegar a final de mes sin sentir que todo se desmorona ante cualquier imprevisto.
Quieren dar lo mejor a sus hijos, pero también saben que sin esfuerzo, sacrificio y responsabilidad no se consigue nada sólido. Educar no es solo proteger. Educar también es enseñar que la vida exige compromiso, constancia y límites.
La educación debería ser uno de los grandes pilares de cualquier país serio. Las familias necesitan poder elegir, dentro de un marco de calidad, cómo formar a sus hijos. El objetivo preparar a una generación para un mundo complejo, competitivo y cambiante.
También hacen falta infraestructuras que permitan disfrutar, moverse, trabajar y hacer negocios. Carreteras, transporte, energía, telecomunicaciones, suelo industrial, vivienda, servicios públicos eficientes. Un país no se moderniza solo con discursos. Se moderniza con inversión, gestión y visión estratégica.
Fomentar el emprendimiento debería ser una prioridad. No castigarlo con burocracia infinita, sospecha permanente y cargas difíciles de soportar. Crear una empresa, mantenerla y generar empleo requiere asumir riesgos. Y un país que penaliza al que arriesga termina empobreciendo al conjunto.
La conciliación familiar también necesita sentido común. No puede consistir solo en trasladar la carga de unos hombros a otros. Muchas familias dependen de los abuelos para cuidar a los nietos, pero esos abuelos también necesitan descansar, vivir su vida y ser cuidados. Ahí aparece uno de los grandes puntos de fricción de nuestra sociedad: el reparto del tiempo.
Los padres necesitan ayuda para trabajar. Los abuelos necesitan no convertirse en una segunda jornada invisible. Los nietos necesitan referentes sólidos que los acompañen en un mundo que cambia a toda velocidad.
Los hijos: vivienda, empleo y futuro
Los jóvenes no piden milagros. Piden oportunidades. Poder acceder a un empleo sin encadenar precariedad. Poder independizarse sin que comprar o alquilar una vivienda parezca una misión imposible. Poder formar la familia que deseen, en el momento que puedan y con unas mínimas condiciones de estabilidad.
Una sociedad que no ofrece futuro a sus jóvenes se condena a sí misma. Porque sin jóvenes con proyecto vital no hay natalidad, no hay consumo, no hay innovación, no hay relevo generacional y no hay país que aguante.
También necesitan opciones culturales, deportivas y de ocio sano. No todo se reduce al empleo, pero sin empleo digno casi todo lo demás se vuelve secundario. La libertad real empieza cuando una persona puede decidir su camino sin vivir permanentemente al límite.
Linkedin: Pedro Rodríguez Molina



