Miércoles, 24 de Junio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNInmigrantes del César, inmigrantes de Dios
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José Mª Riquelme Artajona

Inmigrantes del César, inmigrantes de Dios

 

La reciente y exitosa visita del Papa León XIV a España descubre verdades: el mensaje de Jesús trasciende el hecho religioso y se conforma como una guía para la vida de creyentes, o no, que reconocen que su forma de ver, entender y vivir querría parecerse un poco a todo lo que representa el Nazareno. Otra verdad incontestable es la utilización política de los mensajes del Pontífice, mayormente por quienes han despreciado y denigrado a la religión católica como parte de su carta de presentación a la ciudadanía, pero que han sabido ver en León XIV, como antes en Francisco, una suerte de icono pop que les permite la mejor foto en sus peores horas.

 

Los mensajes papales son universales, ecuménicos, pero al igual que el reino de Jesús, no pertenecen de forma estricta a este mundo. Interpretar que la acogida a quien llega, a los inmigrantes (y no esa cursilada de migrantes, como si fueran golondrinas que van y vienen de forma cíclica) supone una obligación política y económica para las sociedades que acogen es olvidar que Jesús estableció la primacía de Dios (Marcos 12:17) sobre todas las cosas señalando también que forman parte de su reino las normas de los hombres, que han de ser respetadas. Esto es, cumplir con las leyes terrenales y obedecer la autoridad divina persiguiendo que ambas no entren en conflicto.

 

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Interpretar lo contrario supondría, sin pretenderlo, señalar al Papa como un gran hipócrita: el Estado Vaticano, expresión política y terrenal de la autoridad divina, tiene unas normas en materia de fronteras e inmigración de las más duras del mundo. Ingresar ilegalmente o de forma no autorizada en el territorio de la Santa Sede supone pena de prisión de uno a cuatro años, multa de hasta 25.000 euros y la prohibición de ingreso durante los próximos quince años. Por esa razón, el Papa, cuando habla de acogida, habla también de respeto a las normas del territorio que acoge, y en última instancia, de integración. Esto es, de respeto a los habitantes, costumbres y marco jurídico del lugar al que llegan.

 

[Img #13235]Por eso es descorazonador observar cómo desde algunos partidos políticos y también medios de comunicación se han manipulado las palabras del Papa sobre la inmigración otorgándole, según convenga, un sentido coincidente con sus mensajes políticos, consiguiendo el efecto contrario del pretendido por el Pontífice, esto es, dividir a los ciudadanos convirtiendo en partidismo el ecumenismo cristiano. Sin embargo, aquellos mensajes que no se adaptan a la coyuntura del momento, como los referidos a la integridad de la vida humana desde el momento de la concepción hasta su final no han tenido el protagonismo que merecían.

 

Es por tanto perfectamente compatible observar con atención el mensaje papal y cumplirlo en lo que se refiere a su completa dimensión cristiana, y saber al mismo tiempo que las leyes del César han de ordenar cómo, cuándo y cuántos pueden llegar, ser acogidos e integrarse con plenas garantías para quienes llegan y quienes les reciben. De lo contrario, en ausencia de imposibles milagros, quienes multiplican los panes y los peces, que son quienes trabajan y pagan para que la abundancia alcance también a tanto menesteroso se verán obligados a cuestionarse si, a la larga, acoger supone mejorar la vida de algunos o empeorar la de todos, convirtiendo lo que aquí tenemos en lo que allí dejan: un infierno.

 

Ojalá los discursos políticos se acomodaran al mensaje del Papa en términos de inteligencia social. Pero no se hagan ilusiones. Algunos hipócritas de la política nos darán futuras tardes de gloria cuando, al albur de la próxima despenalización de las ofensas al sentimiento religioso, jaleen las humillaciones y faltas de respeto al cristianismo y a los mensajes que predica León XIV, a quien ahora usan para su teatrillo infame buscando un alivio estéril para la corrupción que les ahoga. 

 

Linkedin: José María Riquelme Artajona

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