La farsa de un gobierno regional
Durante las últimas décadas, la exclusión social ha dejado de ser un fenómeno puntual asociado únicamente a la pobreza extrema para convertirse en una realidad compleja y persistente. La vulnerabilidad afecta hoy a sectores cada vez más amplios de la población, y en muchos casos, se cronifica. Las dificultades económicas, la precariedad laboral, el acceso limitado a la vivienda, el envejecimiento demográfico y el aislamiento social conforman un escenario que exige repensar las políticas de desarrollo social y el modelo de convivencia que estamos construyendo. ¿Dónde queda la dignidad humana?
La dificultad para acceder a una vivienda digna anda generando efectos en cadena. La inestabilidad residencial provoca estrés, empeora la salud física y mental y dificulta la integración social. Cuando una persona o familia vive con la incertidumbre constante de no saber si podrá mantener su hogar, resulta mucho más complicado desarrollar vínculos comunitarios o planificar el futuro. Por ello, cualquier estrategia de desarrollo social debe situar la vivienda, junto a la familia en el centro de las políticas públicas, impulsando alquileres asequibles, vivienda social y mecanismos de protección frente a situaciones de vulnerabilidad.
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Las sociedades europeas avanzan hacia una estructura demográfica en la que las personas mayores representan un porcentaje cada vez más elevado. Este cambio obliga a replantear los servicios y recursos destinados a este colectivo. Los centros residenciales para mayores están adquiriendo un papel fundamental no solo como espacios asistenciales, sino también como lugares de participación, aprendizaje y socialización.
De sobra sabemos que, estos espacios contribuyen a prevenir la soledad no deseada, promueven hábitos saludables y favorecen la autonomía personal. Además, generan oportunidades para el encuentro intergeneracional y fortalecen el tejido comunitario. La atención a las personas mayores no puede limitarse a cubrir necesidades básicas; debe orientarse también a garantizar una vida digna, activa y plenamente integrada en la comunidad.
Junto a estos y otros problemas emerge con fuerza el fenómeno del aislamiento social. A pesar de vivir en sociedades altamente conectadas desde el punto de vista tecnológico, muchas personas experimentan una creciente sensación de soledad. Las relaciones comunitarias se debilitan, la vida colectiva pierde peso y aumenta la percepción de inseguridad y desconfianza hacia los demás. El aislamiento, no lo duden, afecta especialmente a los mayores, pero también a jóvenes, desempleados y ciudadanos que carecen de redes de apoyo sólidas.
Ante este panorama, resulta evidente la necesidad de un cambio de rumbo que, hasta ahora, en nuestra Región murciana se le desconoce en estos avatares. El modelo actual presenta niveles crecientes de individualismo, desigualdad e insostenibilidad que amenazan la cohesión social. Cuando las diferencias económicas se amplían, los vínculos comunitarios se debilitan y la incertidumbre se instala en amplios sectores de la población, surgiendo lo que algunos autores denominan “la sociedad del miedo”: una sociedad marcada por la inseguridad, la competencia permanente y la percepción de que el futuro será peor que el presente.
Frente a esta realidad, el desarrollo social debe recuperar su dimensión colectiva. Es necesario fortalecer las políticas públicas, garantizar el acceso a la vivienda, poder pagar la farmacia, la luz y el agua, etc. La cohesión social no puede construirse únicamente desde la responsabilidad individual; requiere compromiso institucional, que por ahora, en nuestra región “no se sabe, no contesta”, junto a una solidaridad colectiva.
Solo así será posible avanzar hacia una sociedad más justa, inclusiva y sostenible, donde las personas no vivan condicionadas por el miedo, sino respaldadas por una comunidad capaz de ofrecer oportunidades, protección y esperanza.
Hoy por hoy, la farsa de guante blanco sigue dejando que desear en esta región, frente a lo que el pasado 2 de enero, Cáritas y Foessa nos transmitían con lágrimas en los ojos.



