Viernes, 26 de Junio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓN¿Otro día en el paraíso? Phil Collins
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Rafael García-Purriños

¿Otro día en el paraíso? Phil Collins

 

A finales de los años ochenta, Phil Collins vivía una situación que muy pocos músicos han conocido jamás. Había alcanzado la cima dos veces.

 

De hecho, pertenece a un club tan exclusivo que apenas cuenta con tres miembros. Junto a Paul McCartney y Michael Jackson, es uno de los únicos artistas que han superado los cien millones de discos vendidos tanto como integrante principal de una banda como en su carrera en solitario. Cien millones de discos (por dos) representan estadios llenos durante décadas, y una presencia constante en la vida de millones de personas.

 

Parecía estar en todas partes. Sonaba en la radio, aparecía en televisión, llenaba grandes recintos y encabezaba las listas de ventas de medio mundo. Era una de las voces más reconocibles de su tiempo. Había escrito canciones sobre el amor, la pérdida, la distancia, el desengaño y las heridas que dejan las relaciones rotas.

 

Y precisamente cuando parecía no tener ya nada que demostrar, decidió grabar una canción incómoda.

 

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La década de los ochenta suele recordarse como una época de prosperidad, de crecimiento económico, de optimismo tecnológico y de confianza en el futuro. Fueron los años de los grandes anuncios, de la cultura del éxito, de los ejecutivos agresivos, de las hombreras imposibles y de la sensación de que el mundo occidental avanzaba hacia una nueva era de abundancia.

 

Sin embargo, detrás de aquella imagen brillante existía otra realidad mucho menos visible. En ciudades como Londres, Nueva York o Los Ángeles, el número de personas sin hogar aumentaba de forma preocupante. Mientras los escaparates se llenaban de lujo y las pantallas celebraban el triunfo individual, miles de personas dormían en estaciones, parques, soportales y calles.

 

Era una realidad que estaba ahí. A la vista de todos. Y precisamente por eso resultaba tan fácil ignorarla.

 

Fue entonces cuando Phil Collins escribió 'Another Day in Paradise'.

 

La historia es sencilla: una mujer se acerca a un hombre por la calle. Le pide ayuda. Le pide atención. Le pide, en cierto modo, algo todavía más básico: que reconozca su existencia. Pero él evita la mirada, sigue caminando y continúa con su vida.

 

Habla de una situación cotidiana que se repite cada día en miles de ciudades del mundo. Y precisamente por eso resulta tan devastadora. Porque la canción no pregunta qué le ocurre a la mujer que duerme en la calle. Eso ya lo sabemos.

 

La pregunta es qué le ocurre al hombre que pasa de largo. Qué nos ocurre cuando nos acostumbramos al sufrimiento ajeno hasta convertirlo en parte del paisaje. Qué sucede cuando, de tanto dejar de mirar, dejamos de ver.

 

No construye una historia compleja. No intenta dar lecciones. No señala culpables concretos. Se limita a colocar al oyente frente a una situación incómoda y le obliga a ocupar un lugar dentro de ella.

 

Y lo hace, además, utilizando una melodía hermosa. Paradójicamente, detrás de una producción elegante, una interpretación cargada de sensibilidad y un estribillo que millones de personas terminarían cantando de memoria, se escondía una de las denuncias sociales más directas que alcanzaron las listas de éxitos a finales del siglo XX.

 

La canción fue un éxito gigantesco. Número uno en numerosos países. Premios internacionales, Grammy incluido. Meses enteros sonando en emisoras de radio de todo el mundo. Curiosamente, en Inglaterra, la canción fue el último número uno de la década de 1980 y primero de la década de 1990.

 

Y, sin embargo, mucha gente sigue sin saber realmente de qué habla. Tal vez porque la belleza de la melodía terminó eclipsando la dureza de la historia, O quizá porque nos resulta más cómodo recordar el estribillo que detenernos a pensar en la pregunta que plantea.

 

Algunos críticos acusaron a Collins de hablar sobre la pobreza desde una posición privilegiada. No era la primera vez que un artista recibía un reproche semejante. Tampoco sería la última. Sin embargo, y al margen de los millones donados por el artista (que fueron muchos, para estas y otras causas), si las personas con capacidad para ser escuchadas no hablan de determinados problemas, ¿quién lo hará?

 

Porque más allá de cualquier debate, la realidad es que millones de oyentes escucharon durante meses una canción sobre personas sin hogar. Una realidad que, de otra forma, difícilmente habría encontrado espacio en la radio comercial.

 

Han pasado tres décadas desde entonces. Genesis forma parte de la historia del rock. Phil Collins ocupa un lugar de privilegio entre las grandes figuras de la música popular. Las modas han cambiado, la industria ha cambiado y el mundo parece muy distinto al de 1990.

 

Pero la escena que describe la canción sigue siendo dolorosamente reconocible. Una persona pide ayuda. Otra mira hacia otro lado y continúa caminando.

 

No habla únicamente de la pobreza. Ni siquiera habla únicamente de las personas sin hogar. Habla de algo mucho más cercano. De nuestra capacidad para reconocer el sufrimiento ajeno. Y de nuestra extraordinaria facilidad para ignorarlo.

 

Y la pregunta sigue siendo la misma que en 1990. ¿Qué hacemos cuando alguien necesita ayuda, y está justo delante de nuestros ojos?

 

Cambiar la respuesta, eso sí depende en gran medida de nosotros.

 

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