Jueves, 02 de Julio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa grandeza que no se ve: las enseñanzas de El Principito
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Eduardo Martín del Olmo

La grandeza que no se ve: las enseñanzas de El Principito

 

Antoine de Saint-Exupéry escribió El Principito en 1943, exiliado en Nueva York, deshecho por una crisis personal que sus biógrafos no disimulan. Ocho años antes había sufrido una avería de motor en el desierto líbico: sin agua, sin compañía, sin nada que hacer salvo pensar. De esa avería nació la fábula. Y de ella se puede extraer, ochenta años después, una lección de liderazgo que ningún manual de gestión ha mejorado.

 

El principito visita, antes de llegar a la Tierra, seis planetas habitados por un único adulto cada uno: un rey sin súbditos, un vanidoso que solo escucha alabanzas, un hombre de negocios que cuenta estrellas sin mirarlas, un bebedor que bebe para olvidar, un farolero que se pasa el día encendiendo y apagando una farola, y un geógrafo que sabe nombrar mares, montañas y desiertos sin haber puesto un pie en ninguno. Son retratos de cómo el mando, el reconocimiento y la posesión pueden ocupar una vida entera disfrazados de éxito. Cualquiera que lleve diez años trabajando reconocerá, con cierta incomodidad, a alguno de los seis en su propio despacho.

 

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La verdadera lección llega después, con el zorro. Le enseña al principito el verbo domesticar: no someter, sino crear lazos mediante el tiempo dedicado, la paciencia, el ritual repetido sin prisa. Antes de domesticarse, el zorro es uno de cien mil zorros idénticos; después, es único. Y de esa unicidad nace una responsabilidad que no se negocia: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado".

 

Traducido a cualquier organización: el liderazgo no se ejerce, se doméstica. Ni los másteres ni los organigramas sustituyen el tiempo invertido en una persona concreta hasta que deja de ser intercambiable. Los equipos que mejor retienen el talento no son siempre los que pagan más, sino los que han convertido alguna costumbre pequeña en rito de pertenencia.

 

Hay, además, una rosa: vanidosa, imperfecta, con cuatro espinas inútiles, a la que el principito riega y protege pese a sus defectos. El libro no enseña a conformarse con lo mediocre, sino algo más exigente: que la grandeza no consiste en encontrar el equipo, el socio o el proyecto perfecto, sino en decidir, con lucidez sobre sus fallos, cuál se va a cuidar de verdad.

 

Todo converge en la frase que cierra el encuentro con el zorro: “Lo esencial es invisible a los ojos". Las personas grandes, dice el narrador, solo entienden los números. Hemos perfeccionado esa miopía con indicadores y cuadros de mando, necesarios pero insuficientes: gestionar no es lo mismo que comprender, y ningún balance ha medido nunca un vínculo.

 

Tal vez por eso un cuento escrito para niños sigue interpelando a directivos, consultores y profesionales: porque dice, sin ninguna ceremonia, lo que cuesta una carrera entera olvidar. Que la grandeza que de verdad permanece no es la que se mide, sino la que se doméstica.

 

Linkedin: Eduardo Martín del Olmo

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