Conservar no es prohibir
Las leyes más eficaces no son las que más prohíben. Son las que consiguen que la sociedad quiera cumplirlas porque las considera justas, equilibradas y necesarias. Esa es, probablemente, la gran diferencia entre conservar y prohibir
En las próximas semanas la tortuga mora volverá a ocupar titulares. Se anunciarán estudios, se presentarán propuestas y volverá el debate sobre su conservación. Precisamente por eso, antes de que empiecen las declaraciones y cada uno se sitúe en su trinchera, creo que merece la pena hacer una reflexión que va mucho más allá de una especie protegida.
Nadie puede poner en duda el extraordinario trabajo desarrollado durante más de dos décadas por la Universidad Miguel Hernández. Sus investigadores han dedicado años a conocer mejor la especie, su comportamiento, su genética, su evolución y las amenazas que ponen en riesgo su supervivencia. Ese conocimiento constituye una herramienta imprescindible para cualquier política seria de conservación y merece todo el reconocimiento.
Precisamente porque hoy sabemos mucho más que hace veinte años, ha llegado el momento de dar un paso más. Después de veinticinco años de investigaciones, la gran cuestión ya no es únicamente cómo salvar a la tortuga mora, sino cómo hacerlo sin perder a quienes mejor conocen y conservan el territorio donde vive.
![[Img #13322]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/06_2026/8749_tortuga.jpg)
Las principales amenazas para la especie llevan años identificadas. La fragmentación del hábitat, los incendios, la captura ilegal, las enfermedades o determinadas transformaciones del territorio forman parte de un diagnóstico ampliamente conocido. La ciencia ha hecho su trabajo. Ahora corresponde a las administraciones demostrar que también saben hacer el suyo.
Y ahí comienza la preocupación de miles de agricultores.
No porque rechacen la conservación de la naturaleza. Sería profundamente injusto afirmarlo. Quienes viven del campo saben mejor que nadie que sin un medio natural sano tampoco existe agricultura. Lo que realmente preocupa es que la conservación termine convirtiéndose en un sinónimo de prohibiciones, restricciones, expedientes, incertidumbre y pérdida de oportunidades para quienes llevan generaciones trabajando esas tierras.
Durante décadas la tortuga mora y la agricultura han convivido en buena parte del territorio murciano. Si hoy todavía existen muchas de esas poblaciones es, en gran medida, porque esos paisajes no fueron urbanizados ni abandonados, sino que continuaron siendo explotaciones agrícolas que mantuvieron un equilibrio entre la actividad humana y el entorno natural.
Sin embargo, muchos agricultores empiezan a percibir que la presencia de una especie protegida puede convertirse en un problema para el futuro de sus explotaciones. Cuando eso ocurre, el problema ya no está en la naturaleza. El problema está en la forma de gestionar su conservación.
Las mejores políticas ambientales no son las que acumulan más prohibiciones. Son las que consiguen que quienes viven en el territorio se conviertan en los primeros interesados en protegerlo. Ningún funcionario conoce mejor una finca que quien la trabaja cada día. Ningún despacho puede sustituir el conocimiento de quien ha visto evolucionar ese paisaje durante décadas. Convertir a esos agricultores en sospechosos permanentes, en lugar de convertirlos en colaboradores, sería un error que terminaríamos pagando todos.
Las administraciones suelen pensar que una ley protege más cuanto más prohíbe. La experiencia demuestra justamente lo contrario. Las normas que mejor funcionan son aquellas que consiguen que la sociedad quiera cumplirlas porque las considera justas, equilibradas y útiles, no porque las tema.
Conservar una especie nunca puede significar poner en peligro otra: la del agricultor que todavía resiste en el campo. Si quienes viven de la tierra empiezan a percibir una especie protegida como una amenaza para su futuro, estaremos rompiendo un equilibrio que ha tardado generaciones en construirse.
Durante más de dos décadas, la Universidad Miguel Hernández ha aportado un valioso conocimiento científico sobre la tortuga mora. Ese trabajo merece todo el reconocimiento. Ahora el reto ya no es únicamente seguir investigando, sino demostrar que ese conocimiento puede traducirse en una política de conservación eficaz, proporcionada y compatible con la actividad agrícola.
Ojalá el futuro Plan de Conservación marque un camino diferente. Ojalá sea capaz de demostrar que proteger una especie no exige enfrentarla con quienes han convivido con ella durante generaciones. Ojalá la Administración entienda que la conservación no se mide por el número de restricciones que impone, sino por el número de personas que consigue implicar.
Porque conservar no es prohibir.
Prohibir es la solución más sencilla. Basta con redactar una norma.
Conservar exige inteligencia, diálogo, conocimiento del territorio, seguridad jurídica y la implicación de quienes llevan generaciones viviendo y trabajando en él. Exige convertir la protección de la naturaleza en un proyecto compartido y no en un motivo permanente de conflicto.
La tortuga mora no necesita más estudios para encontrar enemigos. Lo que necesita es una política inteligente que convierta en aliados a los agricultores. Porque nadie protegerá mejor una especie que quien lleva toda una vida viviendo y trabajando en el territorio donde habita.
Linkedin: José García Martínez



