Triana. Rumor de libertad
Mediaban los años setenta del siglo pasado y España empezaba lentamente a parecerse a un país distinto. La dictadura daba sus últimos pasos, y se respiraba una sensación difícil de explicar, una mezcla de incertidumbre y esperanza, como si el aire comenzara a entrar por unas ventanas que llevaban demasiado tiempo cerradas. No era aún la libertad. Era apenas un rumor.
Mientras en Inglaterra el rock progresivo vivía su edad de oro, el rock español seguía buscando su identidad. Existían magníficos músicos, pero la mayoría intentaba sonar como los ingleses, reproducir sus estructuras, sus guitarras, incluso su manera de entender la puesta en escena.
Y entonces aparecieron tres andaluces que decidieron hacer exactamente lo contrario. No querían parecerse a nadie, querían sonar a Sevilla. Y lo consiguieron, al tiempo que se convertían en la mejor banda de rock en español de todos los tiempos.
A menudo se dice que Triana mezcló flamenco y rock. Es una definición injusta. Porque mezclar significa colocar dos cosas distintas una junto a la otra, y remover. Triana hizo algo mucho más difícil: consiguió que dejaran de ser dos músicas diferentes, de manera natural. Fundir, más que mezclar.
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No fue una ocurrencia. Detrás existía una tradición musical enorme. Antes habían abierto camino grupos como Smash, con Gualberto al frente, o músicos como Manuel Molina, empeñados en demostrar que el flamenco podía integrarse con otros sonidos sin perder autenticidad. Aquella Sevilla era un hervidero creativo donde convivían el blues, el rock psicodélico, el cante jondo y la tradición popular andaluza. Triana recogió todo aquello y dio el paso definitivo.
Y había otra influencia, tal vez menos evidente y, sin embargo, decisiva. Escuchar hoy El Patio produce una sensación muy parecida a la que provoca In the Court of the Crimson King. No porque Jesús de la Rosa pretendiera imitar a Robert Fripp. Lo que comparten ambos discos de debut es una forma de entender la música. Esa solemnidad casi litúrgica, esos teclados que parecen pintar paisajes infinitos, esa capacidad para emocionar, esa oscuridad luminosa que convierte cada canción en una experiencia espiritual.
Fripp buscaba inspiración en la tradición clásica europea, Jesús de la Rosa la encontraba en el flamenco. En el eco de las iglesias sevillanas. En las marchas procesionales de la Semana Santa, con esa mezcla única de dolor, belleza, recogimiento y esperanza que solo Andalucía ha sabido convertir en música. Hay algo en la solemnidad de Triana que no procede únicamente del rock progresivo, sino también de haber crecido escuchando cornetas, tambores y saetas, y de haber visto a las hermandades desfilar.
Y para levantar aquel edificio hacían falta tres músicos extraordinarios.
Jesús de la Rosa fue mucho más que un cantante. Su voz parecía contener una melancolía antigua. Cantaba como quien conversa consigo mismo, con una delicadeza que contrastaba con la intensidad emocional de las canciones. Al piano y a los teclados construía atmósferas que todavía hoy conservan una belleza difícil de igualar.
A su lado, Eduardo Rodríguez Rodway aportaba una guitarra elegante, contenida. Nunca abusó del virtuosismo, aunque lo poseía de sobra. Entendía que el silencio también forma parte de la música y que una sola nota, colocada en el lugar exacto, puede emocionar más que un torrente de escalas imposibles.
Y luego estaba Juan José Palacios 'Tele'. Un músico excepcional, dueño de una técnica y un sentido del ritmo que nada tenían que envidiar a los grandes baterías que, por aquellos años, revolucionaban el rock en Inglaterra y Estados Unidos. Su batería, además, respiraba flamenco. Dominaba los distintos palos con una naturalidad asombrosa y era capaz de trasladar a un instrumento nacido para el rock la complejidad rítmica de una bulería sin perder contundencia ni elegancia. Si Triana hubiera nacido en Londres, probablemente hoy su nombre aparecería en cualquier conversación sobre los grandes baterías del rock de los años setenta.
Es un decir, claro, Triana nunca podría haber surgido en Londres. Solo podía nacer en la calle Betis.
Discos como El Patio, Hijos del agobio, Sombra y luz o Un encuentro siguen sonando medio siglo después con una frescura asombrosa. Porque nunca dependieron de las modas. Encontraron un lenguaje propio, y eso convierte a las grandes obras en intemporales.
Es imposible saber qué habría ocurrido si El Patio hubiera llegado a Londres o Nueva York, pero cuesta creer que un grupo con semejante talento hubiera pasado desapercibido. Musicalmente no tenían nada que envidiar a ninguna de las grandes bandas del progresivo europeo. Lo único que les faltó fue un mercado capaz de proyectarlos al mundo.
La historia, además, fue cruel con ellos. Jesús de la Rosa falleció el 13 de octubre de 1983 como consecuencia de un accidente de tráfico cuando se dirigía a participar en un concierto benéfico. Tenía apenas treinta y cinco años. Su muerte puso fin a una de las aventuras musicales más extraordinarias que ha dado este país. Tele, que intentó continuarla, fallecería 19 años después, con 57 años.
El legado de Triana está en haber enseñado al rock español que no necesitaba hablar con acento prestado. Que podía mirar a su propia tierra, que podía encontrar modernidad en la tradición.
Porque no hicieron simplemente rock andaluz, hicieron música universal, como solo puede serlo aquella que está profundamente enraizada en su tierra.
Linkedin: Rafael García-Purriños



