El absentismo laboral: un problema que ya no admite más silencios
El absentismo laboral se ha convertido en uno de los grandes problemas de nuestro mercado de trabajo y, especialmente, para las pequeñas y medianas empresas. Mientras una gran empresa puede reorganizar su plantilla, una pyme de diez o quince trabajadores sufre cada baja como un auténtico terremoto: los compañeros asumen más carga de trabajo, se retrasan proyectos y, en muchas ocasiones, hay que contratar a otra persona para cubrir el puesto, con el consiguiente coste económico.
Los datos hablan por sí solos. La Región de Murcia registra una tasa de absentismo del 7,6% de las horas pactadas, por encima de la media nacional, y el absentismo por incapacidad temporal alcanza el 6,2%. Además, el impacto económico supera ya los 600 millones de euros anuales. Son cifras que deberían hacernos reflexionar sobre si el sistema está funcionando como debería.
Nadie cuestiona el derecho de un trabajador a coger una baja laboral cuando realmente existe una enfermedad física o un problema serio de salud mental. Sería injusto hacerlo. Pero también es necesario abrir un debate sobre el notable incremento de las bajas por ansiedad, estrés o presión laboral, especialmente entre trabajadores de entre 25 y 35 años.
Algo está cambiando en nuestra sociedad. Parece que cada vez cuesta más asumir la presión que, nos guste o no, forma parte de cualquier trabajo. La salud mental merece toda la protección y el respeto, pero también debemos preguntarnos si estamos convirtiendo cualquier dificultad o momento de tensión en un motivo para dejar de trabajar.
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He conocido testimonios de profesionales sanitarios que aseguran que existe una creciente presión para conceder bajas cuando el paciente las solicita, especialmente en casos relacionados con ansiedad o estrés, evitando conflictos y sin iniciar largos procesos de comprobación. Algunos médicos también manifiestan sentirse condicionados por el temor a reclamaciones o conflictos personales si cuestionan la necesidad de una incapacidad temporal. No sé hasta qué punto esta situación está generalizada, pero el simple hecho de que exista esa percepción ya debería preocuparnos.
También conviene decir algo políticamente incorrecto. Una parte de las nuevas generaciones parece haber desarrollado una menor tolerancia a la frustración, al esfuerzo y a las exigencias del mundo laboral. Evidentemente, no todos los jóvenes son así, pero cada vez son más los empresarios que comparten esta preocupación. Hemos pasado de enseñar que el trabajo implica sacrificio, compromiso y responsabilidad a transmitir que cualquier presión es motivo suficiente para apartarse de la actividad laboral.
Proteger a quien realmente necesita una baja es una obligación. Pero proteger también a las empresas, especialmente a las pequeñas y medianas, que sostienen buena parte del empleo en nuestra región, también debería ser una prioridad. Porque detrás de cada baja que no está suficientemente justificada hay compañeros que cargan con más trabajo, empresarios que asumen más costes y una economía que pierde competitividad. Encontrar el equilibrio entre derechos y responsabilidades es uno de los grandes desafíos que tenemos por delante.
Linkedin: Nieves Betancor




