Liderar entre generaciones
Hay acontecimientos que trascienden el ámbito en el que se producen y terminan convirtiéndose en una extraordinaria metáfora de la realidad empresarial. El Mundial de fútbol es uno de ellos. Mientras millones de personas observan los goles, las clasificaciones o las polémicas arbitrales, hay otra historia mucho más interesante desarrollándose sobre el terreno de juego. Es la historia de una convivencia entre generaciones que desmiente muchos de los prejuicios con los que todavía se gestionan las organizaciones.
Durante años hemos alimentado el relato del relevo generacional como si el éxito de unos exigiera necesariamente la retirada de otros. Hemos presentado la irrupción del talento joven como una amenaza para quienes acumulan décadas de experiencia y, al mismo tiempo, hemos llegado a interpretar la permanencia de los séniors como un obstáculo para el desarrollo de quienes vienen empujando con fuerza. Sin embargo, basta observar con detenimiento a selecciones como las que están disputando este Mundial para comprender que esa dicotomía pertenece más al mundo de los titulares que al de la realidad.
Resulta difícil encontrar un ejemplo más elocuente que el de futbolistas como Lionel Messi, Cristiano Ronaldo o Harry Kane. Nadie cuestiona ya lo que han aportado al deporte. Han levantado títulos, siguen batiendo récords y han soportado durante más de una década una presión competitiva que muy pocos profesionales, en cualquier ámbito, serían capaces de resistir. Sin embargo, lo verdaderamente admirable de esta etapa de sus carreras no reside únicamente en su capacidad para seguir siendo decisivos, sino en la naturalidad con la que han entendido que el liderazgo evoluciona. Hoy ya no necesitan demostrar que son los mejores del equipo. Su verdadera influencia consiste en conseguir que el equipo sea mejor gracias a su presencia.
Frente a ellos aparecen jugadores como Kylian Mbappé, Erling Haaland, Michael Olise o Lamine Yamal, representantes de una generación que ha llegado sin complejos, con una enorme capacidad para transformar los partidos y con una manera diferente de interpretar el juego. Sería un error analizar esta convivencia desde la lógica de la sustitución. No estamos asistiendo a un enfrentamiento entre pasado y futuro, sino a una colaboración inteligente entre experiencia e innovación. Los más jóvenes aportan velocidad, creatividad y una ausencia casi inconsciente del miedo al error; los veteranos contribuyen con algo que ninguna tecnología ni ningún algoritmo puede acelerar: criterio, serenidad y una comprensión del contexto que únicamente proporciona el tiempo.
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La pregunta es por qué, siendo tan evidente en el deporte de élite, seguimos teniendo tantas dificultades para entender este mismo fenómeno dentro de las organizaciones. Quizá la respuesta tenga que ver con una cierta incoherencia en la forma en que concebimos el liderazgo. Decimos que las personas son el principal activo de la empresa, pero con demasiada frecuencia clasificamos ese talento en compartimentos estancos. Hablamos del talento junior como si representara el futuro y del talento sénior como si perteneciera únicamente al pasado, olvidando que las empresas siempre compiten en el presente y que ese presente exige aprovechar todo el conocimiento disponible.
La coherencia no consiste únicamente en actuar conforme a unos valores personales. En el ámbito empresarial supone, sobre todo, alinear el discurso con las decisiones. Una organización no puede afirmar que apuesta por las personas mientras convierte la edad en un criterio de exclusión. Tampoco puede proclamar que la innovación es uno de sus pilares estratégicos si las nuevas generaciones encuentran estructuras incapaces de escuchar ideas distintas o de cuestionar inercias que hace tiempo dejaron de aportar valor.
El liderazgo coherente entiende que la diversidad generacional no es una cuestión estética ni una exigencia derivada de las políticas de recursos humanos. Es una ventaja competitiva. Igual que un seleccionador no confecciona una convocatoria pensando únicamente en la juventud o exclusivamente en la experiencia, un directivo responsable debería preguntarse qué combinación de talento necesita para afrontar los desafíos de su organización. Porque las empresas, al igual que las selecciones nacionales, no ganan por reunir a los mejores individuos, sino por conseguir que personas diferentes sean capaces de poner sus capacidades al servicio de un propósito compartido.
Quizá por eso me preocupa el debate que desde hace algún tiempo se ha instalado en muchas organizaciones. Se habla con enorme entusiasmo de atraer talento joven, de incorporar perfiles digitales o de acelerar el relevo generacional, pero apenas dedicamos tiempo a reflexionar sobre el inmenso capital intelectual que abandonamos cada vez que un profesional con treinta o cuarenta años de experiencia sale por la puerta sin haber tenido la oportunidad de transmitir todo aquello que sabe. No me refiero únicamente al conocimiento técnico. Hablo de la intuición para anticipar problemas, de la capacidad para interpretar los matices de una negociación, de la gestión emocional en momentos de incertidumbre o de esa visión estratégica que sólo concede haber recorrido antes caminos similares.
La paradoja es que tampoco los profesionales más jóvenes salen beneficiados de esta situación. Incorporar personas brillantes a una organización sin ofrecerles referentes de los que aprender es una manera extraordinariamente eficaz de desperdiciar talento. La experiencia no limita el crecimiento del talento junior; lo acelera. Del mismo modo que la energía y la curiosidad de los más jóvenes impiden que la experiencia termine convirtiéndose en conformismo. Esa relación, cuando está bien liderada, deja de ser un intercambio para convertirse en una multiplicación.
Las organizaciones que marcarán la diferencia en los próximos años no serán aquellas que consigan contratar al mayor número de jóvenes ni las que fidelicen durante más tiempo a sus profesionales veteranos. Serán las que entiendan que el verdadero liderazgo consiste en construir espacios donde ambos puedan aprender juntos. Esa es la coherencia que demanda el nuevo contexto empresarial y, probablemente, una de las lecciones más valiosas que este Mundial está ofreciendo a quienes quieran mirar más allá del marcador.
Linkedin: Lucio Fernández



