Miércoles, 08 de Julio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNVacaciones como antídoto al distrés
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José García Férez

Vacaciones como antídoto al distrés

 

Comienza el séptimo mes de los calendarios juliano y gregoriano y, para muchos, empiezan las merecidas o temidas vacaciones, según se mire. La palabra vacatio, cuya procedencia del latín significa literalmente tiempo libre, denota y connota, dentro de su pluriformidad lingüística, disponer de tiempo eficiente y suficiente para el entretenimiento, el ocio, los viajes, las experiencias compartidas, las aficiones,… para llevar a cabo todas aquellas cosas que habitualmente no pueden realizarse durante el resto del año por motivos de trabajo, estudios, obligaciones constantes, responsabilidades familiares u otras circunstancias.

 

Eso sí, habrá quien piense que las vacaciones son la justa recompensa, en sentido propio, para aquellos que verdaderamente trabajan, que en nuestro país representan el 58% (si consideramos genéricamente la TPA o tasa de población activa) o el 44% (si consideramos realistamente la estructura productiva o TPT o tasa de población trabajadora), pues el resto de la población están insertos, eufemística o presuntamente hablando, en una vida ociosa, despreocupada y/o desocupada, emulando el slogan que hace años publicitaba en su campaña de marketing el complejo turístico castellonense de la antigua Marina D’or (denominado ahora Magic World Resort), de estar de “vacaciones todo el año”.

 

No obstante, según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) de enero de 2024, tanto para los currantes genuinos que representaban el 44% (trabajadores autónomos 6,67%, asalariados del sector privado 30,05% y empleados públicos 7,47%), como para los no currantes o inactivos que aglutinaban el 56% restante (menores de 16 años 15,11%, estudiantes mayores de 16 años 6,98%, amo/as de casa no remunerados 6,83%, parados 5,89%, jubilados/prejubilados 14,43%, otras pensiones 2,87%, dependientes 3,67%, otros inactivos 1,03%, etc.), datos muy similares con pequeñas variaciones a los de enero de 2026, las vacaciones simbolizan una desconexión de la rutina, un reajuste del tiempo de vida, un paréntesis en el ritmo vital, en definitiva, un reajuste del equilibrio somático, mental, social y espiritual que favorece el descanso, la mejora del estado de ánimo y permite, si es vivido positivamente, remotivar la vida.

 

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Pero, sobre todo, entrar o situarse mentalmente en modo vacaciones supone, además de dar un paso en firme para combatir el estrés, abandonar aparente o verdaderamente lo que el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han denominó “la sociedad del cansancio” y posibilitar, además, una terapia contra ciertos contextos fatales que muchos arrastramos como el desgaste, el agotamiento y la ansiedad, realidades que empobrecen la salud, dificultan las relaciones y disminuyen la cantidad/calidad de la vida de las personas.

 

En la sociedad actual, marcada por los algoritmos de la prisa existencial, el ritmo acelerado, la incertidumbre económica, el uso cuasi adictivo de las tecnologías, la sobrecarga de responsabilidades (laborales, académicas o familiares), así como las infinitas preocupaciones cotidianas, se generan continuos niveles de estrés. De ahí que las vacaciones, cuando se plantean desde la filosofía slow, así como desde la óptica del vivir el presente como valor prioritario, son percibidas como una desconexión necesaria e imprescindible para las personas.

 

[Img #13390]El estrés, entendido como un modo de vida habitual de muchos de nosotros, ineludible a veces (estrés bueno), pero dañino e insano a menudo (estrés malo o distrés), condiciona nuestra comprensión del mundo, nuestra valoración de las cosas o de los demás, la imagen que proyectamos de nosotros mismos y las acciones que desarrollamos por causa o culpa suya. De hecho, el estrés pernicioso o distrés es una realidad que dificulta lo que Aristóteles llamaba la “vida buena” o vida contemplativa (bios theoretikós), al tiempo que conculca uno de los aforismos más célebres de Séneca cuando sostenía que los humanos no sólo han de aspirar a vivir, sino a vivir bien: non enim vivere sed bene vivere.

 

En vacaciones aparece, pues, la necesidad de vivir bien, de aprender a vivir de otra manera, de recuperar el sentido de nuestras relaciones interpersonales, de replantear nuestras inquietudes laborales, nuestras preocupaciones vitales o simplemente, repensar nuestros anhelos de ilusión personal. En este sentido, si concebimos las vacaciones como un antídoto contra el distrés vital, estas se convierten en un espacio propicio para la serenidad, la paz interior, la libertad, la distensión, etc.

 

Pese a ello, hay quienes se empeñan en vivir, incluso las vacaciones, desde la rutina constante e interminable (como ocurría en la narración del mito de Sísifo subiendo y bajando su roca de la montaña eternamente), es decir, perpetuando en vacaciones un ritmo frenético de vida y conectados, absurdamente, a las ataduras mentales o materiales que lo sujetan a su monótona realidad. De ahí que estas fechas estivales se conviertan, para dichos individuos, en una prolongación de su modus vivendi cotidiano, lo que genera en ellos, en muchas ocasiones, desequilibrios personales y crisis vitales que los aboca, de forma imperceptible, a vidas inertes, tediosas, rutinarias, ingratas o alienadas.

 

Ojalá sepamos valorar el tiempo que tenemos de vida en todo momento y aprovechar dicho tiempo para vivirlo en plenitud, no sólo como un paréntesis vacacional en nuestros calendarios o en nuestras obligaciones, sino como una oportunidad para reencontrarnos con nosotros mismos, con las personas que queremos y con las pequeñas cosas u proyectos que dan sentido a nuestra existencia. Y ello, no por pura ideación pensante, sino porque el des-canso, la des-conexión y la des-ocupación vacacionales, además de ser unos excelentes antídotos contra el distrés, reportan beneficios a la salud de las personas y, por ende, a la felicidad de estas y de los que conviven relacionalmente con ellas.

 

Linkedin: José García Férez

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