Vivir más libre, la mirada esperanzadora del doctor Luis Gutiérrez Rojas
Conocí al dr. Gutiérrez Rojas en un podcast con el Mago More y me pareció que personas como ésta son las que deberían tener voz en nuestra sociedad. Habló de valores, de libertad y de la vida misma, desde una atalaya de alguien que convive en su trabajo con enfermedades que destruyen al hombre por dentro: depresiones, sicopatías, etc. Antes de comprar un libro, procuro leerlo o escucharlo en audiolibro. Lo hice. Debo decir que hay libros que se leen y se guardan en la estantería. Y hay otros que se leen, se dejan caer sobre la mesa con un gesto de asombro, y entonces uno se da cuenta de que algo ha cambiado dentro. Se convierten el «diccionarios» de búsqueda de valores, conocimiento y, sobre todo, humanidad.
Vivir más libre, de Luis Gutiérrez Rojas, pertenece a esta segunda especie. Publicado en febrero de 2023, el libro reúne 221 páginas de reflexión clínica, filosófica y profundamente humana sobre lo que significa ser libre en un tiempo que nos ofrece infinitas opciones y, sin embargo, nos deja más atados que nunca.
Gutiérrez Rojas no escribe desde la teoría abstracta. Lo hace desde su consultorio de psiquiatría, desde las conversaciones con pacientes que han perdido la capacidad de decidir, desde la observación de una sociedad que confunde tener con ser, y que ha convertido la libertad en un eslogan vacío.
Su tesis central resulta inquietante, pero real: la mayoría de las personas no son libres, aunque crean que lo son. Y el sufrimiento que las acosa no es un accidente del destino, sino la consecuencia directa de no haber aprendido a ejercer la libertad con responsabilidad, con valentía y con los otros.
En este artículo nos detendremos en dos de las ideas más potentes del libro: el sufrimiento como síntoma de una libertad mal ejercida y la necesidad radical de vivir en comunidad como condición para ser verdaderamente libre. Porque, como escribe Gutiérrez Rojas con una lucidez que rozar lo demoledor, la libertad no puede ejercerse en soledad.
El precio de elegir mal: el sufrimiento
Vivimos en una época que debería ser la más libre de la historia. Tenemos más información, más acceso, más capacidad de elegir que generaciones anteriores. Sin embargo, los datos clínicos son implacables: la depresión, la ansiedad, las adicciones y los trastornos emocionales crecen año tras año. Los países con mayor prosperidad económica registran las tasas más altas de estos males. ¿Por qué?
La respuesta de Gutiérrez Rojas no busca culpables externos. Apunta adentro. El sufrimiento, argumenta, surge cuando usamos mal nuestra libertad: cuando buscamos la felicidad en el lugar equivocado, en la materia, en el egoísmo o en las adicciones.
No es que la vida sea inherentemente cruel —aunque a veces lo parezca—, sino que hemos aprendido a confundir el placer inmediato con el bien verdadero, y esa confusión nos abre una herida que no deja de sangrar.
El psiquiatra navarro describe con crudeza clínica lo que él llama el sufrimiento autoinfligido, la forma más grave de dolor humano.
- Personas atrapadas en relaciones tóxicas que no abandonan porque tienen miedo de la soledad.
- Personas encadenadas a adicciones que no reconocen como tales porque la sociedad las normaliza: el alcohol en las cenas, el consumo compulsivo en las compras, la dopamina de las pantallas que nos mantiene hipnotizados.
- Profesionales de éxito que desempeñan carreras insatisfactorias porque renunciaron, en algún punto silencioso del camino, a decidir por sí mismos.
Lo particularmente lúcido, es que no juzga desde la superioridad moral. Él sabe, como psiquiatra, que la persona que sufre no es débil por naturaleza: ha sido mal educada en la libertad. Nadie le enseñó que decir que no a lo que le daña es un acto de amor propio. Nadie le mostró que la comodidad, ese dios invisible que adoramos sin darnos cuenta, puede ser la prisión más elegante jamás construida.
El miedo: guardián invisible de nuestras cadenas
Si el sufrimiento es la herida, el miedo es el cuchillo. Gutiérrez Rojas lo identifica como el principal enemigo de la libertad, y su análisis resulta especialmente revelador para quien observe la vida cotidiana con un mínimo de atención. Esto lo he sufrido durante los últimos años, en los que viví un auténtico calvario profesional y judicial, que, debo decirlo, me ha dejado heridas pero me ha hecho más fuerte y que no tenga miedo al abismo, porque lo he visto de cerca. Soy libre, porque no busco nada fuera que me de libertad. Lo tengo dentro.
Las personas no ejercen su libertad —no cambian de trabajo, no abandonan una relación que las destruye, no dicen lo que piensan, no se atreven a perseguir lo que realmente desean— por miedo.
Miedo a equivocarse.
Miedo a la soledad.
Miedo a la opinión ajena.
Miedo a perder la comodidad que ya tienen, aunque esa comodidad sea exactamente lo que les impide vivir.
Esta observación, aparentemente sencilla, tiene implicaciones profundas. Si el miedo es lo que nos mantiene encadenados, entonces la libertad no es un derecho que se tiene o no se tiene: es una capacidad que se cultiva. Y cultivarla implica, inevitablemente, aprender a convivir con el miedo sin dejarse dominar por él.
No se trata de ser temerario, sino de reconocer que la mayor parte de nuestras decisiones están condicionadas por un miedo que ni siquiera nombramos.
El autor introduce también una distinción sutil sobre la culpa, ese sentimiento que tan a menudo confundimos con la conciencia.
La culpa, cuando funciona como alarma —cuando nos dice «estás haciendo algo que va contra lo que realmente valoras»—, es necesaria y positiva.
Es la brújula interna que nos devuelve al camino.
Pero la culpa excesiva, crónica, difusa, se convierte en un obstáculo para la libertad.
Paraliza. Condena sin ofrecer salida. Transforma al ser humano en un juez implacable de sí mismo que termina por no atreverse a vivir. La diferencia entre una y otra culpa es, en el fondo, la diferencia entre ser libre y estar sometido a un tribunal interior que no descansa.
La civilización del espectáculo y la nada que nos devora: el vacio
Gutiérrez Rojas no se conforma con un análisis individual del sufrimiento. Extiende su mirada hacia la cultura en la que vivimos, y el diagnóstico es demoledor: hemos construido una civilización del espectáculo en la que nada nos sacia ni nos completa.
Somos espectadores de nuestra propia vida.
Consumimos experiencias, relaciones, productos y contenidos como quien engulle palomitas en una función cuyos protagonistas somos, curiosamente, nosotros mismos.
Pero la función no nos llena.
Nunca llena.
La frase puede sonar a tópico, pero sus consecuencias clínicas son devastadoras. Cuando la vida se reduce a consumir y ser consumido, la persona pierde la capacidad de comprometerse con nada ni con nadie. Y sin compromiso no hay proyecto vital, no hay sentido, no hay esa plenitud que Gutiérrez Rojas asocia con la libertad verdadera. La libertad no es tener o consumir, sino ser y ofrecerse a los demás. Como escribe con una contundencia que merece subrayarse: Una libertad que no se compromete con nada ni con nadie no es fecunda, plena ni productiva.— Luis Gutiérrez Rojas, Vivir más libre
La abundancia material no genera libertad ni felicidad. Los datos lo confirman con una ironía que a estas alturas resulta casi cruel: los países más ricos del planeta presentan las tasas más altas de depresión, ansiedad y suicidio.
Hemos construido un mundo con todo lo necesario para vivir y, sin embargo, no hemos aprendido a vivir en él. La paradoja no es nueva —ya la intuyeron los estoicos, los filósofos helenísticos, los místicos de todas las tradiciones—, pero Gutiérrez Rojas la trae al terreno clínico con la autoridad de quien ve cada día, en su consulta, el rostro concreto de esa paradoja.
La libertad que florece entre otros: la comunidad
Hasta aquí, la lectura puede parecer austera, incluso pesimista. Pero Vivir más libre tiene un giro luminoso que transforma por completo el sentido del conjunto. En el capítulo octavo —uno de los más brillantes del libro—, Gutiérrez Rojas establece una conexión que no suele explicitarse con suficiente claridad: la libertad y el amor son inseparables.
Esta idea, aparentemente contraintuitiva —¿cómo puede el amor, que implica entrega, ser fuente de libertad?—, se revela como la clave de bóveda de todo el libro.
La persona que ama de verdad es libre porque elige amar.
Nadie la obliga.
Nadie la coacciona.
La entrega es un acto voluntario, y en esa voluntariedad reside la libertad más alta. No la libertad de no hacer nada, no la libertad de ir a donde uno quiera sin comprometerse con nadie, sino la libertad de dar lo mejor de uno mismo a quienes uno elige amar.
Gutiérrez Rojas propone un giro radical en la forma habitual de pensar la libertad.
La famosa frase «Tu libertad acaba donde empieza la mía» —que parece un principio sensato y progresista— recibe una interpelación incómoda: ¿por qué pensamos siempre en los límites de nuestra libertad y no en cómo podemos ayudar a otros a ser más libres?
El enfoque es revelador, casi revolucionario.
No se trata de imponer, sino de acompañar.
No de colonizar la libertad ajena, sino de crear las condiciones para que cada persona descubra la suya.
El autor enumera con concreción las formas en que la comunidad alimenta la libertad: apoyarse en los demás es un acto de libertad, no de debilidad.
Los colegas que te sostienen en un momento difícil.
Los amigos que te dicen la verdad cuando no quieres escucharla.
La familia que te recuerda quién eres cuando la vida intenta convencerte de que no vales nada. Cada una de estas relaciones es un acto libre —nadie obliga a ser buen amigo o buena madre— y cada una de ellas, a su vez, expande la libertad de quien las vive.
La solidaridad es, según Gutiérrez Rojas, el ejercicio más alto de la libertad: cuidar de los hijos de una madre soltera, colaborar con una ONG, regalar tiempo a quien lo necesita.
No por obligación moral, no por culpa, no por presión social, sino por la pura y simple comprensión de que el bien ajeno es también mío. Esta visión conecta con la tradición aristotélica del ser humano como zoon politikon, animal político, ser que solo se realiza plenamente en relación con otros.
El individualismo: la peor epidemia silenciosa
Si la comunidad es el antídoto, el individualismo es el veneno. Gutiérrez Rojas lo llama «la peor enfermedad de la libertad», y su diagnóstico tiene la precisión de un bisturí. No habla del individualismo sano —la capacidad de formarse una opinión propia, de mantener la integridad personal frente a la presión del grupo—, sino de ese otro, el que aísla, el que convierte al ser humano en una isla orgullosa que confunde independencia con autosuficiencia.
Ideas clave sobre el individualismo
- El individualismo es incompatible con la libertad plena: la libertad se ejerce y se aprende en relación con otros
- En el mundo sobra la soledad: hay millones de personas que piden ayuda y nadie las escucha
- La familia, la amistad y la comunidad son el espacio donde se aprende y se ejerce la libertad
- El pensamiento humano se crea y se moldea hablando con quienes creen algo distinto
- La unanimidad destruye la libertad: las personas libres buscan el diálogo con los que piensan diferente.
Esta última idea merece una reflexión particular.
Vivimos en una época de tribus ideológicas, de burbujas informativas, de algoritmos que nos muestran solo lo que ya creemos.
El resultado es una sociedad que habla consigo misma y se sorprende de no entenderse.
Gutiérrez Rojas propone algo revolucionario en su sencillez: sentarse a hablar con alguien que piensa distinto. Nos salvamos nosotros y salvamos un derecho humano como es la libertad de expresión. Opinar, confrontar ideas, dialogar.
No para convencerle, no para doblegarle, sino para construir pensamiento propio.
Porque el pensamiento que no se enfrenta con la diferencia es un pensamiento que no piensa: es solo un eco.
La unanimidad, en esta óptica, no es un signo de armonía sino de decadencia. Cuando todos piensan igual, nadie piensa. Es lo mismo que pasó en la Alemania del nazismo. Es lo que está pasando en la España woke.
Cuando nadie se cuestiona, la libertad se apaga como una vela sin oxígeno.
Las personas libres, insiste Gutiérrez Rojas, no evitan el conflicto: lo buscan, lo transitan, lo convierten en motor de crecimiento.
No porque disfruten del sufrimiento, sino porque saben que en la confrontación respetuosa de ideas distintas es donde se forja la verdad.
Valentía, disciplina y el perdón como acto libre
El libro no es solo análisis: también es guía práctica. Gutiérrez Rojas dedica capítulos enteros a cómo se construye la libertad en el día a día, y su consejo más inesperado es también el más exigente: para ser libre conviene ser disciplinado.
No disciplina en el sentido opresivo de la palabra —la disciplina del soldado, la del acoso productivo—, sino la disciplina del artesano que sabe que la libertad de crear depende del hábito de sentarse a trabajar cada día, incluso cuando no tiene ganas.
La libertad, en esta visión, no es espontánea. No brota del instinto ni se improvisa. Se construye como se construye un músculo: con repetición, con esfuerzo, con la voluntad de elegir el bien difícil antes que el placer fácil. «Hacer el bien es el mejor uso posible de nuestra libertad», escribe Gutiérrez Rojas, y en esa frase condensa una ética que no es moralina vacía sino propuesta de vida concreta.
Y entonces, en el tramo final del libro, aparece quizá la idea más conmovedora de todas: el perdón. Gutiérrez Rojas escribe que «el perdón no es solo una decisión, es un regalo».
Esta frase merece ser leída despacio.
El perdón no es un acto de debilidad ni una rendición.
Es el acto libre por excelencia: elijo perdonar no porque me obliguen, no porque me convenga, no porque la sociedad lo espere, sino porque he comprendido que aferrarse al rencor es cadenas que yo mismo me pongo.
Perdonar es soltarme.
Perdonar es recuperar la libertad que el otro me quitó y que yo, sutilmente, le devuelvo cada día que elijo no soltar.
En este caso aparece en Gutiérrez Rojas católico, ya que impregna el perdón, como antagonismo de la culpa. Si la culpa nos esclaviza, el perdón nos libera, como hacemos los católicos tras la confesión.
Esta cita de Bernanos, que Gutiérrez Rojas elige con cuidado, resume en una línea la provocación del libro entero.
Vivimos quejándonos del sufrimiento, pero el sufrimiento tiene una causa conocida: la libertad mal usada.
Y la libertad, a su vez, es el regalo más desconcertante que hemos recibido. Podemos usarla para amar o para destruir, para construir comunidad o para encerrarnos en nosotros mismos, para hacer el bien o para huir de la responsabilidad de elegir.
Nicolás Gómez Dávila lo expresó con lucidez lapidaria: «La libertad no es fin, sino medio. Quien la toma por fin no sabe qué hacer cuando la obtiene.
Sobre el libro y su autor
Luis Gutiérrez Rojas
Psiquiatra, profesor de bioética y autor de varios ensayos que exploran la intersección entre la salud mental, la filosofía moral y la vida cotidiana. Licenciado en Medicina por la Universidad de Navarra y doctorado cum laude en Psiquiatría por la Universidad de Granada, combina la práctica clínica con la reflexión ética sobre los grandes dilemas de la existencia humana contemporánea.
Su obra se distingue por la capacidad de traducir conceptos filosóficos complejos en un lenguaje accesible, cercano y profundamente humano. No escribe desde la torre académica, sino desde la consulta, desde la conversación con personas reales que sufren, dudan y buscan respuestas. Esa mirada clínica le otorga a Vivir más libre una autenticidad que pocos ensayos de su género logran alcanzar.
Universidad de Navarra · Universidad de Granada · Penguin Random House · 221 páginas · Febrero 2023. Valoración: para mí un manual contra la depresión y el desasosiego o la ansiedad. Casi como «Qué bello es vivir» de Frank Capra
Los 10 capítulos de Vivir más libre
01 · ¿Qué es la libertad?
02 · El hombre libre ¿nace o se hace?
03 · El hombre libre no está triste, no es adicto y no es violento
04 · La persona libre se ata al bien
05 · La persona libre es responsable de su libertad
06 · La libertad se alcanza cuando no tienes miedo a perderla
07 · El hombre libre no piensa lo que quiere
08 · La libertad no puede ejercerse en soledad
09 · Para ser libre conviene ser disciplinado
10 · La raíz de la libertad
Al cerrar el libro, (primero lo audioescuché, pero merece la pena leerlo y tomar un rotulador amarillo para subrayar) me quedé un poco entre extrañado y huérfano: la de haber sido interpelado con respeto pero sin concesiones. Gutiérrez Rojas no ofrece recetas fáciles ni promesas vacías. Ofrece una mirada honesta sobre lo que significa ser humano en un mundo que nos empuja constantemente a confundir libertad con capricho, éxito con placer y soledad con independencia. Dejen el móvil a un lado, compren el libro, o piratéenlo, pero léanlo. Es como un baño de realismo humanista, que te hace pensar. Te hace salir de la trinchera para abrazarte con el de al lado, porque realmente, no estamos en guerra, y ambos estamos siendo empujados a esta trinchera.
El libro termina donde debería empezar la vida de quien lo lee: con la convicción de que ser libre es difícil, que el sufrimiento es parte del camino, que la comunidad no es un obstáculo sino la condición necesaria para florecer, y que, en el fondo, la pregunta nunca fue «¿soy libre?» sino más bien «¿qué hago con mi libertad?».
Y la respuesta, como todas las respuestas verdaderas, es sencilla y exigente a partes iguales: hacer el bien.
Amar.
Estar con los otros.
No huir del conflicto, transitarlo y ponerse frente a él, con valentía.
Perdonar.
Elegir, una y otra vez, lo que nos hace más humanos. Y perdonar.
Al escribir este artículo, siento hoy la misma sensación, un poco extraña.
Pero un poco más reconfortado por poder transmitir su mensaje, resumido y cocinado, pero en el fondo, un mensaje entre esperanza y realidad.
Linkedin: Aquilino García



