Las bifurcaciones de la vida
Estos días me comentó un amigo que su hija estaba feliz en su nuevo puesto de trabajo como enfermera en un hospital. Según me dijo, la chica inicialmente quería estudiar filología pero un día sin tener nada preparado cambió y decidió hacerse enfermera. Hoy le va muy bien y disfruta de reconocimiento social y poder adquisitivo.
Las grandes bifurcaciones de la vida no siempre se anuncian con estruendo. Nunca llegan acompañadas de música o de una certeza luminosa.
Normalmente aparecen en días normales en los que no se espera nada especial, puede ser una conversación intrascendente, una llamada inesperada, un hecho que hemos presenciado, un viaje con amigos, un tren que decidimos tomar o dejar pasar, una despedida que no supimos que era definitiva…
Pero con el tiempo, miramos atrás y descubrimos que aquel momento fue trascendente en nuestras vidas, que aquel hecho o emoción singular cambió nuestra vida para bien o para mal (nunca lo sabremos) pero que desde entonces no fue la misma.
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Pudo ser la selección de nuestra profesión, la elección de nuestra pareja o la compra de nuestra casa, o varias a la vez. Pero todas tienen en común que la decisión la creemos tomada por casualidad.
Rara vez la vida es un camino recto, siempre aparecen senderos que transitar y aunque ninguno parezca muy distinto, lo cierto es que sabemos que no podemos recorrer los dos. Elegir uno significa renunciar al otro. En muchas ocasiones, la decisión ya la hemos tomado pero ni siquiera nosotros lo sabemos. Ha sido nuestro inconsciente el que, como siempre de forma silenciosa, ha tomado el control.
Durante mucho tiempo he pensado que las decisiones importantes llegaban envueltas en una claridad absoluta, pero cuando echo la vista atrás me doy cuenta que las grandes bifurcaciones, al menos de mi vida, han pasado inadvertidas, envueltas en la rutina.
A veces sí que me pregunto quién sería yo ahora si hubiera recorrido el camino que nunca emprendí. Qué vida estaría llevando si hubiera estudiado eso o aquello, si hubiera sido más prudente o más atrevido en la toma de aquella decisión, si hubiera aceptado aquel puesto de trabajo… pero siempre concluyo de la misma forma, aquella no es mi vida, mi vida es esta, la única que tengo.
Quizá la madurez no consista en acumular certezas sino en vivir honestamente la vida que hemos elegido. Quizá la sabiduría sea dejar de hacernos preguntas sobre si elegimos el camino correcto y preguntarnos cómo podemos caminar mejor el que hemos emprendido, cómo podemos afrontar mejor las curvas y los baches que todos los caminos, sin excepción, contienen.
Las bifurcaciones nunca desaparecen, siempre adoptamos decisiones pequeñas, que sin saberlo, están preparándonos el paisaje de mañana y esto es todo un privilegio, el de saber que aún nos quedan caminos por descubrir.
Linkedin: Gabriel Vivancos



