Martes, 14 de Julio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNHay fechas que España no debería olvidar
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Pedro Rodríguez Molina

Hay fechas que España no debería olvidar

 

Veintinueve años no es una cifra redonda. No invita a grandes conmemoraciones. Pero hay acontecimientos que merecen la pena ser recordados cada año, no para vivir anclados en el pasado, sino para proteger nuestra memoria histórica.

 

El 12 de julio de 1997, ETA disparó dos tiros en la cabeza a Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular de Ermua, tras mantenerlo secuestrado durante dos días. La organización terrorista había lanzado un ultimátum al Gobierno: si en 48 horas no acercaba a los presos de ETA a cárceles del País Vasco, lo asesinaría. Miguel Ángel Blanco falleció al día siguiente, 13 de julio, no murió en el acto. Ese detalle, sorprendentemente, hoy lo desconoce mucha gente.

 

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ETA, fundada en 1959, dejó 853 asesinados, miles de heridos y un dolor imposible de cuantificar en miles de familias. No son cifras. Eran padres, madres, hijos, hermanos y amigos. Personas con nombre y apellidos a las que les arrebataron la vida porque alguien decidió que el terror era una herramienta de coacción política.

 

La memoria también consiste en no blanquear la historia ni olvidar quién estuvo al lado de las víctimas y quién justificó o amparó durante demasiado tiempo a los verdugos.

 

Aquel asesinato provocó algo extraordinario. Millones de españoles salieron a la calle sin importar su ideología. Nació el llamado espíritu de Ermua. La sociedad dijo basta. Fue la unidad de una ciudadanía harta del miedo la que comenzó a aislar social y políticamente a ETA hasta debilitarla de forma irreversible.

 

Yo viví aquellos años muy de cerca. En 1992 y 1993 cumplía el servicio militar como alférez de complemento. Antes de entrar al cuartel, revisábamos los bajos de los coches buscando explosivos o anotábamos matrículas de vehículos de los alrededores del cuartel. Aquello formaba parte de la rutina. Hoy puede parecer impensable, pero era la España que nos tocó vivir. Hace poco, conocí la historia del padre de un vecino que vivió en directo un atentado y vi como sus ojos se humedecían de dolor cuando me relataba su historia y rememoraba sus años siguientes como escolta en el País Vasco. También recuerdo perfectamente los atentados: el de Murcia en 1992, con una víctima mortal; el de Cartagena en 1990, cuando estudiaba allí, con 8 heridos; y el de 1993, en un hotel Manga, donde estalló un explosivo de baja potencia.

 

Por eso no hablo desde los libros. Hablo desde los recuerdos. Desde la tensión de aquellos días. Desde la incertidumbre de saber que cualquier rutina podía romperse en segundos.

 

Hoy algunos jóvenes conocen mejor acontecimientos de hace un siglo que lo que ocurrió hace apenas tres décadas en nuestro propio país. La historia reciente también merece ser contada. Porque un pueblo que olvida su pasado queda más expuesto a que la historia se repita.

 

El espíritu de Ermua no fue solo una respuesta al asesinato de un concejal. Fue la prueba de que una sociedad democrática puede plantar cara al terror sin renunciar a sus principios. Hoy, cuando la memoria de aquellos años se difumina en los debates políticos y en las aulas apenas se menciona, cabe preguntarse si seríamos capaces de repetir aquella unidad si volviera a hacer falta.

 

No se trata de alimentar el odio. Se trata de mantener viva la memoria de quienes ya no pueden hablar. De recordar que la libertad, la democracia y la convivencia tuvieron un precio muy alto.

 

Yo no olvido. Y tampoco perdono el terrorismo. Porque olvidar sería abandonar por segunda vez a las víctimas como algunos intentan hacer.

 

Linkedin: Pedro Rodríguez Molina

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