Adriano Celentano y las lecciones que no vienen en el programa
Después de muchos años dando clase, uno nunca sabe qué palabras permanecerán realmente en la memoria de un alumno. Preparamos cuidadosamente una explicación sobre el despido, la negociación colectiva o los derechos fundamentales de los trabajadores, convencidos de que esa será la lección del día. Sin embargo, las verdaderas lecciones suelen ser otras.
Hace poco, un alumno me escribió una dedicatoria que siempre conservaré con cariño. Decía simplemente: "Al profesor que me enseñó que el Derecho debe proteger al débil". Confieso que pocas cosas me han emocionado tanto. Había conseguido transmitir la idea más importante que quería que mis alumnos recordaran. Enseñar consiste precisamente en eso. En sembrar ideas sin saber nunca cuáles echarán raíces.
Y, de vez en cuando, la vida decide regalarte una sorpresa.
Un día, mientras comentábamos en clase cualquier asunto que ya ni recuerdo, salió una conversación sobre música. Los alumnos saben que colecciono discos. Les hablé entonces de uno que llevaba años buscando. No era especialmente raro ni especialmente caro. Simplemente se me resistía. Era un viejo disco de Adriano Celentano con una canción que siempre me ha parecido una de las más hermosas: Azzurro.
Pensé que aquella conversación desaparecería entre apuntes, exámenes y el inevitable olvido que acompaña al paso del curso. Me equivocaba.
Pasó el tiempo. Llegaron los exámenes finales, las correcciones, las actas cerradas y esa sensación de misión cumplida que acompaña siempre al final del curso. Ya no había nada que evaluar. Nada que entregar. Nada que ganar.
Entonces una alumna, sonriendo, me dijo: Profesor, tengo una cosa para ti.
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Había pasado unos días de vacaciones en Italia, su país, y recordó aquella conversación perdida. Buscó el vinilo, lo compró y, junto con sus dos compañeras inseparables, decidió regalármelo.
Me quedé sin palabras. No es el valor del disco. Es el valor del gesto. Porque ellas representan exactamente el tipo de estudiante que hace que enseñar siga siendo el oficio más bonito del mundo. Puedes ver como mejoran cada día. Llegan siempre a clase. Si un día no pueden asistir, avisan. Participan, preguntan, aprenden, acuden a las actividades y entienden que la universidad es mucho más que aprobar unas asignaturas.
Cuando un profesor tiene la fortuna de cruzarse con alumnos así, descubre que la verdadera recompensa de este oficio nunca aparece en la nómina ni en un reconocimiento oficial. Te regalan siempre su esfuerzo, a veces una dedicatoria, a veces un saludo, a menudo una sonrisa. Te guardan un asiento en el autobús. O un vinilo de color azul claro llegado desde Italia.
Adriano Celentano ocupa un lugar privilegiado en la historia de la música italiana. Actor, cantante, compositor, director de cine, presentador de televisión y personaje absolutamente irrepetible, con una carrera de más de seis décadas. Le llamaban Il Molleggiato por aquella forma tan peculiar de moverse sobre el escenario, heredera del primer Elvis, aunque con una personalidad imposible de copiar.
Pionero del rock italiano, nunca aceptó vivir encerrado en un solo estilo. Cantó rock, soul, pop, baladas, jazz y hasta se permitió publicar una extravagancia genial titulada Prisencolinensinainciusol, una canción construida con palabras inventadas que sonaban a inglés.
Por encima de todas sus canciones, destaca Azzurro. Compuesta por Paolo Conte, con letra de Vito Pallavicini y publicada en 1968, cuenta la historia de un hombre que permanece solo en la ciudad mientras su chica disfruta de las vacaciones de verano y él, sin ella, no es capaz de hacer nada sino aburrirse. Un Summertime Blues a la italiana. Sobre el papel parece una canción triste. Sin embargo, su ritmo y desarrollo es el de una canción optimista.
En Italia suena en los estadios, en las plazas, en las fiestas populares. Basta que empiecen sus primeros compases para que varias generaciones comiencen a cantar al mismo tiempo.
Ahora, cada vez que la escucho recuerdo aquella clase cualquiera en la que mencioné la canción casi sin pensar. Imagino a una alumna paseando por una tienda de discos en su país y deteniéndose delante de una portada azul porque un profesor había dicho que llevaba tiempo buscándola.
A menudo se dice que los profesores enseñamos a nuestros alumnos. Después de todos estos años, creo que la realidad es mucho más hermosa. Ellos nos enseñan. Nos enseñan paciencia, entusiasmo. Nos enseñan que el esfuerzo sigue mereciendo la pena. Y, algunas veces, nos recuerdan que la gratitud continúa existiendo en un mundo que parece haber olvidado detenerse para dar las gracias.
El vinilo de Azzurro ocupará siempre un lugar muy especial entre mis discos. No porque sea especialmente raro. Ni porque tenga un gran valor económico. Ni siquiera porque contiene una de las canciones más hermosas. Ocupa ese lugar porque cada vez que lo saco de la estantería no escucho únicamente a Adriano Celentano. Recuerdo una clase cualquiera, un comentario hecho casi sin pensar, y a tres alumnas que decidieron que algunas palabras merecían ser recordadas. Y agradecidas.
Nunca sabemos qué palabras permanecerán en la memoria de nuestros alumnos. Enseñar consiste, sobre todo, en seguir pronunciándolas, con la esperanza de que sean semillas que encuentren buena tierra donde germinar. Y, con suerte, de ellas nazca una bonita flor.
Anche se non è Azzurra.
Purché sia Chiara.
Linkedin: Rafael García-Purriños



