Miércoles, 22 de Julio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa trampa de la felicidad
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Alfonso González Balanzá

La trampa de la felicidad

 

Han llegado las vacaciones. Durante meses las hemos esperado con la secreta convicción de que, al cruzar esa frontera simbólica que separa el trabajo del descanso, por fin encontraremos aquello que tanto anhelamos. Sin embargo, no son pocos quienes descubren, apenas transcurridos unos días, una inesperada sensación de vacío. Desaparecen las rutinas, pero también el propósito; cesan las prisas, pero no la insatisfacción. La esquiva felicidad tampoco parece aguardarnos tras la puerta de las vacaciones.

 

Quizá sea porque hay una idea profundamente arraigada en nuestra forma de vivir, y también de frustrarnos: la convicción de que la felicidad está siempre a punto de llegar. Solo falta ese cambio, ese logro, esa mejora que, ahora sí, nos permitirá instalarnos definitivamente en ella. Mientras tanto, permanecemos en una especie de antesala, una sala de espera en la que todo parece provisional.

 

Pero ¿y si la felicidad es tan simple como la ausencia de infelicidad?, ¿y si esa sala de espera no fuera un tránsito, sino el lugar definitivo? La intuición, formulada con acierto por Eduard Punset, encierra una verdad incómoda: la felicidad no es un destino al que se llega, sino una condición que se experimenta (o se desaprovecha) en el presente. No hay una puerta que se abra de repente para permitirnos entrar en “la vida feliz”. Nadie nos llamará nunca. Y, sin embargo, seguimos como el hombre Ante la ley, de Kafka, esperando una autorización para poder entrar, que nunca llega.

 

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El problema no es solo cultural, sino también biológico. El ser humano está diseñado para no conformarse. Nuestra mente, moldeada por la evolución, nos empuja constantemente a mejorar, a aspirar a más, a no dar por suficiente lo que tenemos. Ese impulso ha sido, sin duda, una ventaja adaptativa: gracias a él progresamos, innovamos y sobrevivimos. Pero tiene un coste psicológico evidente. Porque esa insatisfacción permanente convierte cualquier estado presente en algo insuficiente por definición.

 

De ahí que la felicidad, paradójicamente, se vuelva invisible cuando la tenemos. Solo cuando irrumpe la adversidad (una enfermedad, una pérdida o un fracaso) se produce una revelación tardía: aquello que considerábamos una situación mediocre era, en realidad, un estado de bienestar. Entonces comprendemos que no éramos infelices, sino incapaces de reconocer nuestra propia felicidad. Es una forma de ceguera retrospectiva: vemos con claridad lo que ya no está.

 

Sin embargo, hay otro dato aún más revelador. Las investigaciones sobre adaptación hedónica muestran que incluso los acontecimientos más extremos, tanto positivos como negativos, tienen un efecto limitado en el tiempo. Quien sufre una desgracia grave acaba, en muchos casos, recuperando un nivel de bienestar similar al previo. Y quien experimenta una alegría intensa, como ganar la lotería, regresa pronto a su punto de partida emocional. La euforia se disipa, la vida cotidiana se impone y la insatisfacción regresa.

 

Esto desmonta una de nuestras creencias más persistentes: que la felicidad depende de grandes cambios. No es así. La felicidad no crece de forma proporcional a nuestras circunstancias. Más bien se ajusta a ellas. Y en ese ajuste constante se esconde tanto nuestra capacidad de resiliencia como nuestra condena a la insatisfacción.

 

[Img #13555]Quizá, entonces, el problema no sea que no seamos felices, sino que buscamos la felicidad en el lugar equivocado: en el futuro. En lo que falta. En lo que todavía no ha sucedido. Y al hacerlo, convertimos el presente en un simple trámite, en un espacio de paso que nunca valoramos por sí mismo. El resultado es una paradoja difícil de aceptar: la mayoría de las personas ya están instaladas en la felicidad sin saberlo, mientras esperan una felicidad que nunca llega.

 

Tal vez la verdadera tarea no consista en alcanzar algo nuevo, sino en aprender a reconocer lo que ya está. No se trata de renunciar al deseo de mejorar (sería ir contra nuestra propia naturaleza), sino de evitar que ese deseo nos impida percibir el bienestar que ya tenemos. Porque si seguimos esperando a que nos llamen, corremos el riesgo de pasar toda la vida en la antesala… sin darnos cuenta de que nunca hubo otra sala a la que acceder después.

 

Linkedin: Alfonso González Balanzá

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