Falsos dioses
Hay algo profundamente humano en buscar referentes. Cuando somos niños normalmente nuestros referentes son nuestros padres. Después, conforme vamos creciendo, incorporamos a algún deportista famoso o algún actor o modelo de moda o algún cantante.
En la edad adulta, no solemos tener referentes directos, porque pensamos por nosotros mismos, más allá de que siempre habrá personas que en mayor o menor medida influyan en nuestro comportamiento.
Pero ahora, vivimos en una época en la que una pantalla hace sabios y otorga autoridad. No hacen falta unos méritos acreditados en una materia, ni tan siquiera una formación específica, basta con una buena narrativa, una buena puesta en escena y una cámara enfocando en el ángulo correcto y nuestros deseos de que alguien nos ilumine y decida por nosotros, hace el resto.
![[Img #13641]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/07_2026/5621_gabriel.jpg)
Es natural mirar a quién admiramos en busca de respuestas porque necesitamos creer que alguien ya ha recorrido el camino que nosotros queremos emprender, pero el problema surge cuando dejamos de admirar para obedecer.
Poco a poco, miles de personas convierten a los influencers en falsos dioses a los que se les debe devoción. Hay muchos que creen que ellos saben mejor que nosotros la respuesta, el camino que tenemos que tomar para no fracasar. Ponemos en su sabiduría la educación de nuestros hijos, el cuidado de nuestro cuerpo, las compras que hacemos o incluso cómo encontrar la felicidad.
Sus palabras dejan de ser opinión para ser dogmas de fe sin filtro alguno. Tal es el poder que les otorgamos.
Pero se olvida algo esencial, que ellos también fracasan, que en muchos casos se trata de una impostura calculada para llamar más la atención que el del canal de al lado.
Las redes sociales nos muestran verdades absolutas editadas para ser consumidas en muy poco tiempo, y rara vez, quienes las proclaman, rectifican y vuelven atrás.
Quizá por eso siempre desconfío de los que se denominan sabios porque la vida no es un camino recto, está plagada de senderos que no llevan a ningún sitio, de cruces en los que necesariamente hay que dudar y de decisiones erróneas que hay que subsanar.
No creo en las revelaciones. Quizá muchos las sigan porque pensar por nosotros mismos, formarse buscando información desde diversos ángulos, es una tarea que cansa y desgasta, pero pienso que es la única forma de equivocarte por ti mismo.
Nadie debería ocupar el lugar de nuestra reflexión. Escuchar, inspirarse, aprender de quien sabe más que tú, es necesario, pero hay una gran diferencia entre formar un pensamiento y entregar el criterio propio.
Es necesario tener espíritu crítico y preguntarse continuamente si la información que nos están suministrando tiene sentido y no aceptarla porque lo diga una figura más o menos popular. No se puede delegar la libertad de pensamiento o renunciar directamente a ella.
Los verdaderos referentes no quieren seguidismo, quieren personas críticas que cuestionen sus enseñanzas y aporten nuevos pensamientos aunque los contradigan.
La madurez no consiste en encontrar al gurú perfecto sino en descubrir que nadie puede pensar por nosotros, que las respuestas importantes rara vez caben en un video de apenas unos minutos, que las vivencias de otros nos sirven como ejemplos en nuestro camino, pero nunca pueden recorrerlo por nosotros.
Porque la voz que más debiera influir en nuestras vidas, es la nuestra, aunque sea una voz quebrada e indecisa por la ausencia de certezas.
Linkedin: Gabriel Vivancos Martínez



