Miércoles, 29 de Julio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLas panaderías no venden gasolina
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Manuel Ballester

Las panaderías no venden gasolina

 

Hay negocios que cambian y prosperan. La panadería de toda la vida empieza a servir café, coloca unas mesas y convierte la compra del pan en un momento de encuentro. La gasolinera incorpora una pequeña tienda, vende pan recién hecho o prepara desayunos para quienes están de viaje. Han cambiado mucho más de lo que parece, pero nadie diría que han dejado de ser una panadería o una gasolinera.

 

En cambio, también existen empresas que parecen no saber ya qué son. Cada temporada prueban una idea distinta. Hoy venden una cosa, mañana otra. Abren una línea de negocio para cerrarla unos meses después. No transmiten la impresión de estar evolucionando, sino de ir tanteando a oscuras. El problema no es que cambien; el problema es que parecen haber perdido la respuesta a una pregunta elemental: ¿qué somos?

 

La diferencia entre unos y otros tiene menos que ver con la innovación que con la identidad. Sólo puede cambiar con sentido quien sabe qué permanece. La innovación no consiste en añadir cosas, sino en descubrir qué puede transformarse sin dejar de dejar de ser uno mismo.

 

Toda tradición vive de cambiar; toda tradición muere cuando ya no sabe qué está conservando.

 

Ese principio no vale únicamente para las empresas. También explica la historia de nuestra cultura.

 

[Img #13646]

 

Desde hace casi tres mil años, Occidente no ha dejado de reescribir la Odisea. Dante convirtió a Ulises en el héroe del conocimiento, dispuesto a abandonar incluso el hogar para seguir explorando. James Joyce descubrió que la aventura podía desarrollarse durante un día cualquiera por las calles de Dublín. Kubrick llevó la odisea al espacio y Kavafis hizo de Ítaca un símbolo del camino interior. Cada época cambió algo esencial, porque cada época buscaba responder a una pregunta distinta. Pero todas seguían dialogando con Homero. No ocultaban de dónde venían.

 

[Img #13647]Eso explica por qué incluso una historia de ciencia ficción o una invasión extraterrestre pueden ser, en el fondo, una nueva Odisea. Cambian los escenarios, cambian los personajes y cambian los conflictos, pero permanece una estructura reconocible que permite seguir la conversación iniciada hace siglos.

 

La dificultad aparece cuando ya no sabemos distinguir entre reinterpretar una obra y desdibujar el mundo al que pertenece. Una adaptación puede trasladar el relato a otra época, a otra ciudad o incluso a otro universo. Lo que no puede hacer es conservar el nombre mientras rompe la lógica interna que daba sentido a ese nombre. Porque entonces ya no está dialogando con la tradición; simplemente utiliza su prestigio para contar otra historia.

 

Quizá por eso algunas adaptaciones contemporáneas provocan una extraña sensación de artificio. No porque cambien, sino porque uno sospecha que esos cambios no nacen de la obra, sino de una voluntad ajena a ella. Como esa panadería que, olvidándose del pan, quisiera competir vendiendo gasolina. Tal vez consiguiera llamar la atención durante unos días, pero acabaríamos preguntándonos qué clase de negocio pretende ser.

 

Las empresas, las instituciones y también las obras clásicas necesitan evolucionar para seguir vivas. La inmovilidad suele ser otra forma de decadencia. Pero existe una condición previa para cualquier transformación fecunda: saber quién eres. Porque solo quien conserva una identidad puede innovar sin dejar de reconocerse. Y quizá esa sea también una de las lecciones más actuales que todavía nos ofrece Homero.

 

Linkedin: Manuel Ballester

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