Oasis. La música que vuelve a casa
"A menudo los hijos se nos parecen, así nos dan la primera satisfacción", escribió Joan Manuel Serrat en 'Esos locos bajitos'.
Reconozco que, como padre, alguna vez también he sentido esa pequeña alegría al descubrir en mi hija algún gesto que me recuerda a mí. Que disfrute con un libro, que se emocione con una película o que la música siga ocupando un lugar importante en su vida. Pero esa no es la verdadera satisfacción.
Hace tiempo leí una reflexión de Clint Eastwood. Decía que él no aspiraba tanto a dejar un mundo mejor para sus hijos como a dejar unos hijos mejores para el mundo. Me pareció una frase muy acertada. Porque el mundo depende de demasiadas personas y de demasiadas circunstancias, pero intentar educar a nuestros hijos sí depende de nuestro ejemplo.
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Yo no necesito que mi hija piense como yo. Ni que vote como yo. Ni siquiera que escuche la misma música que yo. Lo único que deseo es haber contribuido a formar una mujer libre, respetuosa con los demás, incapaz de hacer daño deliberadamente y con la curiosidad suficiente para seguir aprendiendo toda la vida.
Y, claro, la música siempre ha formado parte de ese aprendizaje. Desde pequeña, los Beatles suenan continuamente en el coche. Recuerdo que con apenas tres años le enseñabas una fotografía del grupo y era capaz de distinguir sin equivocarse a John, Paul, George y Ringo. Me hacía mucha gracia. Pensaba que aquellas canciones quedarían guardadas para siempre en algún rincón de su memoria.
Pero los padres solemos equivocarnos en una cosa. Creemos que la herencia siempre viaja en la misma dirección. De nosotros hacia nuestros hijos. Y no es verdad. Llega un momento maravilloso en el que el camino empieza a hacerse de vuelta. Son ellos quienes nos recomiendan un libro. Quienes nos descubren una película. Quienes nos enseñan una manera distinta de mirar el mundo.
Y, en mi caso, quien me han hecho redescubrir un grupo. Ese grupo se llama Oasis.
Yo, como casi todo el mundo, había escuchado la mayoría de sus discos, conocía sus canciones más famosas. Sabía quiénes eran Liam y Noel Gallagher. Conocía sus peleas, sus declaraciones incendiarias y su fama de hermanos incapaces de soportarse. Pero mi hija me animó a volver a escucharlos con atención. Descubrir todo lo que había detrás de aquellos himnos que tantas veces había oído casi sin detenerme.
Al fin y al cabo, Oasis nació mirando constantemente hacia los Beatles. Noel Gallagher siempre reconoció que Lennon y McCartney eran el espejo en el que quería mirarse. Basta escuchar She's Electric para encontrar ese toque luminoso, optimista y juguetón que recuerda inevitablemente a los Fab Four. Incluso el piano de Don't Look Back in Anger parece guiñar un ojo a Imagine. No copiaban a sus ídolos. Dialogaban con ellos. Como hacen los hijos con sus padres cuando crecen.
Resulta curioso que una banda capaz de escribir esas canciones estuviera formada por dos hermanos incapaces de pasar demasiado tiempo juntos sin acabar discutiendo. Noel componía. Liam convertía aquellas canciones en himnos con una voz irrepetible. Juntos conquistaron el mundo. Separados parecían condenados a lanzarse reproches eternamente.
Jon Bon Jovi contó que durante años recibía llamadas de Liam Gallagher de madrugada únicamente para insultarlo. A veces le decía que su música era una porquería. Otras, lo llamaba "el hijo bastardo de Richard Branson". En ocasiones se limitaba a repetir 'Lionheart' una y otra vez hasta que el cantante de New Jersey terminaba colgando el teléfono. Incluso le había ofrecido dinero para que dejara de llamarlo. 'Eat Shit', fue la respuesta desde Manchester.
Ese era Liam. Un personaje capaz de sacar de quicio a cualquiera. Y, sin embargo, bastaba que empezara a cantar para que todo quedara perdonado.
Quizá el mayor milagro de Oasis sea precisamente ese. Dos hermanos incapaces de entenderse escribieron algunas de las canciones con las que mejor se ha entendido toda una generación.
En 1995 publicaron What's the Story (Morning Glory)?, uno de esos discos que consiguen definir una época. Allí estaban Wonderwall, Don't Look Back in Anger o esa deliciosa She's Electric, probablemente la canción donde más claramente asoma la herencia beatle. Aquel álbum convirtió a Oasis en el gran fenómeno del britpop y en una de las últimas bandas capaces de unir a millones de personas alrededor de un mismo repertorio.
Yo nunca quise que mi hija heredara exactamente mis discos. Así va a ser, claro, pero quería algo mucho más difícil. Que quisiera la música con la misma intensidad con la que yo la he querido siempre. Que una canción pueda cambiarle una tarde. Que un álbum la acompañe durante años. Que sienta esa necesidad casi infantil de recomendar un disco a alguien diciendo simplemente: “Tienes que escuchar esto”. Porque la música, igual que los libros o los abrazos, solo alcanza todo su sentido cuando se comparte.
Yo le enseñé a escuchar a los Beatles. Ella me ha enseñado a escuchar de verdad a Oasis. Y que la mejor herencia no consiste en transmitir nuestros gustos, sino en transmitir la pasión con la que los vivimos.
Porque las canciones, igual que el cariño, siempre acaban encontrando el camino de vuelta.
Aunque a estas alturas, si me enseña una foto, no sé si aún sabré distinguir a Noel de Liam.
Linkedin: Rafael García-Purriños



