Lunes, 03 de Agosto de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa ridícula e ineficaz barrera de boyas
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Pedro Manuel Hernández López

La ridícula e ineficaz barrera de boyas

 

Hay imágenes que valen más que cien ruedas de prensa. La fotografía que acompaña estas líneas es una de ellas. En teoría, la barrera flotante instalada por el Gobierno para reforzar la frontera marítima de Ceuta debía simbolizar el control del Estado sobre una de las fronteras exteriores de Europa. En la práctica, lo que muestra es algo muy distinto: una infraestructura que ni siquiera cubre completamente el paso entre las rocas y el inicio de la propia barrera, dejando un hueco perfectamente visible por el que pueden pasar personas a nado.


Si esa separación que se aprecia en la imagen responde realmente a la instalación definitiva y no a una situación temporal durante las labores de montaje o mantenimiento, la pregunta es inevitable: ¿quién diseñó semejante despropósito? ¿Quién dio por buena una obra que deja precisamente el punto más vulnerable sin proteger?


La escena resulta difícil de explicar a cualquier ciudadano. Mientras el Gobierno insiste en transmitir un mensaje de firmeza, la realidad ofrece una estampa que roza el esperpento. Una barrera cuya finalidad es impedir el paso, pero que deja varios metros abiertos junto a las rocas, termina convirtiéndose en el símbolo perfecto de una política migratoria basada más en la propaganda que en la eficacia.


Pero el problema no son únicamente las boyas. Son el reflejo de una actitud. La de un Ejecutivo que lleva años reaccionando tarde, improvisando constantemente y evitando reconocer que Ceuta y Melilla soportan una presión migratoria extraordinaria. Cada nueva entrada masiva se despacha con declaraciones solemnes, promesas de cooperación con Marruecos y apelaciones a la solidaridad europea, mientras los hechos desmienten una y otra vez ese discurso.


Porque la primera obligación de cualquier Estado es garantizar la integridad de sus fronteras. No por hostilidad hacia quienes intentan cruzarlas, sino porque sin fronteras seguras desaparece uno de los pilares básicos de la soberanía nacional. Ningún país serio permitiría que una instalación destinada a impedir accesos ilegales presentara, aparentemente, un hueco tan evidente.


La responsabilidad política no puede esconderse detrás de informes técnicos ni de comunicados cuidadosamente redactados. Cuando se invierten recursos públicos para reforzar una frontera, los ciudadanos tienen derecho a exigir que ese dinero sirva para algo más que para obtener fotografías oficiales y titulares de ocasión.


A ello se suma la sensación de abandono que perciben muchos ceutíes. España defiende en Ceuta no solo una ciudad autónoma, sino también la frontera sur de la Unión Europea. Sin embargo, la respuesta comunitaria continúa siendo tibia, mientras el Gobierno español parece resignado a gestionar las consecuencias en lugar de afrontar las causas.


También resulta legítimo preguntarse hasta qué punto la permanente dependencia diplomática respecto de Marruecos condiciona las decisiones del Ejecutivo. Cada crisis migratoria parece resolverse con nuevas concesiones políticas, mientras España continúa actuando más como quien espera la benevolencia de un vecino incómodo que como un Estado plenamente dueño de sus decisiones.


Las imágenes de estos días vuelven a demostrar que las fronteras no se defienden con eslóganes. Se defienden con planificación, medios adecuados y decisiones políticas coherentes. Si la barrera de boyas presenta realmente el hueco que muestra la fotografía, será difícil encontrar una metáfora más precisa del estado de la política fronteriza del Gobierno: mucho anuncio, mucha propaganda y demasiados agujeros.


Porque las fronteras de una nación no pueden protegerse con parches. Y cuando esos parches, además, dejan abierta la puerta por la que precisamente debía impedirse el paso, dejan de ser una solución para convertirse en el monumento más elocuente a la negligencia política.

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