El partido contra Marruecos

Imagine la final de un Mundial. Minuto ochenta. Empate. El árbitro decide que los argentinos pueden jugar con trece. Uno de nuestros defensas, además, se cambia discretamente de camiseta. El seleccionador lo sabe pero explica en rueda de prensa que debemos actuar con prudencia porque Argentina es un socio estratégico. Un periodista pregunta por las reglas y otro le afea su falta de empatía con los delanteros argentinos. Finalmente perdemos tres a uno y alguien en televisión sentencia que lo verdaderamente preocupante es el discurso de odio contra quienes marcaron los goles.
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Hace apenas dos semanas España ganó el Mundial precisamente frente a Argentina. Nos indignamos con las entradas violentas, protestamos por las decisiones arbitrales y celebramos que, pese a todo, Ferran Torres terminara marcando el gol de la victoria. Para el fútbol conservamos una extraña facultad perdida en política: sabemos distinguir quién juega en cada equipo.
En Ceuta parece bastante más difícil
Cerca de 50.000 personas cruzaron desde Marruecos en apenas unas horas mientras los controles marroquíes prácticamente desaparecían o cuando menos sospechosamente parecían alentarlos. Ceuta quedó desbordada. Hubo muertos. Intervino el Ejército. España tuvo que improvisar una gigantesca operación para recuperar el control de una frontera que, por lo visto, controlábamos estupendamente mientras Marruecos quería que la controláramos.
Eso último debería inquietarnos bastante más que cualquier discusión semántica sobre si aquello fue una crisis migratoria, una entrada masiva o un episodio de presión híbrida.
Porque Marruecos acaba de explicar la geopolítica de que el poder no consiste siempre en conquistar el territorio del adversario. A veces basta con demostrar que puedes alterarlo cuando quieras.
Resulta particularmente grotesco escuchar que Ceuta y Melilla constituyen una especie de extravagancia colonial pendiente de solución. Melilla pertenece a la Corona española desde 1497. Ceuta quedó definitivamente incorporada a España en el siglo XVII. Marruecos, como Estado nació siglos después. Podremos discutir durante tres sobremesas sobre historia norteafricana pero resulta difícil colonizar retrospectivamente a un país que todavía no existía.
La cuestión importante, sin embargo, no es histórica. Es presente
Marruecos reclama ambas ciudades y sabe que dispone de instrumentos de presión. Migración, cooperación policial, pesca, comercio, relaciones con Estados Unidos, el Sáhara. Cada palanca permite mover un poco la mesa. Y el Gobierno de España lleva años respondiendo intentando que no se enfade quien mueve la mesa.
Eso tiene un nombre bastante menos sofisticado que diplomacia. A eso se le llama dependencia.
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Lo sorprendente es el relato posterior. Cuando 50.000 personas atraviesan una frontera europea, uno esperaría que el debate empezara preguntando cómo ha sido posible y qué debemos hacer para que no vuelva a suceder. Sin embargo, una parte de la conversación pública impuesta por los 61 sincronizados del Gobierno parece diseñada para discutir cualquier cosa menos eso. Humanitarismo, racismo, extrema derecha, solidaridad europea, derechos humanos. Sólo obvian uno: Marruecos.
Es una curiosa defensa de la soberanía que procura no incomodar al país que acaba de ponerla a prueba.
El problema del sanchismo no es que mienta siempre. Ningún Gobierno conseguiría semejante hazaña. Es algo intelectualmente más interesante: ha convertido la fabricación del relato en una forma de gobierno. Si el hecho resulta incómodo se modifica el marco. Si el marco continúa siendo incómodo se cambia el adversario. Y si todavía queda alguien señalando el hecho se discuten sus intenciones.
De ese modo acabamos debatiendo si es xenófobo preocuparse por una frontera española en lugar de preguntarnos por qué pudo ser atravesada masivamente en unas horas.
Es el equivalente político a que, después de aquella final, el seleccionador explicara que lo preocupante no eran los tacos argentinos sino nuestra obsesión por el reglamento.
Tenemos entonces un curioso trilema gubernamental. No se puede sostener simultáneamente que nadie podía preverlo, que no fue especialmente grave y que la respuesta del Estado demostró una extraordinaria eficacia. Si fue imprevisible y gravísimo hubo un fallo de seguridad. Si no fue grave resulta difícil explicar el Ejército en las calles. Y si todo estaba bajo control cuesta entender cómo entraron decenas de miles de personas antes de recuperarlo.
Quizá ahí resida la enorme diferencia entre el fútbol y la política. En el fútbol todavía exigimos que los nuestros intenten ganar. No aceptaríamos que un defensa entregara el balón al contrario por razones geoestratégicas. Tampoco que el entrenador alabara la extraordinaria relación bilateral con el equipo rival después de encajar un gol.
En política nos hemos vuelto mucho más sofisticados y más anestesiados por el sanchismo. Tanto que puede que acabemos descubriendo que la mayor amenaza para Ceuta no sea que Marruecos quiera quedarse con ella. Puede ser que un día nosotros dejemos de recordar por qué queremos conservarla y acabemos aceptando como victoria perder la celebración de la final del Mundial.
Linkedin: César Nebot.




