El elogio de la estulticia moderna
O de cómo la humanidad descubrió que también podía convertir la intimidad personal en una compleja burocracia subvencionada.
Hay días en los que uno abre el calendario —creado en 1582 por mandato del papa Gregorio XIII— y descubre, estupefacto, que la civilización occidental ha alcanzado cotas de progreso que ni siquiera Julio Verne, el gran viajero del tiempo, habría sido capaz de imaginar.
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El pasado sábado, 8 de agosto, resultó que fue el Día Mundial del Orgasmo Femenino. Uno piensa, que quizá, se trate de una de esas ingeniosas bromas de internet destinadas a entretener al personal durante la canícula del sofocante estío... ¡Pero no! Y entonces descubre —no sin estupefacción— que el 22 de mayo también se celebró internacionalmente el Día Mundial del Clítoris y el 7 de mayo el de la Masturbación u onanismo, en memoria de Onán, segundo hijo de Judá y a quien Yahvé castigó con la muerte por derramar su semen en la tierra para no darle un hijo a su difunto hermano, según se relata en el Génesis. ¡Ahí es nada!
Uno ya empieza a preguntarse cuál será el próximo megaevento sexual: ¿el Día Internacional del punto G...? ¿La Semana Mundial de la erección responsable...? ¿El Día Europeo del jadeo orgásmico...? ¿Una cumbre de Naciones Unidas dedicada al estudio de la libido colectiva...?
Erasmo de Róterdam se equivocó. Cuando escribió su famoso ensayo Elogio de la locura (Encomium moriae), creyó que había llegado al límite de la estulticia humana. ¡Pobre hombre! No conoció el siglo XXI. No pudo asistir a esta prodigiosa época en la que, después de conquistar la Luna, descifrar el genoma humano y desarrollar la inteligencia artificial, una de nuestras grandes y máximas preocupaciones parece consistir en llenar el calendario de efemérides dedicadas a las distintas manifestaciones de la sexualidad humana.
Lo de Erasmo era locura literaria... Lo nuestro es estulticia institucionalizada. Porque nadie cuestiona la necesidad de hablar de sexualidad, combatir tabúes o mejorar la educación sexual. El problema aparece cuando aquello que pertenece fundamentalmente a la esfera de la intimidad personal se convierte en «liturgia pública» con carteles, lemas, campañas institucionales, hashtags y, hasta probablemente, subvenciones estatales a cuenta del sufrido contribuyente.
La sociedad contemporánea ha conseguido una hazaña grande y extraordinaria: convertir hasta la intimidad en compleja burocracia. Ya no basta con vivir: hay que reivindicarlo. Ya no basta con tener intimidad: hay que visibilizarla. Ya no basta con conocerse a uno mismo: hay que convertirlo en efeméride. Y así hemos entrado en la era del calendario reivindicativo sexual e infinito: cada día tiene su causa, cada causa necesita una bandera, cada bandera un lema y cada lema una campaña.
Mientras tanto, la realidad —esa desagradable señora que jamás utiliza hashtags— continúa llamando a la puerta. La sanidad tiene problemas. La educación tiene problemas. La natalidad se desploma. Los jóvenes no pueden acceder fácilmente a una vivienda. La deuda pública crece... Y mientras Europa envejece y sus fronteras plantean problemas enormes... alguien considera imprescindible recordarnos que hoy debemos prestar especial atención al orgasmo femenino. ¡Qué alivio!
Uno imagina al funcionario encargado de elaborar el calendario de prioridades:
—¿Tenemos resuelto el déficit?
—No.
—¿La vivienda?
—Tampoco.
—¿La frontera sur de Europa está segura?
—Mejor no preguntes...
—¿Y la agenda sexual...?
—¡Impecable! Masturbación en mayo, clítoris en mayo y orgasmo femenino en agosto.
—¡Magnífico! Ya podemos dormir tranquilos (Aplausos).
Esta es la gran paradoja: hemos confundido progreso con la proliferación de absurdas etiquetas. Y aquí aparecen determinadas corrientes woke y queer —ambas identitarias— que han convertido la clasificación del ser humano en una auténtica ciencia taxonómica. El individuo que antes tenía nombre, carácter, profesión, aficiones, virtudes y defectos corre ahora el riesgo de convertirse en una colección de pseudoetiquetas sexuales. Hay que definirlo todo. Y redefinirlo. Y volverlo a redefinir. Y, sobre todo, visibilizarlo, porque si no, ni existe.
La paradoja resulta formidable: corrientes que nacieron proclamando la liberación del individuo de las convenciones sociales han terminado creando nuevas convenciones opresivas, nuevos dogmas lingüísticos y nuevos rituales de pertenencia. Antes había rígidos inquisidores religiosos... Ahora existen inquisidores semánticos. Antes había pecado... Ahora hay solo incorrección. Antes había penitencia... Ahora solo hay cancelación. Es una nueva ortodoxia disfrazada de liberación.
Si seguimos así, pronto no habrá suficientes días en el año para celebrar todas nuestras identidades, órganos, prácticas, emociones y sensibilidades sexuales. Necesitaremos años de quinientos días. O, mejor aún, una nueva era geológica: el nuevo «Holoceno Reivindicativo». Y no sería extraño que algún organismo internacional crease el Día Mundial de los Días Mundiales, destinado a celebrar todos los demás. Con ceremonia inaugural, tres mesas redondas, cuatro expertos, un manifiesto y, naturalmente, un hashtag. Porque hemos llegado a confundir la importancia de una cuestión con el número de veces que la proclamamos públicamente.
Erasmo observaba la estupidez humana y se reía de ella. Nosotros hemos hecho algo mucho más sofisticado: la hemos institucionalizado, le hemos puesto un logo y le hemos concedido un Día Mundial.
Y aquí aparece Valle-Inclán, nuestro universal gallego. Porque si el genial escritor se asomara hoy a la ventana de Madrid y contemplara este retablo de burócratas, activistas, predicadores identitarios, expertos en pronombres y fabricantes profesionales de efemérides sexuales, probablemente no escribiría una tragedia... y se echaría a reír. Vería desfilar a los personajes de su nuevo Luces de Bohemia: a los funcionarios buscando una causa que subvencionar, a los intelectuales haciendo malabarismos con las palabras, a los expertos sexólogos descubriendo solemnemente lo que la humanidad conoce desde Adán y Eva, y a cientos de comisiones enteras reunidas para determinar cómo debemos llamar a aquello que nuestros abuelos resolvían con un sencillo: «eso es cosa de cada cual».
Y Valle-Inclán comprendería inmediatamente nuestro drama: el esperpento ya no necesita espejos cóncavos... le basta solo con mirar un boletín oficial. Porque hemos conseguido convertir lo privado en política, lo íntimo en ideología, la obviedad en reivindicación y la reivindicación en burocracia.
Y mientras el mundo real arde por los cuatro costados... nosotros seguimos colocando etiquetas sobre el origen del incendio. Quizá mañana aparezca una nueva identidad. Pasado mañana, una nueva sigla. Al siguiente, un nuevo pronombre. Y después, una comisión para estudiar por qué alguien todavía utiliza el sentido común sin haber solicitado la pertinente autorización oficial.
Y todo hasta que llegue la gran conquista definitiva de nuestro tiempo: un mundo —sin Aldous Huxley— pero donde cada estupidez tenga su efeméride, cada obviedad su experto y cada ocurrencia su oficial y necesaria subvención.
Erasmo, desde el otro mundo, contemplará el espectáculo y quizá sonría irónico y triste... mientras nuestro universal gallego, Ramón María del Valle-Inclán, probablemente pedirá una copa. Porque después de contemplar semejante carnaval de ilimitadas estulticias, hasta los clásicos necesitarían tomarse algo fuerte.
Y mañana será otro día... Otro Día Mundial, naturalmente.
Linkedin: Pedro Manuel Hernández López



