Los perrijos y sus tontolpijos
Ya sabrán ustedes, avezados lectores, que perrijo es un palabro que viene a explicar cómo algunas personas llegan a tratar a su perro no como se trata (o debería tratarse) a cualquier semejante, sino mucho mejor. En su escala de valores el perrijo va por delante de la consorte contraria o contrario, de los cuñados y otros asimilados. Les hablan, les visten y les alimentan como si fueran un pretendiente rico para la niña. Siempre me he preguntado cuál ha sido el perrijo cero, ese primero al que pusieron un sombrero y gafas de sol y le dijeron que su mami no era la perra de la que mamó en sus primeros días sino esa señora oronda que ríe mientras se palmotea los muslos. En cuanto a los tontolpijos, me pongo yo el primero para que nadie se ofenda, que rima con perrijo y así el título del artículo queda resultón.
![[Img #13885]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/08_2026/6914_perrijo.jpg)
Y para que no quede duda de mis intenciones, les digo que me gustan los perros. Inteligentes y nobles, es natural que como animales dotados de cierta complejidad anatómica y neurológica merezcan ser llamados seres sintientes. Han servido al ser humano desde hace decenas de miles de años, con labores que van desde la mera compañía al pastoreo o la guarda y vigilancia de bienes y personas, por no hablar de sus numerosas utilidades en materia asistencial y terapéutica descubiertas y potenciadas en los últimos años. Su presencia frecuente en todos los ámbitos y espacios han posibilitado que se les valore no sólo por su utilidad, sino también porque su compañía y comportamiento los integra en nuestro concepto de familia, y se les destina, no como obligación sino por convencimiento, una parte no desdeñable del presupuesto familiar para alimentarlos, darles cobertura y asistencia sanitaria y ¡horror!, vestirlos, perfumarlos y obsequiarlos con multitud de objetos y atenciones que ya quisieran para sí muchas personas. Y a esto vamos.
Para entrar en contexto, permítanme que les haga sufrir con esta imagen: Yo, en un parque público, a punto de abalanzarme sobre una señora, con la lengua fuera, jadeando e intentando lamerla y olisqueándola. La señora se asusta, claro, y sale corriendo. Yo, detrás, insistiéndole en que no se asuste, que yo no hago nada. ¡Que no hago nada, señora! Y la señora piensa: cabrón, sí haces. Me quieres oler, lamer y subirte encima de mí sin consentimiento. ¿No le gustamos los perros, señora? ¡No, no me gustan, lo siento mucho, además soy alérgica, y usted o el perro que representa podrían tirarme al suelo y hacerme daño! ¡Señora, qué falta de sensibilidad hacia los animales, qué desprecio por la vida perruna y los estándares de la posmodernidad!
Fuera de bromas, he visto a personas sufrir mientras tienen que soportar y fingir que un perro que no les gusta ni tiene porqué gustarles se les encarama y comparte sus fluidos para no ser tachadas de antipáticas o insensibles. Como también veo que cada día es más común el acceso de perros que no son de asistencia a comercios y establecimientos donde por norma está prohibido, sin que empleados y resto de clientes se atrevan a señalar la incorrección e invitar al dueño a abandonar el establecimiento. Por no hablar de las playas o parques públicos donde campan libres para defecar junto a tu toalla o destrozando esas flores que son de todos o de nadie, como diría una ministra socialista.
Sé perfectamente que los animales mal enseñados no son responsables de la mala educación y el nulo civismo de sus amos, y que esto tampoco es el verdadero problema. Lo es la condescendencia y la apatía con que la mayoría observa el deterioro que padecemos a nivel social en cuestiones tan básicas para la convivencia sin atreverse a intervenir. Y este es el mensaje: no convirtamos el amor y buen trato que nuestros animales de compañía merecen en desconsideración a nuestros semejantes. El civismo conlleva una carga inalienable de responsabilidad añadida. Humanizar conductas y características animales está bien en las películas de Disney, pero conduce fatalmente a sociedades como las que ya habitamos y se muestran en el comentario que da inicio a esta tontería veraniega que escribo: molestan los niños, molestan los ancianos y molesta que se apliquen las normas de convivencia. Así que si les gustan los perros como a mí, piensen que antes de regalar un cachorro a un matrimonio anciano, les están obligando a agacharse varias veces al día para recoger cacas del suelo. Y antes de regalarlo a un niño, piensen si podrá salir de casa sin compañía, tres veces al día y a horas adultas para pasearlo. Pues eso, ¡que vivan los perrijos y fuera los tontolpijos!
Nota del autor: Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2025 existían en España 15 millones de animales de compañía, el 50% de ellos perros y el 40% gatos. El número de personas menores de edad en los hogares españoles es aproximadamente la mitad.
Linkedin: José María Riquelme Artajona



