Miércoles, 19 de Agosto de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa voz que clama en el paraíso
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Rafael Guillén Navarro

La voz que clama en el paraíso

 

Pasa el verano, pasa el domingo y llega el lunes. Así discurren los días cuando uno está donde quiere y debe estar: se enlazan unos con otros como una comunidad de abejas que va de flor en flor, polinizando sin alterar el paisaje. ¡Qué sosiego da ver al pastor y al ruiseñor!

 

Contrastando esta imagen con los viernes de tráfico o con el madrugón para meterse en esas máquinas de acero que te llevan a donde sé yo, aparecen las habituales concepciones románticas sobre la vida en el campo y la ciudad. Aun así, me satisface poner atención a lo concreto, desde ese mismo pastor que mira al horizonte hasta el cantante que humildemente pide algunas monedas en casi todas las líneas del metro de Madrid, pues en ambos hay vida, lo cual ya es algo digno de estudio.

 

Quizá resalte más la del ganadero, que dedica íntegramente su espacio y su tiempo a uno de los oficios más antiguos sobre los que se edificó nuestra civilización, cuando abandonamos las tenebrosas cuevas para lanzarnos a producir nuestros propios bienes. Sin embargo, el espíritu reside en ambos, pues el joven que transita la línea 5 del metro también posee ese impulso interior que llevó a los primeros homínidos a explorar y aprender, capacitándose poco a poco para transformar el mundo que los rodeaba.

 

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Uno, cuando está bien, suele estarlo en cualquier lugar, siempre que las libertades estén garantizadas. Aunque, volviendo un poco al tono romántico, aquí, en la montaña, casi se puede acariciar alguna de esas libertades, pues allá, en la metrópoli, dependemos de que aquella u otra máquina, o aquel u otro señor, funcionen adecuadamente. Aquí, aparentemente, esa dependencia se desvanece: apenas hay nadie, y eso, de vez en cuando, no le viene mal al alma.

 

"Conócete a ti mismo", decía el oráculo de Delfos. No parece haber mejor lugar para obedecer ese mandato que unas horas de auténtica soledad. El gregarismo que se impone cada vez más —pues con el móvil estamos en permanente contacto con el otro— parece impedirnos reflexionar durante largos periodos de tiempo.

 

Decía Kojève, en un seminario de París, que el confort técnico alcanzado por la humanidad la ha instalado en un inmenso zoológico, donde los hombres se han constituido en celadores o directores de un recinto en el que hemos decidido permanecer, casi siempre de manera impersonal. Y no veo dónde poner ni siquiera una coma en ese presagio. Quizá por eso la única manera de desaparecer de vez en cuando de esta gran mole tecnológica, para encontrarse a uno mismo, sea retirarse al mundo rural, al menos en mi caso.

 

Aunque también hay bosques en las ciudades y en los edificios: cada uno tiene que buscar su emboscadura. ¡El emboscado!, ¡esa gran figura de nuestro siglo!, donde uno se constituye en su propio juez, recupera la soberanía sobre sí mismo y resiste frente a la burocracia, al Estado del bienestar y, lo que es más importante, a las masas.

 

Sin más remedio que volver a la urbe, pues tampoco conviene instalarse en la autocomplacencia del retiro, uno regresará con o sin pilas. Los espíritus emboscados no las necesitamos: basta una buena conversación o reparar en algo digno de atención, como la voz de un buen cantaor en el metro, para que el alma vuelva a clamar; no ya en el desierto, sino en el paraíso interior que cada uno lleva consigo.

 

 

Linkedin: Rafael Guillén Navarro

 

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