Viernes, 21 de Agosto de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNEl problema no es que la IA se equivoque, sino que nadie sepa quién decidió
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Antonio Barrera

El problema no es que la IA se equivoque, sino que nadie sepa quién decidió

 

Durante años nos preocupó que las máquinas pudieran pensar. Ahora empezamos a descubrir que quizá el problema llegue antes: que hagan cosas.

 

Responder una pregunta es relativamente inocuo. Enviar un correo, modificar una cita, clasificar una reclamación, actualizar una base de datos, preparar un pedido o decidir qué asunto merece atención inmediata ya es otra historia. La inteligencia artificial está cruzando esa frontera casi sin ceremonia. Hemos pasado del asistente que propone al agente que ejecuta. Y ahí cambia todo.

 

Porque cuando una persona se equivoca solemos poder reconstruir lo ocurrido. Sabemos quién tomó la decisión, qué información tenía delante y, con algo de suerte, por qué actuó así. Con la IA ese recorrido puede ser mucho menos evidente. Y cuando un sistema empieza a actuar dentro de una empresa, la pregunta deja de ser filosófica para convertirse en algo muy concreto: ¿quién decidió realmente?

 

Imaginemos una pyme cualquiera. Llega un correo de un cliente reclamando una factura. Un agente lo interpreta, consulta documentación, localiza el expediente, redacta la respuesta, cambia el estado de la incidencia y programa un seguimiento. Todo sucede en unos segundos y nadie ha tenido que intervenir.

 

Fantástico. Hasta que se equivoca

 

Tal vez confunda a dos clientes con nombres parecidos. Quizá consulte un documento antiguo. Puede interpretar mal una excepción comercial o enviar como definitivo algo que solo debía ser un borrador. Entonces aparecen preguntas bastante menos futuristas que las que solemos asociar a la inteligencia artificial: ¿qué vio el sistema?, ¿qué podía hacer?, ¿por qué lo hizo?, ¿quién debía haberlo detenido?

 

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Cuanta más autonomía damos a una herramienta, menos útil resulta presumir de que “usamos IA” y más importante se vuelve saber exactamente qué permiso le hemos concedido. Hay una diferencia enorme entre una inteligencia artificial que redacta una respuesta para que alguien la revise y otra que puede enviarla directamente. Entre una que detecta una factura duplicada y otra que modifica el sistema contable. Entre una que propone una cita y otra que cancela reuniones por su cuenta.

 

La tecnología puede ser prácticamente la misma. El riesgo no

 

Por eso, antes de automatizar un proceso, una empresa debería ser capaz de responder cuatro preguntas sencillas. La primera: ¿qué puede hacer realmente el sistema? No qué promete una demostración ni qué permite técnicamente la herramienta, sino qué acciones concretas necesita ejecutar para cumplir su función. Si su tarea es clasificar solicitudes, quizá no necesite capacidad para borrarlas, reenviarlas o modificar otros registros.

 

La segunda: ¿a qué información puede acceder? Un agente conectado al correo, al calendario, al CRM, a carpetas internas y a documentación de clientes no es simplemente un chatbot más listo. Es software con capacidad para observar una parte importante de la organización. El principio debería ser bastante antiguo y poco espectacular: acceder solo a lo necesario.

 

La tercera pregunta es quizá la más importante: ¿cuándo debe detenerse? Las mejores automatizaciones no son necesariamente las que eliminan por completo al ser humano, sino las que saben reconocer el momento en que lo necesitan. Una cantidad económica elevada, una reclamación sensible, una petición fuera de lo habitual o una decisión con consecuencias legales deberían poder sacar al sistema de la autopista automática y devolver el volante a una persona.

 

Y queda una cuarta cuestión: ¿qué rastro deja después de actuar? Dentro de unos años probablemente nos parecerá extraño haber permitido que sistemas de IA ejecutasen acciones empresariales sin conservar un registro suficientemente claro de qué hicieron, con qué información y en qué momento. La trazabilidad puede parecer burocracia hasta el día en que algo sale mal. Ese día se convierte en memoria.

 

Durante mucho tiempo hemos confundido automatizar con quitar personas del proceso. Es una visión demasiado simple. Automatizar bien consiste, muchas veces, en decidir exactamente dónde una persona deja de aportar valor y dónde sigue siendo imprescindible. No se trata de poner un humano detrás de cada clic, sino de reservar el criterio humano para aquello que realmente puede tener consecuencias.

 

La inteligencia artificial puede leer miles de documentos, ordenar solicitudes, preparar respuestas, detectar anomalías y hacerse cargo de una enorme cantidad de trabajo repetitivo. Sería absurdo renunciar a ello. Pero también sería absurdo convertir cada posibilidad técnica en un permiso permanente.

 

Quizá por eso la gran discusión sobre la IA en las empresas no sea cuánto puede hacer. Esa cifra cambia cada mes y seguirá creciendo. La pregunta verdaderamente incómoda es cuánto estamos dispuestos a dejarle hacer sin saber de antemano qué ocurrirá cuando se equivoque.

 

Porque se equivocará

 

La diferencia entre una buena automatización y una mala no estará en haber eliminado todos los errores. Estará en que, cuando llegue uno, podamos saber qué pasó, limitar sus consecuencias y entender quién —persona o sistema— tenía permiso para decidir.

 

Linkedin: Antonio Barrera

 

El autor: Antonio Barrera es desarrollador full-stack, formador y fundador de Autointellia, una empresa especializada en la implantación práctica de inteligencia artificial, automatización y formación. Su trabajo se centra en convertir la IA en mejoras útiles, medibles y controladas para empresas y profesionales

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