La 'operación avestruz' del Gobierno sanchista
Existe una vieja creencia según la cual el avestruz, cuando percibe el peligro, esconde la cabeza bajo tierra pensando que, si él no ve la amenaza, esta dejará de existir. Los zoólogos nos recuerdan que el animal no actúa exactamente así, pero el mito ha sobrevivido porque simboliza -como muy pocos- una actitud profundamente humana: "negar la realidad para no tener que enfrentarse a ella".
Si hubiera que buscar un Gobierno que hubiese convertido esa leyenda en su habitual método de actuación política, pocos reunirían tantos méritos como el de Pedro Sánchez.
Cada vez que España afronta una crisis, el Ejecutivo parece activar el mismo protocolo: esconder la cabeza, ganar tiempo, fabricar un relato, señalar a un culpable y confiar en que el tiempo tape el problema. Nunca jamás una autocrítica. Nunca jamás una rectificación... Y siempre la mántrica propaganda oficial.
Ha ocurrido con la inmigración ilegal y la presión permanente sobre Ceuta y Melilla. Ha ocurrido con la política exterior respecto a Marruecos. Ha ocurrido con los incendios forestales, con el deterioro de los servicios públicos, con los descarrilamientos ferroviarios, con la onerosa deuda pública, con la grave escasez de viviendas o con el creciente descrédito de nuestras instituciones estatales.
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La estrategia consiste siempre en sustituir la gestión por el relato...Y si la realidad resulta incómoda, se cambia la conversación...Y si alguien denuncia los hechos, el problema deja de ser lo ocurrido para convertirse en quien se atreve a contarlo.
Es la política del espejo roto: como la imagen no nos gusta, se rompe el espejo, y asunto terminado.
La reciente crisis vivida en Ceuta ha vuelto a poner de manifiesto esa forma de 'gobernar a lo avestruz'. Mientras miles de personas trataban de acceder al territorio español en una franca 'invasión híbrida', el Ejecutivo nos transmitía la sensación de ir siempre un paso por detrás de los acontecimientos.
Las explicaciones llegaban tarde, las responsabilidades se diluían y la propaganda intentaba ocupar el lugar de la obligada y competente autoridad del Gobierno.
Gobernar, sin embargo, no consiste en esconder los problemas bajo toneladas de pseudo comunicación institucional. Gobernar exige anticiparse, proteger las fronteras, defender los intereses nacionales y asumir todas las responsabilidades cuando las cosas salen mal. Justamente lo contrario de negar la evidencia esperando que desaparezca por sí sola.
España necesita dirigentes que miren los desafíos de frente, no expertos en enterrarlos bajo la arena de los falsarios argumentarios. Porque los problemas no desaparecen por decreto ni por rueda de prensa. Las fronteras siguen ahí. La deuda continúa creciendo. Los ciudadanos siguen perdiendo confianza. Y la realidad siempre acaba imponiéndose sobre cualquier campaña de falaz propaganda.
Quizá haya llegado el momento de dar por terminada esta permanente 'operación Avestruz'. Porque mientras el Gobierno mantiene la cabeza oculta en la arena del relato oficial, deja al descubierto todo aquello que un gobernante debería proteger: la credibilidad del Estado, la autoridad de las instituciones y la confianza de los españoles.ç
Y es aquí donde la política abandona la lógica para entrar de lleno en el territorio del esperpento. Valle-Inclán escribió que los héroes clásicos, reflejados en los espejos cóncavos del madrileño y castizo callejón del Gato, se transformaban en figuras grotescas. Si hoy dirigiera su mirada hacia La Moncloa, probablemente encontraría un escenario aún más extravagante: "un gigantesco avestruz vestido con chaqué institucional, rodeado por una corte de ministros convertidos en ujieres del relato y que sostenienen espejos deformantes con las manos para impedir que la realidad alcanzara al jefe".
Mientras tanto, fuera del decorado, España sigue reclamando respuestas. Pero dentro del palacio continúa la representación. Unos barren los problemas bajo la alfombra. Otros rebautizan cada fracaso con un eufemismo brillante. El resto aplaude disciplinadamente mientras el edificio cruje y el telón amenaza con desplomarse.
Sin embargo, la realidad tiene una pésima costumbre: 'no desaparece porque un Gobierno cierre los ojos'. Al contrario. Acaba entrando por la puerta principal, derriba el decorado y deja al descubierto a los falsos actores.
Entonces se descubre que el supuesto Gobierno de estadistas no era más que una compañía de cómicos interpretando una obra de autoengaño. Un gran teatro donde la propaganda sustituía a la verdad, el relato a la gestión y la soberbia al sentido de Estado.
Porque el verdadero problema nunca fue el avestruz. El verdadero problema consiste en que España no puede permitirse un 'Gobierno avestruz" que -cuando divisa el peligro- en lugar de plantar cara prefiera esconder la cabeza... mientras deja vergonzosamente al descubierto el resto de sus pudicas vergüenzas.
Linkedin: Pedro Manuel Hernández López



