Palabras no dichas
Algunas veces me da por divagar y pensar ¿dónde irán las palabras que nunca decimos? Se irán a una especie de cementerio de palabras o se quedarán dentro de nosotros esperando su momento para salir.
En ocasiones no las pronunciamos porque pensamos, erróneamente, que tenemos mucho tiempo, las dejamos para otra ocasión, para cuando estemos más seguros o afloje el orgullo. En ocasiones, no las decimos por miedo al qué dirán o a las consecuencias que puedan desencadenar. Otras veces se quedan dentro de nosotros, simplemente por no herir al otro.
Quizá, las más importantes, se quedan dentro porque pensamos que el otro ya debería saberlas, jugamos a ser adivinos, a ponernos en la mente del ser querido para recriminarle si no cae en la cuenta.
Un “lo siento” a tiempo, un “te quiero” que damos por supuesto, un “me dolió” que debió aflorar en su momento son palabras demasiado valiosas para ser guardadas y me pregunto ¿Qué pasa con ellas?
![[Img #13976]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/08_2026/9719_gabriel.jpg)
En verdad, pienso que las palabras no pronunciadas, no se van, se quedan dentro aguardando su momento o descomponiéndose lentamente. Lo que no dijimos y se queda dentro, de alguna manera, va cambiando de forma, se va convirtiendo en distancia o inseguridad. Se traduce en una conversación que se evita, una mirada que no se mantiene o simplemente en resentimiento y sobre todo, en mucha tristeza.
Las palabras tienen su propia vida, nacen en nuestro cerebro, crecen en el exterior y terminan en la mente del otro. Si su camino se interrumpe, se malogran o terminan pudriéndose dentro.
El tiempo va pasando y sin darnos cuenta, un día descubrimos que ya no estamos enfadados por aquello que ocurrió o debió ocurrir. Ahora ya no importa porque la distancia es demasiado larga para intentar recorrerla, atrás quedaron cien pequeñas verdades que fuimos escondiendo por miedo o por cualquier otra razón. Nos damos cuenta que no fue tan solo una herida profunda sino un millar de pequeños arañazos que han terminado por infectarse.
Este es uno de nuestros mayores errores, el pensar que callar va a conservar las cosas intactas. No las conserva, todo se mueve.
Por eso hay palabras que debemos pronunciar mientras esté ahí la persona a la que van dirigidas, mientras tengan un sitio al que llegar.
Las de cariño, antes de que se vuelvan nostalgia cuando ya no esté el otro para escucharlas, las de perdón antes de que el orgullo levante su pared infranqueable, las de dolor, antes de que se vuelvan indiferencia, porque llegará un momento en que quizá ya no podamos decirlas nunca y se adulteren y nos corrompan por dentro para siempre.
La verdadera valentía o mejor aún, la verdadera sabiduría consiste en hablar cuando las palabras que desfilan por nuestra mente merecen tener vida fuera de nosotros y diferenciarlas de aquellas que deben ser calladas porque nacen de la rabia o frustración, de heridas todavía abiertas. Éstas, no hay que tragárselas, solo madurarlas en nuestro interior hasta que pierdan el filo para poder ser dichas y oídas.
¿Dónde van las palabras no dichas? Imagino que donde nosotros queramos pero por eso es importante elegir las palabras que dejamos morir y cuáles salvamos antes de que sea demasiado tarde.
Linkedin: Gabriel Vivancos



