La industria del Holocausto
Artículo basado en la lectura del libro La industria del Holocausto: reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío, de Norman G. Finkelstein (Akal)·2026.
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Leer es en verano deporte nacional. Algunos libros son incómodos. Este es uno: incómodo porque ataca el ideario colectivo de una parte de la Historia, la segunda guerra mundial. Hay un relato que se construyó después de la guerra, la muerte de Hitler, quién ganó la guerra, le resistencia francesa.
Si preguntas a cualquiera, la guerra la ganaron los aliados. Nada de eso. La ganó la URSS. Los aliados: EEUU realmente entró en la guerra cuando vieron que la URSS iba a derrotar ella sola a Alemania y, prácticamente quedarse con toda Europa. No hablo de Reino Unido, especialista en iniciar guerras en Europa y esconderse después. Los rusos se hubieran quedado con toda Europa si EEUU no hubiera entrado desde Francia e Italia. Llegaron a Berlín días después de que los rusos izaran la bandera roja en el Bundestag de Berlín.
Sobre el exterminio de los Campos de Exterminio, llamados 'La solución final', fue una máquina de eliminación de toda clase de pueblos «no arios»: polacos, eslavos, españoles, judíos, gitanos, nórdicos, además de homosexuales, discapacitados, etc. Sin embargo en los años 60 se construyó un relato donde solo los judíos, el llamado Holocausto (Shoah en hebreo), convirtió un exterminio contra muchos, en un único exterminio: el exterminio sistemático contra los judíos en la Europa ocupada.
Este artículo, va de eso. El Libro se llama 'La industria del Holocausto: Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío' de Norman Finkelstein, un superviviente de un campo de exterminio nazi que escribió sobre esto en los años 60. Es desvirtuar la Memoria Histórica.
Introducción
Hay una pregunta incómoda que circula desde hace décadas en los debates sobre memoria histórica: ¿qué ocurre cuando un trauma colectivo, auténtico y enorme como el Holocausto, deja de ser objeto de estudio histórico para convertirse en un instrumento político? No se trata de negar lo ocurrido ni de minimizar el horror de los campos de exterminio nazi. Se trata de algo más sutil y, quizá, más peligroso: examinar cómo la representación pública de ese trauma puede usarse para eximir a unos de responsabilidad, inflar cifras con fines económicos y, sobre todo, silenciar a otras víctimas cuyo sufrimiento no encaja en la narrativa dominante.
Es precisamente esa la tesis de La industria del Holocausto: reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío (Akal), de Norman G. Finkelstein, profesor de ciencia política y, como él mismo recuerda en la introducción, hijo de supervivientes del Holocausto. El libro no niega el genocidio nazi; lo que hace es diseccionar qué ha pasado con su recuerdo una vez que este se ha convertido en un fenómeno político y económico propio. Y, leído hoy, su diagnóstico resuena con una fuerza particular: el mismo mecanismo que, según Finkelstein, blindó a Israel de toda crítica en los años setenta es el que hoy se invoca para acallar el debate sobre la guerra en Gaza, el Líbano y el frente iraní.
1. Qué dice realmente el libro
Finkelstein define la «industria del Holocausto» como un entramado de organizaciones judías, abogados de demandas colectivas, historiadores comprometidos y dirigentes políticos que han convertido la memoria del genocidio nazi en un mecanismo de presión política y recaudación económica. El autor no está solo: cita al rabino Arnold Jacob Wolf, cuyo epígrafe abre el volumen.
Los actores que nombra son concretos: el Congreso Judío Mundial (CJM), la Conferencia sobre Solicitudes Materiales, la Liga Anti-Difamación (ADL), el Comité Judío Americano, y figuras como el abogado Burt Neuborne o el exvicepresidente del CJM Israel Singer. Su argumento central es que los intereses defendidos por esta red no son los de las víctimas reales, sino los de unas élites organizadas que se quedan con la mayor parte de los fondos y usan el recuerdo del nazismo como escudo político para blindar a Israel frente a cualquier crítica internacional.
Conviene subrayar el tono del libro: no es un negacionismo. Finkelstein no cuestiona que existieron los campos, que hubo cámaras de gas ni que murieron millones. Lo que pone en duda es la representación del pasado.
Esa distinción es clave, porque es donde el libro se separa del discurso negacionista y entra en terreno legítimo de crítica política e historiográfica.
2. El momento bisagra: 1967
Aquí el libro da respuesta a la pregunta que abre este artículo: ¿hubo un momento concreto en que el recuerdo del Holocausto se politizó? Finkelstein señala uno con precisión: la guerra de los Seis Días de 1967.
Según su reconstrucción, antes de 1967 «el Holocausto» —con mayúsculas, como fenómeno político-cultural— apenas existía en la vida judía estadounidense. La memoria del nazismo era periférica; los judíos de EE.UU. se integraban en un discurso universalista y las élites sionistas colaboraban incluso con sectores del establishment para distanciar la identidad judía de la figura del perseguido. Fue después de 1967, cuando Israel demostró ser una potencia militar capaz de imponerse, cuando las élites judías «redescubrieron» el Holocausto.
La función era triple: proteger el valor estratégico de Israel ante la creciente crítica por la ocupación de Cisjordania, Gaza y Los Altos del Golán; cimentar una identidad judía particularista frente a la asimilación; y, sobre todo, eximir a Israel de toda crítica al vincular cualquier reproche al «eterno antisemitismo» y al recuerdo del exterminio.
Este es el núcleo del argumento y, a la vez, su punto más debatido. Hay historiadores que aceptan la tesis de un giro en 1967 y otros que la consideran simplista. Pero el punto de partida —que la memoria del Holocausto se consolidó como arma política en un contexto geopolítico concreto— es un hecho documentado que no depende de aceptar todas las interpretaciones de Finkelstein.
3. Las cifras y su uso instrumental
El libro dedica una parte a cómo los números se manipulan. Finkelstein denuncia una contradicción estructural: si la Solución Final fue «un exterminio industrial en cadena de eficacia única», ¿cómo es posible que, según las mismas organizaciones que gestionan las reclamaciones, «cientos de miles de judíos sobrevivieran»? El Plan Gribetz, según el autor, situaba el número de supervivientes vivos cerca del millón, multiplicando por cuatro la cifra de 250.000 que la Conferencia sobre Solicitudes Materiales reconocía poco antes.
La lógica económica es clara: a mayor número de supervivientes reclamantes, mayor indemnización.
El resultado documentado: exigencias iniciales a los bancos suizos de entre 7.000 y 20.000 millones de dólares, un acuerdo final de 1.250 millones, y una fracción mínima de ese dinero que llegó a las víctimas reales, mientras los abogados y las organizaciones se repartían el resto.
Nuevamente, conviene matizar: estas cifras son la lectura de Finkelstein, y han sido contestadas. Pero la estructura que describe —presionar con medios y boicots, lograr un acuerdo, y que el dinero termine en manos de intermediarios— es un patrón que el autor documenta caso a caso, con nombres y salarios.
4. Las víctimas que no caben en el relato
Es aquí donde el libro conecta con la parte más sólida de su argumento y con la preocupación de fondo de este artículo: el recuerdo selectivo. Al hacer del Holocausto un símbolo totalizante, se relativiza por contraste el sufrimiento de otras víctimas del mismo régimen nazi, cuya memoria quedó relegada.
Y es que no fueron solo los judíos quienes pagaron un precio demográfico catastrófico. El nazismo asesinó a millones de ciudadanos soviéticos —entre ellos cientos de miles de prisioneros de guerra abandonados deliberadamente a morir—, a millones de polacos, a medio millón de gitanos y sinti (proporción comparable a la de los judíos, como señala el propio libro), y a otros colectivos perseguidos: opositores políticos, personas con discapacidad, homosexuales, testigos de Jehová, y civiles de toda Europa ocupada. Las víctimas no judías suman, según la historiografía más reciente, decenas de millones.
El problema no es cuántas vidas pesan más, sino quién se permite recordar y quién queda fuera del relato oficial. Cuando el recuerdo se convierte en monopolio de una sola comunidad, organizada y con recursos, el resto de las víctimas compite en desventaja: sin instituciones, sin abogados, sin museo de 50 millones de dólares al año. La memoria, así, deja de ser un deber ético y pasa a ser un activo que solo unos pocos pueden gestionar.
5. El vínculo con Palestina
El hilo conductor del libro desemboca directamente en la cuestión palestina, y lo hace con un dato concreto. Finkelstein observa que el Museo del Holocausto de Washington termina su exposición con imágenes de supervivientes judíos intentando llegar a Palestina, presentando así a Israel como «la respuesta adecuada al nazismo». En ese montaje narrativo, escribe el autor, se borra la expulsión de 700.000 palestinos en 1948 —la Nakba, la catástrofe de la diáspora forzada de la población árabe-palestina durante la creación del Estado de Israel.
La ironía es brutal y es el corazón de la crítica: el mismo aparato que memorializa el desplazamiento forzado de los judíos europeos silencia el desplazamiento forzado de los palestinos, y lo hace usando el recuerdo del primer genocidio como coartada moral para el segundo.
Y el columnista israelí Ari Shavit resumía el efecto: Israel había podido actuar con impunidad porque contaba con «la Liga Anti-Difamación, Yad Vashem y el Museo del Holocausto».
No se trata de equiparar el Holocausto con nada —no tiene equivalentes y debe recordarse siempre—, sino de señalar que su recuerdo, cuando se usa como escudo absoluto, impide mirar críticamente las políticas del Estado de Israel hacia su población vecina: la ocupación de Cisjordania, el bloqueo de Gaza, la construcción de asentamientos y, desde 1948, el régimen de derechos desiguales sobre la población palestina.
6. De la memoria al presente: Gaza, Líbano, Irán
Si el diagnóstico de Finkelstein era acertado en los años setenta, lo es hoy con más fuerza. La guerra desencadenada en octubre de 2023 y su prolongación en Gaza han convertido la franja en una catástrofe humanitaria de escala inédita: decenas de miles de palestinos muertos, gran parte del territorio destruido y una población civil sometida a un asedio que ha vaciado de servicios básicos a todo el territorio. A ello se suma el conflicto abierto con el Líbano, un nuevo genocidio al sur del río Litani y la tensión regional que arrastra a una nueva guerra contra Irán y a sus aliados, incluso una nueva guerra anunciada contra Turquía.
En medio de ese escenario, el recurso al recuerdo del Holocausto se ha vuelto omnipresente y, paradójicamente, se invoca desde ambos bandos. Quienes defienden a Israel lo hacen apelando a «nunca más» y al derecho a existir nacido del exterminio; quienes denuncian la guerra en Gaza señalan, con razón, que esa misma invocación se usa para calificar de antisemita cualquier crítica a las políticas israelíes y para acallar el debate sobre el sufrimiento civil palestino.
El resultado es el que Finkelstein anticipó: la memoria de un genocidio legítimo se convierte en la herramienta para tapar el debate sobre otro sufrimiento masivo.
No es casualidad que el propio Wiesel, que cobraba 25.000 dólares por conferencia, haya sido citado por Finkelstein estimando en «un millón de niños» las muertes atribuibles al bloqueo de Irak: el mismo aparato que reclama el monopolio del recuerdo del exterminio europeo se muestra opaco ante los crímenes contemporáneos que no benefician a sus intereses.
7. Conclusión: recordar a todos, no solo a unos
El mensaje final de La industria del Holocausto no es que el Holocausto no importara o que no mereciera ser recordado. Es exactamente lo contrario: importa tanto que no puede permitirse que sea gestionado por una industria, ni que sirva de coartada para el olvido de otras víctimas. Recordar el exterminio de millones de judíos es un deber; pero ese deber no puede cumplirse a costa de borrar a los millones de soviéticos, polacos, gitanos y otros civiles que murieron bajo el mismo régimen, ni a costa de tapar el sufrimiento de un pueblo entero bajo ocupación.
La memoria instrumentalizada es el reverso de la memoria democrática. Una sociedad que solo recuerda lo que le conviene, y solo a las víctimas que le son útiles, no está honrando a los muertos: está negociando con ellos. Y mientras la guerra siga arrasando Gaza y el recuerdo del nazismo se use como muro para no mirar lo que ocurre hoy, la advertencia de Finkelstein seguirá vigente: el peligro no es olvidar el Holocausto, sino permitir que deje de ser un espejo para convertirse en un escudo.
Linkedin: Aquilino García



