Martes, 01 de Septiembre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNAdmirose un portugués
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Rafael Guillén Navarro

Admirose un portugués

 

"Admirose un portugués al ver que en su tierna infancia todos los niños en Francia supieran hablar el francés…".

 

Así comienza un poema de Moratín. El portugués, admirado por la facilidad que tiene un muchacho francés para hablar el idioma que a él le había costado toda una vida aprender, atribuye más adelante a un "arte diabólico" algo que en realidad no tiene misterio: el niño ha aprendido indirectamente el idioma que le rodea, imitando.

 

Habría que actualizar, o 'scrollear', ese verso de Moratín, y reescribir que ahora el portugués se sorprendería de ver que los niños, en su tierna juventud, se admiran de 'farmear aura' o de sumarse a alguna moda tan absurda como pasajera.

 

[Img #14043]

 

Esta nueva moda de 'farmear aura' consiste en realizar gestos aleatorios frente a otro sujeto mientras el público observa atentamente y disfruta del espectáculo. La moda reúne a no pocos jóvenes en las plazas de las ciudades.

 

La crítica parece evidente. ¿No es vulgar o ridículo que miles de personas repitan el mismo gesto o la misma moda con tal de atraer la atención? ¿No es toda suspensión del juicio individual en beneficio del colectivo una obra decadente?

 

Quizá sí.

 

Pero, querido portugués, no se deje llevar por la crítica. Quizá haya otra posibilidad en la que no había reparado:

 

La vulgaridad siempre tiene hueco en esta vida y, gracias a ello, la elegancia será excelsa; estas ligeras modas son una autoeducación de las masas.

 

Antes, el sujeto —alguna institución o algún personaje— ofrecía algún modelo público y educaba a las masas, donde el público ocupaba el lugar del receptor; no había más remedio que suscribirse a tal o cual modelo. Ahora, con la globalización e Internet, el sujeto y objeto de la acción se constituye también en el público: él es el responsable de su destino.

 

Es ese público, las masas, el que se observa a sí mismo, se imita, se juzga y se modifica; en definitiva, se exige una autoeducación y vuelve a realizar el proceso sucesivamente.

 

El público, al constituirse como objeto y sujeto del drama, se autoexige, y el espíritu se forma a través de su propia actividad. Esta actividad, poco a poco, puede ir diferenciándose y establecer algún criterio.

 

Para llegar a distinguir lo raro de lo ordinario hace falta primero lo ordinario, lo cual dará lugar a la originalidad. Dejemos que ellas mismas se observen: las masas. La actividad misma ya es una forma de formación, y las sociedades, como los niños en Francia, se forman haciéndolas.

 

Spinoza dijo que la esencia pone, no quita. La esencia no se define por aquello que le falta, sino por aquello que es capaz de producir o desplegar.

 

Así que, querido amigo portugués, quizá no haya que quitarles a las masas sus pequeñas vulgaridades.

 

Claro está que no todo lo que hace la masa la educa, pero la masa que puede observarse a sí misma ha comenzado ya, de algún modo, a formarse a sí misma.

 

Quizá haya que dejarlas farmear un poco. 

 

Ya veremos si terminan produciendo algo o no.

 

Recuerda que las cosas y las acciones son siempre resultado; no se presentan a priori ni de manera inmediata. De la misma manera nuestro juicio, querido portugués, debe ser mediación.

 

Linkedin: Rafael Guillén Navarro

 

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