Miércoles, 02 de Septiembre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNVuelta al cole, ¿quién está al otro lado?
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Marco Antonio Oma Jiménez

Vuelta al cole, ¿quién está al otro lado?

 

En unas clases de relleno de hace unos años —algunos alumnos dirían que todas lo son, e igual no les falta tanta razón— aprendí dos cosas muy pequeñas, casi insignificantes, pero cargadas de sentido.

 

De repente, una alumna de 13 o 14 años, que no había venido a este mundo a hacer gala de sus dotes académicas, harta de las bromas y burlas de algunos compañeros, prorrumpió en gritos en medio de la clase: "¡Yo tengo a mi padre y yo tengo a mi madre y no necesito nada más!".

 

Hasta los cimientos temblaron de lo fuerte que habló.

 

Aquello me enseñó lo importante que es que nuestros alumnos se sientan totalmente respaldados por sus padres. Eso les da una entereza y una seguridad que ninguna escuela podrá ofrecer jamás. Algunos albergan el húmedo sueño de eliminar la familia y dejar la educación de los nuevos individuos totalmente en manos de expertos profesionales. Sin embargo, jamás podrán sustituirla.

 

Incluso en el caso de aquella alumna, cuyos padres finalmente acabaron echándose los trastos a la cabeza de muy mala manera, habían dado a su hija, a pesar de toda su imperfección, algo insustituible y de un valor incalculable: la habían aceptado y acogido como a un ser digno de ser amado desinteresadamente.

 

[Img #14053]

 

La otra cosa que aprendí en aquellas clases de Atención Educativa —que antes no lo había dicho— fue una frasecita que nos salió haciendo un damero maldito con los alumnos. La frase de marras era: "El buen maestro es aquel que enseñando poco hace nacer en el alumno el deseo de aprender".

 

No vamos a decir que esta sea la principal y única característica de los 'buenos maestros', pero desde luego sí parece una buena señal. Podría ser que, en vez de enseñar poco, el 'buen maestro' enseñara mucho y, aun así, también suscitara el gusto y el interés por aprender. Eso ya sería el colmo.

 

Pero el punto está en enseñar no poco, sino lo justo para encender el fuego del deseo de aprender.

 

En contrapartida, puede que otro profesor haga nacer pocos o ningunos deseos de aprender —al menos sobre su materia—. A veces incluso puede provocar cierta animadversión por ella o un odio visceral. No pocas veces, el profesor que más cantidad quiere enseñar es el que menos éxito tiene. Abrumamos a los alumnos y acabamos derrotándolos. Como en toda relación, el equilibrio ventajoso es una delicadeza de la vida. Lo más probable es que casi todos los profesores acabemos provocando esta clase de reacciones en unos alumnos o en otros.

 

También pasa que a muchos profesores los alumnos les quitan las ganas de enseñar. Si los profesores fueran IAs, eso no les pasaría.

 

Pero ¿una IA puede hacer nacer ese deseo de aprender?

 

No digo que no. De hecho, creo que muchas IAs lo harían mucho mejor que algunos profesores —sin excluirme yo—. Pero ese deseo de aprender no es algo tan sencillo, a poco que se piense.

 

[Img #14052]De hecho, en ese deseo se concentran muchas esperanzas y expectativas, mediadas por la eutaxia de la sociedad política a la que se pertenece, que a su vez está determinada por prácticas, valores, creencias, percepciones, sentimientos de pertenencia y disposiciones psicológicas de todo el conjunto, volcados en el futuro de las nuevas generaciones.

 

O lo que es lo mismo: que aparezcan esos 'deseos de aprender' entre los alumnos depende bastante de la composición sociológica de la comunidad de referencia. Y no hay máquina calculadora capaz de manejar todo esto. Ni la habrá, porque detrás está el 'espíritu' humano: sus elecciones, sus valores, su responsabilidad. La de toda una sociedad en conjunto.

 

De buenas a primeras, criaturas educadas aséptica y científicamente, sin padre ni madre, por perfectos profesores que hacen nacer el deseo de aprender —lo que la sociedad eutáxica quiera que aprendan— serían la quintaesencia de una utopía educativa, con la salvaguarda de haber prescindido de la experiencia humana, de la relación con el otro.

 

Con los padres, los primeros enseñantes; con los maestros y profesores; con los capataces, etc. Es decir: no hay aprender sin relación, sin el otro.

 

La IA podrá ser exquisitamente educada, lista, paciente y metódica, pero nunca será ese otro humano con el que compartimos una condición, una historia, una sociedad y una responsabilidad. Puede transmitir información. Puede explicar. Puede incluso despertar curiosidad y facilitar enormemente el aprendizaje. Pero la educación es algo más.

 

Un alumno le pide a la IA que haga la tarea y el profesor la corrige con otra IA. Dos máquinas hablándose. Puede haber ahí transmisión de información e incluso aprendizaje. Pero ¿hay educación?

 

El reto de la enseñanza es integrar la IA sin sustituir la relación con el otro. El reto es colocar al otro siempre en el principio, el medio y el final.

 

Ahí es nada.

 

Feliz curso.

 

Linkedin: Marco Antonio Oma Jiménez

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