La felicidad camuflada
Hay poemas que dicen mucho más de lo que aparentemente cuentan. En La mar de la gaviota, Rafael Alberti convierte el mar y la gaviota en imágenes de libertad y nostalgia. Quizá esa metáfora nos sirva hoy para mirar los datos de la economía española con otros ojos. Porque, cuando los observamos con detenimiento, emerge una realidad que, cuanto menos, obliga a detenerse. Por un lado, el 27,5% de la población española se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, un porcentaje que asciende hasta el 33,9 % entre los menores de 16 años. Y, por otro, la deuda de los hogares españoles alcanza en estos momentos la llamativa cifra de 723.000 millones de euros.
En este escenario procusto, en el que no basta refugiarse en la ley de los pequeños números ni interpretar la realidad social únicamente a través de los grandes indicadores macroeconómicos, la felicidad social parece haber quedado, en buena medida, fuera del debate político. Sin embargo, esta percepción comienza a cambiar cuando nos acercamos al Informe Socioeconómico de la Felicidad-2025. Sus resultados muestran que las personas encuestadas declaran, en términos generales, disfrutar de un nivel de felicidad notable. Y es precisamente aquí donde aparece una aparente contradicción que merece ser explorada: ¿cómo es posible que una sociedad que convive con elevados niveles de pobreza, exclusión y endeudamiento pueda, al mismo tiempo, declarar niveles relativamente altos de felicidad?
Quizá una parte de la respuesta podamos encontrarla en la economía conductual y, específicamente, en el concepto de felicidad comparativa. La percepción que cada individuo construye sobre su bienestar subjetivo no depende exclusivamente de su situación económica objetiva. También está condicionada por la comparación con quienes le rodean, por sus propias expectativas, por sus aspiraciones y por las experiencias acumuladas a lo largo de su vida. En este sentido, la felicidad no se construye únicamente en el territorio de la realidad objetiva, sino también en el de la percepción.
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Y aquí surge una cuestión de mayor alcance. Cuando nuestra percepción del bienestar subjetivo se construye fundamentalmente desde la comparación con los demás, corremos el riesgo de alejarnos de la conexión emocional y del vínculo que nos une al resto de los seres humanos. Podemos terminar midiendo nuestra vida con reglas ajenas y confundiendo bienestar con posición relativa. Es precisamente en ese territorio donde aparece lo que podríamos denominar 'felicidad camuflada'. Una felicidad que no siempre queda reflejada en las estadísticas oficiales y que tampoco debería confundirse con las pequeñas ficciones que, en ocasiones, construimos para convencernos de que somos felices. Se trata, más bien, de una dimensión de la felicidad que permanece oculta entre los grandes ratios económicos y sociales, porque aquello que sentimos no siempre coincide con aquello que medimos.
Si realmente queremos emprender un nuevo viaje y transformar nuestro tejido productivo y social, quizá debamos aprender a reconocer y poner en valor esa felicidad camuflada. Concebirla como un recurso estratégico de la sociedad significa comprender que el bienestar individual y el bienestar colectivo no son realidades enfrentadas, sino dimensiones que pueden reforzarse mutuamente. Sobre ese principio debería conjugarse lo macro y lo micro. A partir de entonces, las políticas económicas, las decisiones empresariales y las estrategias sociales deberían ser ajenas a las emociones, las expectativas y las percepciones de las personas. Solo así lograremos que el interés colectivo y el bien común no colisionen con los egos, las frustraciones y las comparaciones individuales. ´
Ahí reside el verdadero desafío, diseñar una sociedad que avance hacia un capitalismo del bienestar y a una democracia donde se escuchen los latidos de la igualdad de oportunidades, del trabajo decente, de la dignidad, de la calidad de vida y de la responsabilidad social. Quizá sea entonces cuando esa felicidad camuflada deje de ocultarse entre las cifras y florezca en nuestras calles, empresas e instituciones. De este modo, emergerá nuestro verdadero espíritu, aquel que nos recuerda que somos seres humanos llamados a vivir juntos. Porque, como nos enseña Santo Tomás de Aquino, “amar es desear el bien del otro”. Tal vez ahí encontremos la verdadera esencia de la felicidad camuflada, comprender que, cuando tendemos la mano a los demás y deseamos su bien, también comenzamos a cultivar el nuestro.
Si trasladamos todo lo dicho hasta ahora al espacio de las soluciones estratégicas para problemas complejos, se trata de avanzar hacia un mundo feliz (para nada el de Aldous Huxley) a través de la cooperación, pero como la literatura científica nos enseña, dos personas pueden no cooperar incluso si en ello va el interés de ambas. La estrategia ganar-ganar no siempre es la estrategia dominante. La que mejor funciona depende directamente de qué estrategia estén usando los demás y, particularmente, de si tal estrategia deja espacio para el desarrollo de la mutua cooperación. Sí, hablamos de la 'Teoría de los Juegos‛ (popularizada en la película “Una mente maravillosa” inspirada en la vida del matemático y premio Nobel John Forbes Nash y su lucha contra la esquizofrenia paranoide), en la que este genio demostró que la "mejor estrategia" individual a veces lleva a un resultado que no es el mejor para el grupo, refutando la teoría de la mano invisible que mece la cuna de Adam Smith.
La teoría de los juegos fue desarrollada para entender el comportamiento de la economía pero que hoy se aplica a ciencias del conocimiento tan dispares como la biología, el derecho, las relaciones internacionales o el Happiness Management. La clave la encontramos en la famosa escena del bar de la película que explica el equilibrio de Nash usando un grupo de amigos que compiten por ligar con una chica rubia y sus amigas. La conclusión de esta secuencia cinematográfica es muy esclarecedora: cuando pensamos en el grupo y en nosotros mismos, creamos una victoria compartida, duradera y feliz, Dicho en otras palabras, en cualquier “juego” la mejor estrategia es aquella que es mejor para nosotros y para el resto de jugadores. La victoria solo se alcanza si se maximiza el beneficio colectivo. Y como propuso Jeremy Bentham (filósofo, jurista, economista, escritor y reformador social inglés considerado como el padre del utilitarismo moderno), el objetivo de la sociedad y de las leyes debe ser lograr "la mayor felicidad para el mayor número de personas", pero felicidad de la buena. Así que ya saben, como dijo Rafael Alberti en su canto de resistencia y lucha colectiva en defensa de la libertad y la felicidad frente a la opresión de los caudillos de la infelicidad, los de antes y los de ahora: “¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!”.
* Espacio de divulgación y transferencia científica.
Rafael Ravina Ripoll es director de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad
Linkedin: Rafael Ravina
Víctor Meseguer es Investigador Principal del Grupo GAIA y promotor de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad.
Linkedin: Víctor Meseguer



