Los engaños del multiculturalismo
El multiculturalismo, unido frecuentemente al flujo migratorio internacional, se ha convertido en uno de los fenómenos más relevantes de nuestras sociedades contemporáneas. Es cierto que la diversidad cultural puede enriquecer, pero también puede generar desencuentros, conflictos y desequilibrios políticos de difícil resolución, sobre todo, cuando las relaciones interculturales están marcadas por la desigualdad, la supremacía o el intento de imponer unas ideas, costumbres, valores y tradiciones sobre otras.
Nuestra Europa occidental está siendo escenario de este proceso. Las continuas migraciones procedentes de diferentes regiones del mundo, están originando transformaciones geopolíticas, cambios ideológicos y simbiosis culturales, algunas fácilmente asimilables y otras ciertamente controvertidas. Algunos de estos movimientos migratorios pueden generar situaciones excepcionales de presión social y territorial, como ocurrió en Ceuta los días 30 y 31 de julio de 2026, cuando se produjo una invasión masiva y descontrolada de personas migrantes (unos 72.000 según el Gobierno) que asaltaron la ciudad en busca probablemente de una supuesta regularización prometida. Asimismo, determinadas prácticas culturales como la poligamia, los matrimonios infantiles o forzosos, mutilaciones genitales femeninas, etc. plantean interrogantes cuando colisionan con las libertades individuales, la igualdad entre hombres y mujeres, la dignidad humana o los derechos fundamentales.
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La mezcla de culturas, con sus correspondientes símbolos, valores y formas de comprender la existencia, no está exenta de contradicciones. Conocer otras culturas puede ampliar nuestra visión del mundo, pero la aceptación de lo diferente, de lo ajeno, no implica necesariamente reconocer que todo elemento cultural deba ser considerado igualmente legítimo. Esto constituye, a nuestro entender, el primer error del multiculturalismo: interpretar que las culturas son todas similares y que todas deben coexistir y convivir en condiciones de equiparación.
Esta falacia es fácilmente demostrable. La historia universal evidencia que las distintas culturas y civilizaciones siempre han mantenido relaciones asimétricas entre sí. Egipcios, griegos, romanos, musulmanes y cristianos, entre otros, protagonizaron procesos de expansión, conquista, intercambio y hegemonía, creando sistemas culturales dominantes y modelos de vida estandarizados. En todos estos casos, las culturas fuertes reemplazaron, sometieron o destruyeron a las débiles, bien por imposición o por decadencia de estas últimas. Del mismo modo, las grandes potencias coloniales de los últimos cinco siglos (España, Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia o China) extendieron sus lenguas, instituciones, sistemas políticos y prototipos culturales por amplias regiones del mundo. Estas dinámicas contribuyeron a configurar grandes sistemas culturales y lingüísticos a través de lo, que en cada cultura, Marx llamaba la superestructura ideológica.
Ahora bien, si el primer engaño consiste –a nuestro entender– en creer que todas las culturas deben ser respetadas en régimen de igualdad, error interpretativo frecuente de ciertos movimientos progresistas y wokistas actuales, genuinamente influenciados por los ideales teóricos del derecho natural clásico, de la ilustración moderna y del relativismo posmoderno, el segundo no es menos cierto, pues unas culturas no podrán nunca, al menos en sentido estricto y pleno, integrarse en otras, pues algunos de sus elementos identitarios pueden no ser aceptados por los miembros de otras y viceversa.
Un ejemplo especialmente complejo es la tensa relación histórica entre el mundo islámico y el mundo occidental cristiano, caracterizada durante catorce siglos por enfrentamientos, guerras y procesos de influencia recíproca. Así, por ejemplo, en la actualidad, reaparece el debate en torno a determinadas interpretaciones de la sharia. Esta conjunción cultural de leyes religiosas, políticas y morales de la tradición islámica, cuando cuando es llevada al extremo, se muestra con fundamentos teocráticos totalitarios y absolutistas, resultando en la mayoría de las ocasiones irreconciliables con las costumbres y leyes del constitucionalismo democrático y aconfesional europeo, al tiempo que imposibilita una integración real de ambas visiones culturales entre sí, sobre todo, porque dicha tradición islámica, cuando trata de imponerse políticamente de forma coercitiva, choca frontalmente con los ordenamientos jurídicos seculares de las sociedades occidentales.
Aquí aparece el segundo error o problema del multiculturalismo: la pretensión de que todas las culturas pueden integrarse plenamente sin renunciar a ninguno de sus elementos incompatibles, esto es, las culturas contienen elementos divergentes que a menudo son fuente de desintegración, destrucción o supremacía. La inclusión multicultural exige necesariamente un espacio común de valores, derechos y normas. Una sociedad plural puede admitir múltiples religiones, lenguas, costumbres y formas de vida, pero necesita un marco jurídico compartido que establezca límites a aquello que resulte incompatible con los derechos fundamentales.
En la actualidad, determinadas corrientes neoglobalistas y ecofilosóficas encuentran su razón de ser en el denominado 'pensamiento débil' del filósofo Gianni Vattimo y llegan incluso a postular que sería posible una universalización de todas las culturas. Esto, bajo nuestro punto de vista, es el tercer error de la multiculturalidad. Las culturas pueden encontrarse, mezclarse, transformarse y enriquecerse mutuamente sin que ninguna tenga necesariamente que conquistar o destruir a las demás. Pero una convivencia multicultural verdaderamente sostenible no puede basarse en la tolerancia sin más, ni en la igualación absoluta de todas las prácticas, pues no todo es admisible ni permisible en el reconocimiento mutuo intercultural.
En definitiva, no necesitamos que todas las culturas sean iguales, necesitamos que todas las personas sean y se sientan iguales, tengan la cultura que tengan. No podemos eliminar las diferencias, pero si intentar que las diferencias no se conviertan en instrumentos de dominación. De ahí que el objetivo de un multiculturalismo inclusivista o integracionista, al que algunos apuntan, no puede ser más que una mera quimera del todo irrealizable. Con todo, asumiendo esta imposibilidad real, abogamos por caminar siempre en favor del diálogo, del encuentro y de la búsqueda del bien común de todos los humanos.
Linkedin: José García Férez



