
Hay una vieja expresión que quizá convendría recuperar, y no sólo para el mundo empresarial: vale quien sirve. Servir, entendido no como obedecer ni como someterse, sino como ser útil, aportar y contribuir al conjunto.
Porque no vale más quien ocupa más espacio, acumula más poder o presenta las mejores cifras individuales. Vale quien resuelve, aprende, enseña, conecta personas, se adapta y deja una organización un poco mejor de como la encontró.
La economía empresarial ha perfeccionado extraordinariamente la medición de lo tangible: ingresos, costes, márgenes, EBITDA, rentabilidad. Sin embargo, seguimos teniendo muchas más dificultades para medir aquello que hace posibles esos resultados y que rara vez aparece en un balance: experiencia, confianza, conocimiento compartido, talento, liderazgo, capacidad de aprendizaje y habilidades sociales.
Y, sobre todo, una cualidad especialmente valiosa: la capacidad para resolver problemas sin convertirse en parte de ellos.
Podemos calcular con bastante precisión el coste salarial de los trabajadores, pero calculamos mucho peor cuánto cuesta perder su experiencia, cuánto valor genera cuando enseña a otros o cuánto dinero y energía consume una organización cuando dedica recursos a gestionar problemas que nunca deberían haberse producido.
Porque la productividad no consiste solamente en hacer bien muchas cosas. También consiste en evitar hacer cosas innecesarias.
Hay profesionales que resuelven problemas. Otros son capaces de detectarlos antes de que aparezcan. Y existen también organizaciones, procesos y comportamientos que consiguen exactamente lo contrario: transformar pequeñas dificultades en grandes problemas.
La ineficiencia continuada es también una forma de toxicidad y tiene un coste.
Una empresa no se desgasta únicamente por los conflictos. También se desgasta por su incapacidad para resolverlos: decisiones que se aplazan, errores que se repiten, procedimientos que nadie cuestiona, resistencia al cambio y ese peligroso “siempre se ha hecho así” que tantas veces sirve para justificar aquello que hace tiempo dejó de funcionar.
Y aquí debe potenciarse una cualidad cada vez más escasa: la responsabilidad. Que no corresponde únicamente al trabajador.
Hay personas ineficientes, naturalmente, pero también existen procesos absurdos, burocracias innecesarias, objetivos contradictorios y decisiones capaces de convertir a buenos profesionales en personas frustradas o improductivas. Por eso la corresponsabilidad es tan importante y debe ser equitativa y bidireccional en función de la jerarquía de los organigramas.
El profesional que aporta no espera siempre a que el problema llegue a su mesa. Intenta verlo venir y es proactivo. No busca primero un culpable, sino una solución. Tiene iniciativa, criterio y se pregunta: ¿qué puedo hacer yo para que esto funcione mejor?
Pero una buena organización debe hacerse exactamente la misma pregunta. La cultura empresarial debería construirse, además, sobre un talento cualificado que no mire el DNI. En una sociedad que envejece, desaprovechar capacidades por edad, origen o prejuicios no es solamente injusto. Es mala economía.
Las preguntas deberían ser mucho más sencillas:
• ¿Qué sabes hacer?.
• ¿Qué puedes aprender?
• ¿Qué puedes enseñar?
• ¿Qué puedes aportar a los demás?
La formación continua, la digitalización y la inteligencia artificial forman parte inevitable de esta ecuación. Pero ninguna herramienta sustituye una cultura capaz de adaptarse y formarse.
La tecnología puede automatizar tareas, acelerar procesos y multiplicar capacidades. Paradójicamente, cuanto más digital se convierte una empresa, mayor valor adquieren algunas competencias profundamente analógicas y humanas como escuchar, negociar, colaborar, comprender, decidir, liderar y resolver.
La inteligencia artificial podrá contestar cada vez más preguntas, pero el verdadero valor estará muchas veces en saber cuáles debemos hacer. Porque una organización no demuestra realmente su cultura cuando todo funciona. La demuestra cuando algo falla y no damos respuesta.
Es entonces cuando descubrimos si existen confianza, autonomía, liderazgo y capacidad de reacción. También descubrimos hasta qué punto hemos normalizado determinadas ineficiencias.
El comportamiento tóxico no siempre adopta la forma evidente del conflicto, el grito o el enfrentamiento. A veces es mucho más discreto: consiste en no solucionar nunca nada y conseguir, con el tiempo, que todos terminen aceptándolo como normal.
Quizá éste sea uno de los costes empresariales más invisibles: normalizar la ineficacia.
No se trata de exigir héroes ni de convertir cada jornada laboral en una competición permanente. Se trata justamente de lo contrario: de construir organizaciones en las que hacer bien las cosas resulte más fácil que hacerlas mal.
Tal vez haya llegado el momento de complementar nuestros indicadores financieros con otro tipo de preguntas. Además del EBITDA, el margen o la rentabilidad, podríamos preguntarnos: ¿Esta persona aumenta o disminuye la capacidad de la organización para afrontar el próximo problema?
Y podríamos plantear exactamente la misma pregunta respecto de un departamento, un procedimiento o incluso de los directivos de la empresa y los objetivos que se marcan.
La productividad de mañana se está construyendo ahora: en cómo formamos, cómo incorporamos tecnología, cómo mezclamos generaciones, cómo transmitimos conocimiento, cómo tratamos y remuneramos el talento y, sobre todo, qué comportamientos decidimos reconocer y cuáles dejamos de tolerar.
Una empresa puede comprar tecnología, contratar conocimiento, recurrir a consultores., pero no puede adquirir instantáneamente confianza, cultura, experiencia compartida, compromiso o responsabilidad. Eso se construye. Persona a persona.
Por eso vale quien aporta antes de exigir. Quien pregunta antes de juzgar. Quien aprende antes de quedarse obsoleto. Quien intenta resolver antes de explicar por qué no puede. Quien evita el problema antes de convertirse en parte de él.
Porque trabajar no consiste solamente en ocupar un puesto o cumplir una función. Consiste también en dejar algo útil y crear valor añadido. Quizá ahí se encuentre uno de los activos más rentables y, al mismo tiempo, más difíciles de reflejar en cualquier balance.
Por eso, vale quien sirve.
El autor: Rufino Selva es economista y director corporativo en Grupo ATU. Ágora Tecnológica Universal
Linkedin: Rufino Selva


