Martes, 15 de Septiembre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNAprender a pensar y aprender a vivir
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Víctor Meseguer y Rafael Ravina

Aprender a pensar y aprender a vivir

 

Como en la Primavera de Vivaldi, hubo un tiempo en España en que todo parecía despertar. Era el primer tercio del siglo XX, la Edad de Plata, cuando la literatura, el arte, la ciencia y el pensamiento florecieron como si una nueva luz atravesara los viejos muros de la sociedad española. En aquella primavera nació la Residencia de Estudiantes, en la madrileña “Colina de los Chopos” que Juan Ramón Jiménez convirtió también en paisaje poético. Allí, donde las familias comenzaban a enviar a sus hijos a la universidad, estudiar dejó de ser únicamente prepararse para una profesión y se convirtió en una manera de aprender a vivir. Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Rafael Alberti, Ortega y Gasset y el propio Juan Ramón encontraron entre aquellos árboles un espacio de libertad, conversación y creación. Buscar el conocimiento era también buscar una vida más plena y, en cierto modo, una forma de felicidad.

 

Por su ambiente intelectual, sus tertulias y conferencias, aquella institución llegó a ser una suerte de Oxford español, un lugar donde la universidad trascendía las aulas para convertirse en una comunidad de vida y aprendizaje. Su dimensión internacional quedó reflejada en una escena extraordinaria. El 10 de junio de 1930, John Maynard Keynes pronunció allí su conferencia 'Las posibilidades económicas de nuestros nietos'. El padre de la macroeconomía imaginó un futuro en el que el progreso tecnológico permitiría liberar al ser humano de buena parte de la lucha por la subsistencia y dedicar más tiempo a aquello que hace verdaderamente valiosa la existencia. Su reflexión escondía una pregunta profundamente humana. ¿Para qué queremos el progreso si no es para vivir más felices? Casi un siglo después, aquella pregunta conserva toda su vigencia.

 

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En este sentido, la Residencia entendió que la verdadera plenitud no se encuentra únicamente en poseer, sino también en conocer, compartir y vivir con sentido. Su proyecto educativo, inspirado en la libertad, la tolerancia, la convivencia y la formación humanística, hacía del estudiante mucho más que un receptor de conocimientos. No resulta extraño que la investigación contemporánea parece recuperar aquella intuición. Aunque entonces nadie utilizaba la expresión Happiness Management, algunos de sus principios filosóficos ya estaban presentes. Colocar a la persona en el centro, favorecer su desarrollo integral, cultivar el talento creativo y diseñar ecosistemas donde la educación sea también una experiencia de bienestar subjetivo.

 

Hoy necesitamos rejuvenecer aquella corazonada. Precisamos de residencias universitarias que sean espacios donde habite la amistad, la felicidad, la cultura y el aprendizaje aristotélico. Un espíritu que cobra especial relevancia en una época marcada por la inteligencia artificial, que está transformando profundamente la manera de aprender, trabajar y relacionarnos con el conocimiento. Por ello tendremos que reivindicar aquello que ninguna tecnología puede sustituir. En esa dirección, las relaciones sociales, la empatía, la convivencia, la cultura y el sentido de pertenencia seguirán siendo esenciales. La universidad del futuro tendrá que formar profesionales capaces de trabajar con máquinas inteligentes, pero también personas capaces de convivir con otros individuos. En un paisaje cada vez más tecnológica, los estudios impulsados por la Red Internacional Universitaria de la Felicidad nos evocan que la finalidad de las instituciones de enseñanza superior no puede limitarse a preparar para el mercado, laboral, sino que también debe formar ciudadanos capaces de dialogar, comprenderse y diseñar juntos una vida feliz con sentido y propósito.

 

Se trata de construir espacios y territorios socialmente responsables, diseñados para la felicidad de los ciudadanos, que incorporen un plus de intangibilidad que se manifieste en la presencia de unos valores y principios de fuerte componente ético, así como de unas formas de operar caracterizadas por la participación y la democracia de proximidad. Pero… ¿Cuáles son las razones que dificultan la puesta en marcha de estos proyectos?

 

A nuestro juicio, el escaso bagaje intelectual de las élites en España y el modelo político dominante: la democracia liberal representativa le da poder a nuestros políticos para diseñar el espacio en el que vivimos, una labor compleja en estos tiempos de recreación de 'La conjura de los necios'.

 

No nos malentiendan, no se trata de sustituir unas élites electas por otras no electas, sino que los ciudadanos aprendan a interpretar la realidad para transformarla. Creemos que los únicos valores absolutos siguen coincidiendo con los ideales de la Revolución Francesa: 'Liberté, Égalité, Fraternité', y para su consecución necesitamos sistemas de agitación social, cultural y política. Para que, como decía Cicerón “Podamos lograr la vieja aspiración de la humanidad: crear una sociedad para vivir y convivir, una sociedad justa e integradora y, por tanto, feliz”. Por cierto, cuando el filósofo murciano Francisco Jarauta analiza el lema 'Libertad, Igualdad, Fraternidad', suele subrayar lo difícil que resultó para los revolucionarios franceses añadir la noción de fraternidad a los principios de libertad e igualdad durante la instauración de la modernidad. Una asignatura que sigue pendiente en los tiempos actuales de la postmodernidad. 

 

Volviendo a la mirada que ilumina este artículo, la Residencia permanece en nuestra memoria como un hermoso retrato de felicidad y cultura. En el fondo, educar siempre ha sido algo más que transmitir conocimientos. Es acompañar a una persona para que descubra quién es, desarrolle sus capacidades, encuentre su vocación y aprenda a vivir con los demás. En esta misma tradición humanista, San Enrique de Ossó entendió la educación como una verdadera misión de formación de la persona, encaminada a su felicidad y el bien común de la sociedad. Ahí encuentra el Happiness Management una de sus raíces más profundas, en la convicción de que la enseñanza es también cuidar, acompañar y abrir horizontes hacia una vida con sentido. Y tal vez ahí comience el camino hacia una democracia en la que todos queramos vivir porque nadie tiene que dejar de ser diferente para sentirse igual…

 

Este fue el mejor legado de la Institución Libre de Enseñanza. Para Giner de los Ríos la felicidad no se podía entender como una acumulación de bienes materiales ni como un hedonismo pasivo, sino como el resultado de una vida armónica, íntegra y de constante autorrealización a través de la educación, la naturaleza y la cultura.

 

Por cierto… ¿Son nuestros estudiantes felices? De esto le hablaremos en nuestro próximo artículo escrito a la luz de la reciente publicación del Informe PISA.

 

Espacio de divulgación y transferencia científica.  

 

Víctor Meseguer es Investigador Principal del Grupo GAIA y promotor de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad. 


Linkedin: Víctor Meseguer

 

Rafael Ravina Ripoll es director de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad 

 

Linkedin: Rafael Ravina

 

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