
Hay una frase que seguramente todos hemos escuchado alguna vez en una gasolinera.
—¡Qué cara está la gasolina!
—A mí me da igual. Yo siempre echo 50 euros.
Parece un chiste. Y lo es. El problema es que también es una magnífica explicación de la inflación. El hombre sigue gastando exactamente lo mismo. Sus 50 euros. Lo único que cambia es que cada vez se lleva menos litros.
Y probablemente esa escena explique mejor lo que está ocurriendo que cualquier gráfico lleno de porcentajes. Esta semana hemos conocido que la inflación se situó en agosto en el 4,3% en España y también en la Región de Murcia. A escala nacional son siete décimas más que en julio y la cifra más alta desde febrero de 2023. Pero el 4,3% es solamente el titular.
Lo interesante es entender por qué estamos otra vez aquí. Y buena parte de la respuesta está precisamente en la viñeta de Puebla.
El transporte se ha encarecido un 9,5% en el último año, y el INE señala a los combustibles como una de las principales causas del repunte de agosto. Mientras tanto, la inflación subyacente —la que elimina energía y alimentos no elaborados— está bastante más abajo, en el 2,9%.
Es decir, no está subiendo todo por igual ni por las mismas razones. Y esto es importante entenderlo. Porque la gasolina no se queda en la gasolinera. La gasolina viaja.
Está en el camión que lleva la fruta al supermercado. En la furgoneta del fontanero. En el comercial que visita clientes. En el agricultor que mueve su maquinaria. En el autónomo que reparte mercancía y en la empresa que necesita transportar sus productos.
Nuestro hombre de la viñeta puede seguir echando 50 euros y recorrer menos kilómetros. El transportista no. Tiene que llegar al mismo sitio. Y ahí empieza el verdadero problema.
Cuando la energía se encarece, aumenta el coste de transportar. Si aumenta el coste de transportar, aumenta el coste de distribuir. Si aumenta el coste de distribuir, alguien tiene que asumirlo.
Puede hacerlo la empresa reduciendo su margen. Puede hacerlo el consumidor pagando más. Y normalmente termina ocurriendo un poco de ambas cosas. Por eso explicar la inflación buscando siempre un culpable es demasiado sencillo. No necesariamente hay un empresario frotándose las manos detrás de cada subida. Muchas veces hay simplemente una cadena de personas intentando que sus números sigan saliendo. Y cuando esa cadena se alarga demasiado aparece otro riesgo: que una subida inicialmente concentrada en la energía termine extendiéndose al resto de la economía.
El trabajador necesita ganar más porque vivir cuesta más. La empresa tiene mayores costes. El proveedor revisa sus tarifas. El empresario intenta no perder margen. Y la rueda vuelve a empezar. Por eso la inflación preocupa tanto.
Y por eso el Banco Central Europeo acaba de tomar una decisión que también llegará, antes o después, a nuestros bolsillos: ha subido los tipos de interés en 0,25 puntos, ante unas presiones inflacionistas que vincula especialmente al conflicto en Oriente Próximo y al encarecimiento energético. Su objetivo continúa siendo devolver la inflación al 2% a medio plazo.
Y aquí aparece una de esas paradojas económicas difíciles de explicar tomando un café. Primero se encarece la vida. Y para evitar que continúe encareciéndose, encarecemos también el dinero. Tiene su lógica: si pedir prestado cuesta más, consumimos e invertimos con mayor prudencia. La economía se enfría y disminuye parte de la presión sobre los precios.
Pero la medicina también tiene efectos secundarios: lo nota una familia cuando necesita financiación. Lo nota un autónomo cuando pide un préstamo. Lo nota una empresa cuando estudia comprar maquinaria, ampliar instalaciones o acometer una inversión. Y ahí la inflación empieza a tener una segunda factura.
Primero encarece lo que compramos. Después puede encarecer el dinero con el que intentamos pagarlo. Hasta aquí, el problema. Pero señalar un problema sin plantear qué podemos hacer para solucionarlo sirve de bastante poco. Y conviene empezar reconociendo algo que tampoco suele quedar demasiado bien en un titular: no existen soluciones mágicas.
Si existiera un botón para bajar los precios, sospecho que algún gobierno habría organizado ya una rueda de prensa para pulsarlo. Una parte de la solución corresponde al BCE. Controlar la inflación y evitar que termine instalada en toda la economía es precisamente una de las razones de ser de la política monetaria. Pero no todo se arregla desde Fráncfort.
Cuando se produce un shock energético pueden ser necesarias ayudas públicas. Especialmente para las familias más vulnerables o para determinados sectores especialmente afectados. Pero deberían ser temporales y dirigidas a quienes realmente las necesitan. Porque subvencionar un precio no hace desaparecer su coste. Simplemente cambia quién lo paga. Y si pretendemos compensar indefinidamente cualquier subida con dinero público, corremos el riesgo de terminar pagando la inflación dos veces: primero como consumidores y después como contribuyentes.
Hay otra solución bastante menos vistosa, pero probablemente mucho más importante a largo plazo: Ser más productivos. Producir más y mejor con los mismos recursos, invertir en tecnología, formar mejor a nuestros trabajadores, digitalizar empresas, innovar, mejorar infraestructuras, facilitar que una empresa pueda crecer sin convertir cada decisión en una carrera de obstáculos. Porque también existe una inflación silenciosa que fabricamos nosotros mismos cuando añadimos costes innecesarios: una licencia que tarda meses, un trámite duplicado, una inversión paralizada, horas de trabajo dedicadas a burocracia en lugar de producir. Todo eso también cuesta dinero.
Y los costes empresariales tienen una característica bastante previsible: antes o después alguien termina pagándolos. No se trata, por tanto, de buscar una única solución. Necesitamos política monetaria para controlar los precios, ayudas selectivas cuando realmente sean necesarias, más competencia, más productividad, menos costes innecesarios. Y administraciones capaces de entender que facilitar la actividad económica también es una manera de proteger el bolsillo del ciudadano.
Pero hay una última cosa que depende de todos: no acostumbrarnos. Porque acostumbrarse resulta sorprendentemente fácil. Primero protestamos porque algo ha subido. Después lo comentamos. Luego lo pagamos. Y finalmente olvidamos cuánto costaba antes. Hasta que un día alguien nos dice que la inflación ha bajado y miramos nuestra cuenta corriente preguntándonos dónde está esa bajada.
La explicación es sencilla: que baje la inflación no significa necesariamente que bajen los precios. Significa que suben más despacio. Y esa diferencia importa mucho.
Volvamos entonces a la gasolinera. Nuestro protagonista sigue echando sus 50 euros. Mañana probablemente volverá a echar otros 50. Y podrá seguir pensando que a él la subida de la gasolina no le afecta porque siempre paga lo mismo. Hasta que descubra que con los mismos 50 euros ya no llega hasta donde llegaba antes. Y eso es exactamente lo que hace la inflación. No siempre consigue que gastemos más. A veces consigue que vivamos con menos. Y podemos acostumbrarnos, claro. El problema es que acostumbrarse a vivir con menos nunca debería parecernos normal.


