El informe PISA nos pisa
En 'La guerra de las galaxias', la batalla entre la fuerza del bien y la fuerza del mal atraviesa toda la historia. Dos fuerzas enfrentadas que luchan por conquistar algo mucho más importante que una galaxia, el destino de quienes la habitan. Quizá hoy esa batalla se libre también entre nosotros, aunque el escenario sea muy diferente. Ya no hay sables de luz ni naves espaciales. Hay pantallas, algoritmos, teléfonos móviles e inteligencia artificial. Y es precisamente en este nuevo escenario donde debemos mirar a nuestros jóvenes. Y, de paso, evaluarnos a nosotros mismos.
Los últimos resultados del informe PISA sobre los jóvenes españoles han vuelto a encender las luces de alarma. Detrás de sus cifras existen, sin duda, razones estructurales y coyunturales que debemos analizar. Pero también hay una realidad nueva que no podemos ignorar. Esta generación ha nacido y crecido bajo la influencia de unas fuerzas tecnológicas y culturales que ninguna generación anterior había conocido con semejante intensidad. Y sobre ese nuevo escenario actúan los algoritmos de las redes sociales, que compiten por su atención. A su vez, la inteligencia artificial comienza a transformar la manera de buscar, aprender y relacionarse con el conocimiento. Y una cultura de la inmediatez les ha acostumbrado a obtener casi todo con un simple movimiento del dedo. El teléfono móvil, convertido en compañero permanente, ofrece respuestas antes incluso de que aparezcan las preguntas. Y aquí surge una paradoja. Nunca hemos vivido rodeados de tantas posibilidades para aprender y, sin embargo, tal vez nunca haya sido tan difícil concentrarse, esperar, perseverar o encontrar sentido a aquello que se aprende.
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Y es entonces cuando la mirada debe ir más allá de las aulas para preguntarnos qué tipo de experiencia educativa estamos ofreciendo a nuestros jóvenes. Porque el verdadero desafío no consiste únicamente en mejorar sus resultados académicos. Consiste también en conseguir que vuelvan a encontrar en el aprendizaje aquello que ninguna tecnología puede proporcionar por sí sola, sociabilidad y felicidad. Si las primeras razones tienen un carácter estructural y están vinculadas al nuevo ecosistema tecnológico y cultural en el que crecen nuestros jóvenes, existen también razones coyunturales que nos obligan a mirar hacia dentro del propio sistema educativo. Por ejemplo, hoy ya no tiene sentido memorizar, sino que lo primordial es enseñar a pensar. Sin embargo, la mayoría de los docentes siguen anclados en la metodología tradicional de alumnos oyentes y exámenes escritos, obviando que el proceso puede ser más dinámico y estimulante.
Desde las primeras etapas educativas hasta la universidad, no siempre hemos cultivado suficientemente el pensamiento divergente, la generación de ideas y la creatividad. Durante demasiado tiempo hemos confundido aprender con acumular conocimientos y enseñar con transmitir respuestas. Sin embargo, la verdadera enseñanza debería preparar al estudiante para formular preguntas, imaginar posibilidades, proponer ideas y encontrar soluciones a problemas que todavía no existen. Quizá haya llegado el momento de recuperar una pedagogía más pausada, capaz de devolver al proceso su valor frente a la tiranía de la inmediatez, y una cultura educativa más colaborativa, donde aprender no signifique únicamente recibir conocimiento, sino compartirlo, cuestionarlo y transformarlo. Porque el gran reto educativo de nuestro tiempo no consiste en competir con la velocidad de las máquinas, sino en enseñar aquello que las máquinas todavía no pueden vivir por nosotros, pensar, crear, imaginar y encontrar sentido.
Si queremos seguir la senda de la fuerza del bien, como en 'La guerra de las galaxias', necesitamos cultivar en nuestras clases una atmósfera positiva que despierte la curiosidad, fomente el pensamiento crítico y reflexivo y permita a nuestro alumnado aprender desde la pregunta y no únicamente desde la respuesta. Una tarea que debe comenzar desde los primeros años de escolaridad y acompañarlos hasta la universidad, porque educar no consiste solo en transmitir conocimientos, sino en ayudar a construir personas capaces de pensar por sí mismas, dialogar, crear y convivir.
No debemos olvidar que la misión social de los docentes va mucho más allá de enseñar una materia. Nuestra responsabilidad consiste en abrir puertas e iluminar caminos, ofreciendo a nuestro alumnado la posibilidad de formarse desde la innovación, el esfuerzo, la satisfacción de aprender, el diálogo y la tolerancia. En definitiva, se trata de crear espacios donde el conocimiento no sea únicamente una meta, sino también una experiencia capaz de despertar ilusión y dar sentido al aprendizaje. Nuestro mejor recurso son las personas; nuestro mejor cultivo, las ideas. Sin embargo, como dice un amigo, desde los socráticos ha habido pocas ideas y muchas ocurrencias e inventos. Quizás va siendo hora de no echarles toda la culpa a los estudiantes.
De ese encuentro entre conocimiento y emoción surge, desde las investigaciones de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad, el concepto de felicidad académica, entendido como la suma de tres dimensiones inseparables que convierten la educación en una experiencia de crecimiento personal, docente y curricular. La primera es la felicidad social, que consiste en facilitar al alumnado las condiciones necesarias para el despliegue de sus fortalezas individuales y grupales, favoreciendo tanto su bienestar como su rendimiento académico. La segunda es la felicidad docente, vinculada a las acciones que los profesores desarrollan dentro de las aulas para enriquecer la percepción de felicidad de sus estudiantes y generar un clima de confianza, motivación y aprendizaje. La tercera es la felicidad curricular, que busca despertar la pasión por las asignaturas que conforman el corpus de las titulaciones, transformando el conocimiento en una experiencia capaz de suscitar curiosidad y deseo de aprender.
Es precisamente en este horizonte donde la educación puede abrir nuevas posibilidades. Una de ellas es la felicidad académica, que no supone sustituir el esfuerzo por el bienestar ni la exigencia por la complacencia. Significa crear las condiciones para que el esfuerzo encuentre sentido, el conocimiento despierte entusiasmo y el aula se convierta en un espacio de acercamiento, crecimiento y realización personal. Como nos recuerda el papa Francisco, “educar es un acto de amor, es dar vida”, una idea que ya anticipaba Paulo Freire al afirmar que la educación es un acto de valor. Sus palabras nos invitan a comprender la enseñanza como un ejercicio de esperanza. Desde esta perspectiva, la felicidad académica puede contribuir a mejorar los resultados de aprendizaje de nuestro país y a transformar las cifras del informe PISA... ¡que no pise nuestro mañana! Porque el futuro, queridos profesores, pertenece a quienes se apoyan en lo aprendido sin aferrarse a ello; a los que confían más en su capacidad de asimilar que en lo que ya saben; a los que dejan espacio no solo para incorporar nuevos conocimientos, sino para transformar su manera de aprender. Al cerrar la puerta del aula, el profesor tiene en sus manos el futuro y la felicidad de todos sus alumnos. Y también la nuestra.
* Espacio de divulgación y transferencia científica.
Víctor Meseguer es Investigador Principal del Grupo GAIA y promotor de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad.
Linkedin: Víctor Meseguer
Rafael Ravina Ripoll es director de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad
Linkedin: Rafael Ravina



