Viernes, 02 de Octubre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
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ECONOMÍA CON SENTIDO COMÚN

Antes del empleo hay una empresa

Hoy, Día del Empresario, quizá convenga recordar algo tan sencillo que a veces se nos olvida: detrás de cada puesto de trabajo hay una empresa que primero tuvo que atreverse a existir

José Luis Reverte | Imagen: PUEBLA Viernes, 02 de Octubre de 2026

 

El miércoles celebrábamos en Murcia la Feria Regional de Empleo y Formación. Currículums bajo el brazo, empresas buscando profesionales, jóvenes intentando encontrar su primera oportunidad, personas queriendo cambiar de empleo y entidades tratando de conseguir que oferta y demanda se den, por fin, la mano.

 

Hoy celebramos el Día Regional del Empresario y la Empresaria.

 

Puede parecer que hablamos de dos cosas distintas. En realidad, hablamos de la misma.

 

Porque antes del currículum está la oferta. Antes de la oferta está el puesto de trabajo. Antes del puesto está la empresa. Y antes de la empresa hubo alguien que un día hizo algo bastante poco sensato: arriesgar su dinero, su tiempo y probablemente unas cuantas horas de sueño para intentar crear algo que todavía no existía.

 

Ese alguien es el empresario.

 

Una figura curiosa en nuestro imaginario colectivo. Le pedimos que invierta, que contrate, que suba salarios, que innove, que exporte, que digitalice, que concilie, que sea sostenible, que forme a sus trabajadores, que reduzca su huella de carbono y, si no es mucho pedir, que gane dinero sin que se note demasiado.

 

Porque ganar dinero todavía parece estar bajo sospecha.

 

Si una empresa pierde dinero, pobrecilla. Si lo gana, alguno empezará a preguntarse qué estará haciendo.

 

Quizá convenga recordar algo revolucionario: una empresa tiene que ganar dinero.

 

No es avaricia. No es una perversión del sistema. Es la condición necesaria para pagar las nóminas del mes siguiente, invertir, crecer, soportar los malos momentos y seguir levantando la persiana mañana.

 

A veces da la impresión de que para algunos el empresario ideal sería aquel que invierte sin ganar, contrata sin despedir, aumenta salarios independientemente de sus ingresos, paga cada vez más impuestos, soporta cualquier incremento de costes y, llegado el caso, pide disculpas por haber obtenido beneficios.

 

El problema es que ese empresario no existe.

 

Y si existiera, probablemente duraría dos nóminas.

 

Defender al empresario tampoco significa convertirlo en héroe por definición. Hay buenos y malos empresarios, exactamente igual que hay buenos y malos trabajadores, médicos, profesores, periodistas o fontaneros. Se trata simplemente de dejar de caricaturizar una figura imprescindible para cualquier economía que pretenda funcionar.

 

Porque detrás de la palabra empresario no siempre hay un señor con chófer, puro y despacho en la planta 37 de un rascacielos.

 

En la Región de Murcia muchas veces hay alguien que abre una persiana a las siete de la mañana.

 

[Img #14358]Hay un autónomo. Una pequeña tienda. Un taller. Una explotación agrícola. Una academia. Un restaurante. Una empresa tecnológica que acaba de empezar. Una industria familiar que lleva tres generaciones funcionando. Una pyme con seis trabajadores cuyo propietario sabe perfectamente que antes de cobrar él tienen que haber cobrado los seis.

 

Eso también es ser empresario.

 

Y seguramente representa mucho mejor nuestro tejido productivo que algunas de las caricaturas que seguimos empeñados en construir.

 

Resulta además paradójico que nos preocupe —con razón— el desempleo y que al mismo tiempo compliquemos hasta la extenuación la vida de quienes tienen capacidad para crear empleo.

 

Queremos más empresas, pero ponemos una carrera de obstáculos para abrirlas. Queremos que crezcan, pero cuando crecen multiplicamos sus obligaciones. Queremos que contraten, aunque contratar siga percibiéndose demasiadas veces como un salto de fe. Queremos emprendimiento y después recibimos al emprendedor con formularios, licencias, impuestos, plazos, requisitos y una burocracia capaz de poner a prueba incluso al más entusiasta.

 

Y después organizamos una jornada para explicarle cómo emprender.

 

Tiene su punto.

 

Naturalmente, una empresa debe cumplir normas, pagar impuestos, respetar derechos laborales y asumir responsabilidades. Forma parte de la sociedad y tiene obligaciones con ella.

 

Pero una cosa es regular y otra convertir cada actividad económica en una prueba de resistencia.

 

Porque cuando una empresa desaparece no desaparece solamente el empresario.

 

Desaparecen empleos. Desaparecen proveedores. Desaparecen impuestos y cotizaciones. Desaparecen compras a otras empresas. Desaparece actividad económica.

 

Y detrás de muchos de esos empleos hay familias que pagan una hipoteca, un alquiler, los estudios de sus hijos o la compra de cada semana gracias a una nómina que alguien, al otro lado de la mesa, tiene la responsabilidad de conseguir pagar todos los meses.

 

Eso también debería formar parte del relato.

 

Esta misma semana lo hemos visto desde el otro lado. En la Feria Regional de Empleo personas buscando una oportunidad se encontraron con empresas buscando talento. Y esa imagen debería hacernos pensar.

 

Porque el empleo no aparece por generación espontánea.

 

Tampoco basta con publicarlo en un boletín oficial.

 

Las administraciones pueden —y deben— formar, orientar, incentivar, facilitar infraestructuras, reducir obstáculos y ayudar especialmente a quienes tienen más dificultades para acceder al mercado laboral. Pero para que exista empleo privado tiene que haber finalmente una empresa con clientes, actividad, productividad y recursos suficientes para contratar.

 

Ahí es donde las grandes palabras de esta semana se encuentran: formación, talento y empresa.

 

Necesitamos trabajadores preparados para los empleos que existen y para los que vienen. Pero necesitamos igualmente empresas capaces de absorber ese talento. Empresas competitivas. Empresas que innoven, exporten, inviertan y crezcan.

 

Y necesitamos buenos empresarios.

 

Empresarios que comprendan también que un trabajador no es simplemente un coste en una hoja de Excel, sino una parte esencial de su proyecto. Que sepan reconocer el talento, formarlo, cuidarlo y retenerlo. Porque reivindicar al empresario tampoco consiste en darle siempre la razón. Consiste en reconocer su función y exigirle, precisamente por su importancia, que la ejerza bien.

 

Y hoy, Día del Empresario, también merece la pena recordar otra cosa: el empresario no debería estar solo.

 

Una pequeña empresa difícilmente puede sentarse individualmente frente a una Administración para discutir una norma, reclamar una infraestructura, advertir de las consecuencias de una decisión o defender los intereses de todo un sector.

 

Para eso existe también el asociacionismo empresarial.

 

CROEM como gran organización empresarial regional; COEC y CECLOR desde sus territorios; FREMM desde el metal; AJE acompañando a quienes empiezan; CECAP Región de Murcia desde la formación; y junto a ellas organizaciones como FROET, FRECOM, HOYTÚ, PROEXPORT, AMEFMUR, OMEP, ATA y tantas otras representan diferentes piezas de un mismo tejido empresarial.

 

Y las necesitamos fuertes.

 

No para pedir privilegios. Ni para conseguir que al empresario se le permita hacer lo que quiera.

 

Las necesitamos para algo bastante más razonable: que cuando se legisle, se planifiquen infraestructuras, se diseñe la formación, se modifiquen impuestos o se tomen decisiones que afectan a miles de empresas haya alguien sentado en la mesa recordando cómo esas decisiones terminan llegando a la economía real.

 

Porque una norma tiene consecuencias. Un retraso administrativo cuesta dinero. Una infraestructura que no llega resta competitividad. Una empresa que deja de invertir termina dejando de contratar. Y una empresa que finalmente cierra nunca desaparece sola.

 

Por eso necesitamos patronales potentes, representativas, eficientes y también exigentes consigo mismas.

 

Organizaciones que no estén solamente para organizar actos o aparecer en fotografías. Que escuchen al pequeño empresario, anticipen problemas, propongan soluciones y tengan capacidad para defenderlas donde corresponda.

 

Porque asociarse no consiste solamente en estar juntos.

 

Consiste en conseguir que la voz de miles de empresarios, que individualmente apenas se escucharía, llegue suficientemente lejos como para ser tenida en cuenta.

 

Hoy celebramos el Día del Empresario.

 

Y quizá la mejor manera de hacerlo no sea colocarle una medalla ni convertirlo en héroe.

 

Bastaría con entenderlo.

 

Entender que detrás de muchas empresas de nuestra Región hubo alguien que empezó con bastante más ilusión que capital. Que arriesgó su patrimonio, que pasó crisis, que acertó y se equivocó y que contrató a su primer trabajador sin saber con absoluta certeza si dentro de seis meses podría mantenerlo.

 

Algunos fracasaron.

 

Otros sobrevivieron.

 

Y unos pocos terminaron construyendo las grandes empresas que hoy admiramos.

 

Esta semana hemos visto currículums buscando empresas. Quizá dentro de unos años alguno de quienes los entregaban esté sentado al otro lado de la mesa recibiéndolos. Porque una sociedad necesita personas que busquen oportunidades, pero necesita todavía más personas dispuestas a crearlas.

 

No hace falta poner una estatua al empresario.

 

Pero quizá deberíamos dejar de ponerle piedras en la mochila.

 

Porque al final podemos discutir sobre impuestos, salarios, ayudas, burocracia, productividad o regulación. Podemos hacerlo durante horas. Pero hay una realidad económica bastante más sencilla:

 

Para repartir riqueza, primero alguien tiene que atreverse a crearla.

 

Y eso, aunque a veces se nos olvide, también es economía con sentido común.

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