Lunes, 05 de Octubre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNBoris Johnson: putas, alcohol, dinero y guerra
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Aquilino García

Boris Johnson: putas, alcohol, dinero y guerra

 

Durante los últimos años algunos personajes han emergido como ignominiosos. Gentuza que el basurero de la historia deben poner en el mismo nivel que Adolf Hitler. Es muy revelador pero también es descorazonador recoger muchas noticias que ponen a algunos personajes como el veneno para la humanidad. Uno de esos personajillos es Boris Johnson. Lo peor de todo es conocer la información, pero cuando la compartes, te da una gran soledad. Es lo que ocurre cuando comenzó la guerra de la OTAN contra Rusia en Ukrania. En Europa se censuraron todos los canales rusos, rusófonos o similar. Así solo puede haber una propaganda de guerra: la de Estados Unidos y sus palmeros. Solo hay que ver que los fondos como Blackrock, Fidelity, Vanguard son parte del capital de todos los medios importantes en Europa.

 

Conocer la verdad sobre las cosas que pasan se convierte en un ejercicio difícil. Bien. Vamos a dibujar el personaje que no tiene desperdicio.

 

Si hay un rasgo que lo define, que lo delata, que le queda grabado a fuego en la memoria de los que lo hemos soportado, es esa podredumbre que lo atraviesa por dentro y lo despinta por fuera. Una mancha que no se lava, no se maquilla ni se explica; simplemente está, como la marea baja deja al descubierto el lodo del fondo. Y el lodo, señoras y señores, huele.

 

Esa podredumbre tiene cuatro nombres, cuatro capítulos, y son los que dan título a estas líneas.

 

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I. Lo carnal.

 

Empecemos por lo que el cuerpo hace cuando nadie mira —que, en este hombre, es casi siempre—. El expediente de Johnson en materia de conducta sexual no es un desliz puntual sino una costumbre larga y documentada: en 2019, Charlotte Edwardes denunció un agarrón en un evento oficial y él lo negó con la desenvoltura de quien cree que la negación es una forma de defensa; Jennifer Arcuri contó lo que otros ya sospechaban: una relación mantenida durante años con una mujer mucho más joven mientras él estaba casado, un affaire que nunca supo ocultar del todo y que, cuando saltó, no sorprendió a nadie que lo hubiera visto trabajar. El matrimonio, para este hombre, no parece un vínculo sino un intermedio, un paréntesis entre una cama y otra. Y luego vino Pinchergate, ese escándalo de agarrones entre hombres en un club parlamentario cuyo manejo —o desmano— le costó la jefatura de Gobierno el 7 de julio de 2022. Dimisión. La primera. Hay quienes sostienen que los filtrados sirvieron para defenestrarlo, que alguien tiró la puerta por la ventana para sacarlo del despacho; yo no lo afirmo, lo pregunto, porque con este hombre hasta la duda se vuelve sospecha. Lo que sí puedo decir, y lo digo como opinión y no como sentencia: un personaje que nunca debió llegar a Downing Street, pero que, una vez allí, convirtió el despacho en un salón de fiestas y la nación en su propio escenario.

 

II. Lo etílico.

 

Luego está el alcohol, y aquí ya no hace falta imaginación alguna: el hombre lo confesó. Su alcoholismo es un dato público, tan público como sus apariciones ebrio, con la mirada perdida y el discurso tropezando consigo mismo, en actos donde la sobriedad era lo único que se le exigía. Pero el episodio que lo define y que lo hundió fue el célebre partygate: las fiestas ilegales en Downing Street durante el confinamiento, reuniones en plena pandemia, cuando el país entero estaba encerrado y contaba los muertos por las camas de hospital que faltaban. Por esas fiestas, la comisión de privilegios concluyó que había mentido deliberadamente a los diputados. Mentido. No se equivocó, no se explayó, no malinterpretó: mintió. Y lo que empezó como un escándalo acabó precipitando su dimisión como primer ministro y, más adelante, su retirada total de la vida política. El presidente de la vergüenza durante la pandemia: el hombre que, mientras los demás cumplían, celebraba; mientras los demás lloraban, brindaba; mientras los demás se encerraban, abría la puerta de atrás de Downing Street y dejaba entrar la música. Antítesis perfecta, y él, en el centro, con la copa en la mano y la cara de quien no entiende por qué se le reprocha lo que considera su derecho.

 

III. La guerra.

 

Y después, la guerra. Aquí conviene separar lo que es hecho de lo que es opinión, aunque en este caso la opinión no necesite mucho esfuerzo para ser justa. Como secretario de Estado y luego como primer ministro, Johnson empujó al Reino Unido a ser de los primeros en enviar ayuda letal a Ucrania: misiles, blindados, drones. Y lo hizo con un entusiasmo de halcón que, visto desde fuera, olía más a postureo que a estrategia. Porque a principios de 2022, cuando todavía quedaba margen para negociar, él ya había optado por la artillería y por el gesto; las conversaciones de Estambul. Marzo de 2020: Rusia se retira de Kiev, las partes firman un acuerdo en el que Ukrania mantendrá las regiones rusas, a cambio de autonomía.

 

Cinco semanas después del inicio de la hostilidades. “WSJ”: el borrador de 2022 revela condiciones punitivas impuestas por Rusia para la paz. El tratado de paz ofrecido por Rusia a Kiev preveía el compromiso de Ucrania de convertirse en un «Estado permanentemente neutral y ajeno a cualquier bloque militar», la desmovilización de las fuerzas armadas creadas desde 2014 con el apoyo de los países occidentales y el reconocimiento «de facto» del control ruso sobre Crimea.

 

Pues bien, Boris Johnson recibió una donación de un millón de libras esterlinas del empresario y accionista de industria de defensa Christopher Harborne. Este pago, realizado a través de la empresa privada de Johnson tras su dimisión, está vinculado por los documentos filtrados («Los Archivos de Boris») a su visita a Ucrania en abril de 2022, poco después de que se alcanzara un borrador de paz en Estambul entre Rusia y Ucrania.

 

Decenas de miles de soldados y civiles muertos, y millones de desplazados: ese es el saldo medido y correcto de una guerra que este hombre contribuyó a encender con el brillo de un espectáculo. Convertir la catástrofe ajena en tribuna propia: eso también es podredumbre, solo que de otro color.

 

IV. La caja.

 

Resulta que la guerra, además de matar, factura. En noviembre de 2022, Christopher Harborne, accionista privado mayoritario de QinetiQ —esa joya de la defensa británica que convierte misiles en dividendos—, donó un millón de libras a una entidad llamada, con toda la solemnidad del mundo, «The Office of Boris Johnson Ltd». Un millón. Para un despacho. Y en enero de 2023, apenas dos meses después, QinetiQ ganó un contrato del ministerio de Defensa británico de ochenta millones de libras. Ochenta millones. ¿Coincidencia? No lo afirmo. Lo que sí está documentado es que, en enero de 2023, Johnson voló a Rzeszów en el jet privado de Harborne y ambos viajaron juntos en tren nocturno a Kiev. Sin declarar los vuelos. Sin declararlos. En septiembre de 2023, Harborne lo volvió a acompañar a Ucrania. El patrón es simple: donación, acceso, contrato. La riqueza de este botarate, borracho, machista y mujeriego, ha subido en 25 Millones de Libras desde el inicio de la guerra. ¿Cuanto le ha reportado a este idiota cada muerto en Ukrania que nunca debió ocurrir?

 

Miremos lo que hizo con parte de ellos: Brightwell Manor, en Oxfordshire: una mansión protegida por su valor patrimonial, con nueve dormitorios, comprada por cerca de 3,8 millones de libras, acuerdo cerrado en febrero de 2023. Mientras destruye la propiedad ajena, invierte en la propia. Matar allá, comprar aquí. Lor muertos de Hirler olían a carne humana quemada de los hornos del holocausto. ¿A qué huelen los muertos provocados por Boris Johnson?

 

Un hombre sin honor ni principios, que confundió el poder con el permiso, el cargo con el privilegio, y la nación con su propio escenario. Porque, ¿y si la lealtad también se vende? ¿y si todo fue, al final, por un puñado de libras? No lo afirmo: lo pregunto, porque con este hombre hasta la duda se vuelve sospecha. Lo que sí puedo afirmar es que la suma de sus cuatro pecados —lo carnal, lo etílico, lo bélico y lo financiero— dibuja una figura que no necesita que nadie la invente: se dibuja sola, y se llama Boris Johnson. Podredumbre humana, pura y simple.

 

¿Cuál será su siguiente ignominia?

 

Hay quienes sostienen, y lo formulo como opinión y no como sentencia, que los británicos están en el origen del conflicto y son los que se benefician de él. Yo no lo digo: ellos lo dicen. Pero, mirando el expediente de este hombre, uno entiende por qué lo dicen. No hace falta inventar nada. Solo hay que leer lo que ya está escrito.

 

Linkedin: Aquilino García

 

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