Miércoles, 07 de Octubre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNEl entusiasmo no paga las facturas
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Manuel Ballester

El entusiasmo no paga las facturas

 

Nos gusta la palabra emprendedor. Sugiere iniciativa, imaginación, valentía. Alguien tiene una idea, reúne sus ahorros y se atreve a comenzar. Hay algo admirable en ese gesto: donde otros ven lo que falta, él descubre lo que podría existir. Una sociedad necesita gente así, capaz de convertir una posibilidad en un proyecto y de asumir el riesgo de intentarlo.

 

La palabra empresario parece despertar menos simpatías. Evoca balances, contratos, costes y obligaciones. Quizá por eso preferimos hablar de emprendimiento: tiene el atractivo de los comienzos, cuando todo está por hacer y todavía podemos imaginar que saldrá como esperamos. Pero entre empezar un negocio y conseguir que siga abierto hay una distancia que el entusiasmo, por sí solo, no permite recorrer.

 

Pensemos en una panadería. Alguien disfruta haciendo pan, recibe elogios de sus amigos y decide abrir un establecimiento. Busca un local, elige un nombre, prepara unas recetas y anuncia la inauguración. Ese día hay flores, felicitaciones y fotografías. Todo parece confirmar que la idea era buena. Sin embargo, la prueba empieza a la mañana siguiente, cuando hay que volver a encender el horno.

 

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Y después, otra mañana. Y otra. Hay que comprar harina, calcular cuántas barras se venderán, atender a los clientes, pagar la electricidad y organizar el trabajo. El pan debe estar listo cuando alguien lo necesita, no cuando al panadero le llega la inspiración. Abrir la panadería exige iniciativa; tener buen pan cada mañana exige una empresa.

 

Emprendedor y empresario pueden ser el mismo hombre. De hecho, conviene que lo sean. Pero las palabras iluminan momentos distintos de su responsabilidad. El emprendedor se pregunta qué puede comenzar. El empresario tiene que preguntarse cómo sostenerlo, a quién sirve y qué compromisos adquiere al hacerlo. Su proyecto ha entrado en la vida de otros: trabajadores, proveedores, clientes y familias.

 

Aquí el entusiasmo necesita madurar. Al principio nos ayuda a vencer el miedo; después debe ayudarnos a escuchar la realidad. A veces descubriremos que el cliente busca algo distinto de lo que habíamos imaginado. O que el precio no cubre los costes. O que una idea brillante resulta demasiado complicada para quien necesita una solución sencilla. Admitirlo puede doler, sobre todo cuando hemos puesto mucho de nosotros mismos en el proyecto.

 

[Img #14392]Por eso conviene probar antes de apostar todos los recursos, preguntar antes de dar por hecho y calcular antes de comprometerse. Los elogios de los amigos animan, pero quien compra ofrece una información diferente. También conviene decidir de antemano cuánto podemos arriesgar y qué señales nos obligarían a cambiar de rumbo. La prudencia permite que la iniciativa tenga futuro.

 

Además, sostener una empresa requiere virtudes poco vistosas: puntualidad, constancia, capacidad de cumplir, disposición para corregir y talento para construir un equipo. Apenas merecen fotografías, pero hacen posible que otros confíen. Un proveedor necesita saber cuándo cobrará. Un trabajador, qué puede esperar. Un cliente, que mañana encontrará la calidad por la que hoy ha pagado. Esa continuidad tiene un valor social que deberíamos reconocer mejor.

 

Celebrar al emprendedor está bien. También deberíamos valorar al empresario que lleva años levantando la persiana, afrontando dificultades y manteniendo sus compromisos. Para hacerlo necesita reglas comprensibles y cierta estabilidad: nadie puede planificar seriamente si las condiciones cambian de manera imprevisible.

 

Toda empresa comienza alguna vez. Su logro consiste en conseguir que aquel comienzo se convierta en una realidad valiosa para otros. El entusiasmo puede llevarnos hasta la inauguración. Después hay que encender el horno cada mañana.

 

Linkedin: Manuel Ballester

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