Battiato: el hombre que encontró un centro de gravedad permanente
Franco Battiato parecía más un profesor de filosofía de un instituto rural que un músico; aunque, pensándolo bien, también podía parecer un profesor de una universidad cosmopolita que hubiera salido un momento del aula para cantar pop.
Tenía algo de hombre que siempre estaba pensando en otra cosa, de sabio distraído, de personaje que parecía haber llegado a la música casi por accidente y que, en cualquier momento, podía abandonar el escenario para ponerse a hablar de Gurdjieff, de la mística sufí, de la filosofía oriental o de alguna remota tradición religiosa de la que probablemente nunca hubiéramos oído hablar.
Porque Franco Battiato nunca pareció demasiado interesado en comportarse como un músico convencional. Era demasiado culto para ser una estrella al uso y tenía demasiado sentido del humor como para convertirse en un intelectual solemne. Había en él una curiosidad permanente, casi infantil, por todo lo que pudiera ayudarle a entender un poco mejor el mundo y, sobre todo, a sí mismo.
![[Img #14451]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/10_2026/6875_battiato.jpg)
Nacido en Jonia, en Sicilia, en 1945, terminó trasladándose a Milán siendo muy joven, y allí comenzó una trayectoria que resulta difícil de encerrar en una sola palabra: compositor, cantante, músico experimental, autor pop, director de cine, pintor, escultor, buscador espiritual. Battiato podía moverse de la vanguardia electrónica a la canción melódica, de la música clásica a la tradición mediterránea, de la filosofía al pop más inmediato, con un lenguaje y un estilo absolutamente únicos.
En él podían convivir Beethoven y la música popular, la filosofía occidental y la sabiduría oriental, la electrónica y la música antigua, la alta cultura y una canción que cualquiera pudiera tararear. La espiritualidad ocupó además un lugar central en su vida y en su obra. El pensamiento de Gurdjieff, el misticismo oriental, el sufismo y las tradiciones de Oriente fueron alimentando una búsqueda personal que nunca convirtió, sin embargo, en un discurso pesado o inaccesible.
Parece muy solemne en sus letras, pero, realmente, muestran un gran sentido del humor y una gran capacidad para reírse incluso de sí mismo. En 'Bandiera bianca', por ejemplo, dispara contra la política, el poder, el dinero, la sociedad de su tiempo y hasta contra las modas y las apariencias. Incluida la suya.
Podía hablar de Beethoven y, un instante después, de unas uvas pasas; podía introducir a Bob Dylan, The Doors, Vivaldi, Sinatra, la política italiana y una referencia filosófica en la misma canción. Y podía hacerlo mientras se reía de sus propias gafas de sol. Su enorme cultura nunca fue una exhibición de conocimientos, sino una forma de mirar el mundo, de encontrar relaciones inesperadas entre cosas aparentemente lejanas. Battiato no quería demostrar cuánto sabía; quería demostrar que todo podía relacionarse con todo.
Algo parecido sucedía con 'Voglio vederti danzare', en la que parecía querer meter medio planeta dentro de unos pocos minutos. Allí aparecen los gitanos, los chamanes, el vals vienés, los bailarines búlgaros, Radio Tirana y una colección de referencias culturales que, en manos de cualquier otro, podrían haber resultado pretenciosas. En él parecían naturales. Battiato tenía esa capacidad extraordinaria para convertir la cultura en una aventura, para abrir puertas hacia lugares que el oyente quizá ni siquiera sabía que existían.
Pero si hubiera que elegir una canción que explique su universo, probablemente habría que quedarse con 'Centro di gravità permanente'. Bajo aquella melodía ligera había una pregunta profunda: cómo encontrar algo estable en medio de un mundo que cambia constantemente. Battiato buscaba un centro, un punto de equilibrio, algo que permaneciera cuando todo lo demás se mueve. Y toda su carrera pueda entenderse como la búsqueda de ese centro.
Buscó en Oriente, en la filosofía, en la música, en la pintura, en el cine, en la tradición religiosa y en la propia memoria. También en la tierra mediterránea de la que había partido para convertirse en uno de los artistas más singulares de la cultura italiana. Una Sicilia que llevaba dentro mientras intentaba comprender el resto del planeta.
Aquel hombre entrañable, del pelo cuidadosamente peinado con coleta, los trajes sobrios y los gestos profesorales nunca pareció demasiado interesado en comportarse como una estrella. Podía llenar estadios, vender millones de discos y convertirse en una figura popular en Italia sin dejar de conservar aquella apariencia de hombre que acababa de salir de la biblioteca. Y debajo estaba siempre el nómada, el buscador. La persona que no se conformaba.
En su pensamiento había algo profundamente oriental en la manera de contemplar la vida y la muerte: nada termina del todo, todo puede transformarse, regresar, continuar de otra manera. 'Torneremo ancora', es el título de la última canción que compuso. Volveremos otra vez.
Porque Battiato, hasta su muerte, en 2021, pasó buena parte de su vida buscando un centro de gravedad permanente, y terminó encontrándolo en sus propias canciones. Allí sigue estando aquel extraño profesor que parecía haber salido de una universidad imposible para cantarnos que el mundo era mucho más grande de lo que imaginábamos.
Solo hay que poner un disco. Y vuelve.
Linkedin: Rafael García-Purriños



