La felicidad que piensa en la era del algoritmo
En la película 2001: Una odisea del espacio, HAL 9000 nació para ayudar a una tripulación humana. Sin embargo, a medida que avanza la misión, la máquina adquiere un protagonismo inquietante hasta convertir una cuestión técnica en una pregunta profundamente humana. ¿Qué ocurre cuando aquello que fue creado para asistir comienza también a saber, recomendar y decidir? Más de medio siglo después, HAL continúa perteneciendo a la ficción, pero la pregunta ha abandonado definitivamente la pantalla. Los algoritmos y la inteligencia artificial generativa ya participan en decisiones relacionadas con la dirección estratégica de las organizaciones. No estamos ante máquinas que gobiernan por sí solas nuestras empresas, pero sí ante tecnologías cuyos resultados pueden adquirir una autoridad creciente dentro de ellas.
Durante los últimos años, los especialistas del Happines Management han defendido que las organizaciones no pueden comprenderse únicamente desde la rentabilidad o la eficiencia. Las personas importan. Importan su desarrollo, su ética y, naturalmente, su felicidad. Esta transformación ha permitido que el bienestar deje de ocupar un lugar periférico para incorporarse progresivamente a la conversación de los ejecutivos. Pero la inteligencia artificial introduce una pregunta que no habíamos formulado con suficiente claridad. ¿Puede existir una organización con empleados satisfechos y, al mismo tiempo, con seres humanos cuyo criterio profesional importe cada vez menos?
Esta posibilidad nos obliga a quienes investigamos el Happiness Management a mirar más allá de cómo se sienten las personas en las organizaciones. También debemos preguntarnos qué capacidad conservan para intervenir sobre aquello que las corporaciones consideran válido o correcto. Porque sentirse escuchado no significa necesariamente que nuestra palabra pueda cambiar una decisión. Tener autonomía para organizar una tarea tampoco implica poder cuestionar el indicador con el que será evaluada. Y trabajar en una entidad que promueve la felicidad laboral no garantiza que exista un espacio real para cuestionar una recomendación algorítmica.
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En esta línea cobra especial interés el artículo escrito por el dr. Mario Alberto Salazar-Altamirano, de la Universidad de Tamaulipas de México, junto con otro investigador de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad y publicado en la prestigiosa revista AI & Society. El estudio pone sobre el tapete académico un concepto especialmente sugerente, el 'Bienestar epistémico en el trabajo'. Se trata de una condición organizacional en la que individuos y colectivos pueden ejercer un juicio responsable dentro de estructuras sociotécnicas de autoridad. Dicho de una manera más sencilla, no basta con que una empresa permita pensar. También importa que pensar pueda cambiar algo. Desde esta perspectiva, los autores señalan la necesidad de gobernanzas que fomenten la felicidad corporativa y generen un clima laboral donde los individuos sean reconocidos como sujetos capaces de deliberar, cuestionar y asumir responsablemente las consecuencias de sus decisiones. Porque nos equivocamos. Tenemos sesgos, interpretamos mal la información y, en ocasiones, tomamos decisiones inconsistentes. Pero precisamente por ello necesitamos espacios donde podamos contrastar, rectificar, aprender y volver a decidir. La inteligencia humana no es perfecta, pero tampoco debería convertirse en prescindible.
Surge entonces una pregunta incómoda. ¿Queremos organizaciones donde las personas sean felices porque participan plenamente en ellas, u organizaciones donde sean felices porque han aprendido a adaptarse perfectamente a aquello que otros, o algo, decide por ellas? No se trata de convertir a la inteligencia artificial en el nuevo villano de la empresa. Hacerlo sería tan simplista como idealizar el juicio humano. La cuestión decisiva está en construir una relación donde la tecnología aumente nuestras capacidades sin disminuir nuestra condición de sujetos que piensan, deliberan y deciden.
Tal vez haya llegado el momento de hablar de una felicidad que piensa. Una felicidad que no se limita a sentirse bien, sino que necesita comprender, deliberar, cuestionar y participar. Una felicidad compatible con la inteligencia artificial, pero incompatible con la renuncia al criterio humano. El bienestar subjetivo también nace de sabernos protagonistas de aquello que hacemos, de poder disentir, rectificar y participar en las decisiones que afectan a nuestra vida profesional. En la era del algoritmo, cuidar y hacer feliz al capital humano significa preservar aquello que convierte a las personas en participantes proactivos y no únicamente en usuarios de una corporación. Significa utilizar la tecnología para ampliar nuestra inteligencia, no para sustituir nuestra conciencia. Porque detrás de cada dato existe una persona, detrás de cada decisión una responsabilidad y detrás de cada organización una comunidad humana.
Y cuando el ruido de los algoritmos parezca hacerse cada vez más fuerte, convendrá recordar aquello que define nuestra condición social. La empresa verdaderamente feliz del futuro no será aquella donde la inteligencia artificial piense por todos. Será aquella en la que, aun rodeados de algoritmos, quienes forman parte de ella continúen teniendo razones para saber que ser felices y pensar por sí mismas todavía importa. Como nos recordó el Papa Francisco, “nadie se salva solo”. Y tampoco se construye sola la felicidad. Porque la felicidad más valiosa no será la que nos libere de pensar, sino aquella que nos permita seguir haciéndolo, juntos y en libertad.
Porque la evolución de las empresas no consiste únicamente en producir más o innovar más, sino también en crear espacios capaces de despertar el talento, cultivar la pasión y alinear voluntades en torno a una identidad común.
*El artículo académico citado en esta tribuna puede consultarse íntegramente en el siguiente enlace: https://doi.org/10.1007/s00146-026-03351-9
* Espacio de divulgación y transferencia científica.
Víctor Meseguer es Investigador Principal del Grupo GAIA y promotor de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad.
Linkedin: Víctor Meseguer
Rafael Ravina Ripoll es director de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad
Linkedin: Rafael Ravina



