Viernes, 16 de Octubre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNSi viene Roberta Sá, me lo pienso
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Rafael García-Purriños

Si viene Roberta Sá, me lo pienso

 

Mi añorado amigo Olaf decía que no creía en el matrimonio, aunque admitía una excepción: si aparecía Roberta Sá, se lo pensaría.

 

Tenía una enorme debilidad por esa mujer, una artista que reúne belleza, inteligencia, elegancia, carácter y talento.

 

Era una broma, claro, estaba muy enamorado de su pareja, pero aquella frase terminaría convirtiéndose en uno de esos recuerdos que uno guarda con especial cariño cuando la persona que los pronunció ya no está. A veces basta una canción, una voz o una cara para que regresen de golpe una conversación, una sonrisa y la manera particular que tenía alguien de mirar el mundo.

 

El año en que Olaf murió, ella fue la artista que más escuché en Spotify. No sé si fue una manera consciente de buscar refugio en su música o si, sencillamente, necesitaba escuchar aquella voz una y otra vez. Al terminar aquel año, Roberta envió un saludo especial, como hizo con todos sus seguidores. Uno de esos mensajes genéricos que los artistas dedican a quienes los escuchan, pero para mí tuvo algo más. No porque ella pudiera conocer la historia ni saber lo que había significado aquel año, sino porque, sin saberlo, su música me había acompañado en momentos difíciles. Y detrás de aquella cantante que escuchaba una y otra vez estaba también el recuerdo de Olaf, su broma sobre el matrimonio y aquella excepción que hacía con Roberta (y, creo recordar, también con otra gran artista, Marisa Monte). Tal vez la escuchaba porque esperaba que me trajese de vuelta a mi amigo. Y, en gran manera, lo hace.

 

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Por eso, desde entonces, escucharla tiene para mí algo de celebración y algo de nostalgia: la alegría de disfrutar de una artista extraordinaria y la emoción de recordar a alguien a quien echo mucho de menos.

 

La belleza de Roberta Sá es indudable, pero sería injusto quedarse ahí, porque Roberta tiene una elegancia que no se limita a la apariencia, una voz que parece acariciar las canciones y una manera de interpretar que convierte la delicadeza y la elegancia en fuerza y en carácter, y que le ha convertido en una de las principales renovadoras de la música popular brasileña y, en concreto, de la samba.

 

Nacida en Natal, en el nordeste de Brasil, en 1980, y criada desde niña en Río de Janeiro, Roberta encontró en la música popular brasileña un territorio al que acercarse con respeto, curiosidad y personalidad propia. No necesitaba inventar la samba, ni hacer extraños experimentos, le bastaba con dejar que su propia voz la llevara hacia otro lugar. Roberta Sá forma parte de esa renovación que demuestra que una tradición solo permanece viva cuando alguien se atreve a hacerla suya.

 

Quizá sea Samba de Um Minuto, la canción que explica mejor lo que hace especial a esta artista. Compuesta por Rodrigo Maranhão la canción comienza pidiendo calma, reclamando un minuto de atención. Después llega el aviso: con el dolor no se juega. No hay aquí una mujer que acepte resignadamente el sufrimiento ni una figura frágil que se esconda detrás de su tristeza. Hay alguien que ha sufrido, que conoce las maldades del otro y que ha decidido no permitir que sigan haciéndole daño.

 

Los reproches están ahí, la decepción también, pero no necesita convertirlos en una escena. No levanta la voz ni exagera cada palabra para demostrar lo que siente. Hay una serenidad que hace que los versos resulten todavía más contundentes. La delicadeza no elimina el reproche; lo carga de razón.

 

Roberta Sá parece un ángel, sí, pero no uno de esos seres inmaculados que desconocen el sufrimiento. Es un ángel que sabe que el amor puede decepcionar, que la belleza no protege de las heridas y que a veces hay que decir basta para poder seguir adelante. Su voz tiene esa cualidad luminosa que permite cantar la tristeza sin quedarse atrapada en ella.

 

Roberta puede mirar hacia la tradición y, al mismo tiempo, sonar actual. Tiene lo mejor de la música brasileña: la capacidad de convertir la alegría y la melancolía en dos caras de una misma emoción.

 

Y vuelvo a pensar en Olaf. En su desconfianza hacia el matrimonio y en aquella excepción que hacía sonriendo, como si Roberta Sá fuera capaz de alterar las leyes de su pequeño universo personal. Ahora que él ya no está, la frase tiene algo más que gracia. Se ha convertido en uno de esos recuerdos que conservamos porque contienen a una persona entera: su humor particular, sus gustos, su manera de mirar el mundo. La música tiene esa capacidad de guardar cosas que no sabíamos que algún día echaríamos de menos. Basta escuchar una canción para que regresen una conversación, una risa o una tarde que parecía igual a tantas otras y que, con el tiempo, se ha vuelto irrepetible.

 

No sé si Roberta Sá habría conseguido que Olaf se casara. Quizá ni ella misma habría querido cargar con semejante responsabilidad. Pero entiendo la excepción, y no solo por su belleza. Por esa voz que acaricia sin ocultar las heridas, por la elegancia con que mantiene viva la samba y por la manera en que una canción de desamor puede acabar hablándonos de libertad.

 

Olaf, querido amigo, no sé si habrías llegado a casarte. Pero tenías razón en una cosa: si venía Roberta Sá, desde luego merecía la pena pensárselo.

 

Linkedin: Rafael García-Purriños

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