Adictos al sistema
La rebeldía de una generación que no está dispuesta a heredar nuestra resignación
Hay adicciones que destruyen lentamente el organismo y otras que terminan por adormecer la conciencia. Las primeras suelen identificarse con cierta facilidad; las segundas, en cambio, se disfrazan de normalidad, prudencia, costumbre y hasta de responsabilidad ciudadana. Una de las más peligrosas de nuestro tiempo es la adicción al sistema, esa dependencia psicológica, política y social que convierte al ciudadano en espectador de su propia decadencia. Se queja, protesta, maldice, denuncia y, finalmente, vuelve a depositar su confianza en quienes han contribuido a provocar aquello que tanto lamenta.
Resulta curioso contemplar a determinados mayores, aguerridos en apariencia, lanzando sus protestas desde Tik Tok y otras plataformas digitales. Denuncian de todo. Sin embargo, cuando llega el momento de abandonar las trincheras de la comodidad y modificar sus estrategias, aparece una sorprendente parálisis. Mucho ruido, demasiada indignación y escasa voluntad de transformación.
El sistema ha terminado por instalarse en nuestras entrañas y ha colonizado nuestro pensamiento, emociones y hasta la manera de interpretar la realidad. Se sientes “medio libres” porque pueden elegir entre los colores políticos existentes, aunque apenas se atreven a imaginar un horizonte político diferente. A más de uno se le ha oído decir que “no todo es Sánchez”. Ya lo advertía Alexis de Toxqueville cuando reflexionaba sobre los riesgos de una sociedad democrática entregada a una tutela permanente: los ciudadanos pueden terminar aceptando una protección que, progresivamente, debilita su capacidad de decidir por sí mismos. Y aquí aparece una cuestión incómoda: ¿deseamos ciudadanos libres o ciudadanos satisfechos con su propia dependencia?
Afortunadamente, no todo está perdido. Mientras que algunos continúan instalados en las nostalgias partidistas y en los enfrentamientos heredados, nuevas generaciones comienzan a reclamar un protagonismo que durante demasiado tiempo les hemos negado. Jóvenes de 18,19 y 20 años que, lejos de responder siempre al tópico de la frivolidad y la indiferencia, muestran una inquietud intelectual verdaderamente esperanzadora.
No son pocos quienes cuestionan la excesiva influencia de los partidos sobre los mecanismos institucionales. Y lo hacen sin necesidad de recurrir a las habituales etiquetas de izquierdas y derechas. Para ellos, el problema no reside en los gobiernos azules, rojos o incluso verde, sino en una cultura política que, con demasiada frecuencia, confunde la lealtad institucional con la obediencia partidista.
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Algunos centros educativos, profesores y familias han contribuido decisivamente a despertar esa conciencia. Han comprendido que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en enseñar a pensar, contrastar argumentos, reconocer errores y defender convicciones razonadas. Platón ya vinculaba la calidad de la vida política con la formación intelectual y moral de quienes participan en ella. Aristóteles, por su parte, entendía que la educación debía preparar al ser humano para una vida virtuosa dentro de la comunidad. Veinticuatro siglos después, seguimos necesitando recuperar tal convicción. No basta en fabricar profesionales técnicamente competentes. Necesitamos personas capaces de distinguir entre legalidad y justicia, propaganda y verdad, autoridad y autoritarismo, servicio público y aprovechamiento privado.
Resulta muy alentador escuchar a jóvenes que se niegan a participar en el interminable espectáculo del “dime y te diré”, esa feria de acusaciones cruzadas donde cada partido descubre los pecados ajenos mientras encuentra disculpas para los propios. No desean regalar su inteligencia a políticos que consideran incapaces de practicar aquello que predican. Quizá hayan comprendido algo que muchos adultos parecen haber olvidado: la democracia no se agota en votar cada cuatro años. Exige vigilancia ciudadana, participación, formación y una permanente disposición a exigir responsabilidades.
España necesita algo más profundo que una alternancia de siglas. Necesita una transformación de cultura cívica. No habrá regeneración institucional sin regeneración moral. La corrupción no comienza necesariamente con un sobre de dinero con una adjudicación irregular. En ocasiones nace mucho antes: cuando aceptamos pequeñas mentiras, justificamos los abusos de los nuestros, despreciamos el mérito ajeno o confundimos la fidelidad con el servilismo. También nosotros contribuimos a construir el sistema del que después nos lamentamos.
Por eso sería un error entregar a los jóvenes una herencia de resentimiento, conformismo y enfrentamiento permanente. Ahora bien, tampoco idealicemos a la juventud. La edad no garantiza la virtud, del mismo modo que las canas no aseguran la sabiduría. Lo verdaderamente esperanzador será conseguir que la experiencia de los mayores y la audacia de los jóvenes trabajen juntas, sin paternalismos ni descalificaciones.
Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntar qué partido salvará a España y comenzar a preguntarnos qué ciudadanos estamos formando para hacerla mejor. Porque los terrenos baldíos de nuestra política no volverán a florecer únicamente con discursos, campañas electorales y promesas cuidadosamente empaquetadas. Necesitan raíces profundas: educación a la altura de Pisa, trabajo, honestidad, cultura, espíritu crítico y amor por la verdad.
Y sobre todo, necesitan abrir sus puertas a quienes todavía no han convertido la política en una forma de vivir del cuento. El futuro no pertenece a los adictos al sistema, sino a quienes sean capaces de mejorarlo sin convertirse en sus nuevos prisioneros.



