Una gran noche para la economía de la felicidad
Hay canciones que parecen abrir una ventana en mitad de la noche e invitarnos a soñar con un amanecer diferente. Mi gran noche, interpretada por Raphael, con su voz de humo y dramatismo teatral, es una de ellas, pues nos evoca la posibilidad de que el alba traiga consigo una oportunidad extraordinaria. En estos tiempos de incertidumbre digital, la economía también parece necesitar su gran noche. No para alimentar sueños de riqueza ilimitada, sino para reconciliar la estabilidad y la prosperidad con la sostenibilidad y la felicidad prosocial. En este sentido, las aportaciones de los nuevos premios Nobel de Economía del año 2026, Hall y Woodford, nos sugiere a reflexionar, desde los modelos neokeynesianos, sobre el sentido último del progreso y el papel que juega las decisiones económicas en nuestro bienestar. Porque la economía no es un mecanismo ajeno a la vida, sino una realidad que condiciona nuestras oportunidades, nuestra calidad de vida y nuestra ilusión por el futuro.
Bajo esta mirada, cabe plantearse una pregunta fundamental ¿cómo conseguir que la estabilidad económica se traduzca en una vida mejor para la ciudadanía? La respuesta pasa por no perder de vista que uno de los grandes retos de las políticas democráticas consiste en edificar una sociedad donde la creación de la riqueza no sea un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de la felicidad. Esta forma de entender la economía exige situar el desarrollo humano en el centro de las decisiones públicas, de manera que el progreso económico contribuya a alcanzar mayores cotas de dignidad y bien común. Para avanzar en esta dirección, los nuevos estudios sobre Happiness Management deben explorar cómo incorporar las contribuciones teóricas de Hall y Woodford al diseño de unas políticas fiscales y monetarias que, sin renunciar a sus objetivos de estabilidad y crecimiento, contemplen también a la felicidad eudaimónica en sus dimensiones, sus efectos y sus fines.
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Y es ahí donde cobra sentido el anhelo de fomentar un verdadero Estado de Bienestar que impulse un capital inclusivo y sostenible, situando en el centro de las decisiones económicas el corazón y el alma de la ciudadanía. Esto implica incorporar la felicidad colectiva a la ecuación de los modelos neokeynesianos de Hall y Woodford, concibiéndola cómo una dimensión estructural que merece ser tenida en cuenta al evaluar los efectos de las decisiones de política monetaria, especialmente en la fijación de los tipos de interés por parte de los bancos centrales. Estas medidas, fundamentales para la estabilidad y el crecimiento, tienen profundas repercusiones en la actividad económica, el empleo y las oportunidades de la población. Por tanto, uno de los grandes desafíos de la era de la inteligencia artificial será lograr que el progreso tecnológico y la estabilidad financiera no se alcancen a costa de los proyectos de vida y las esperanzas de la ciudadanía.
Sobre esta base metafilosófica, resulta sugerente que, en el seno de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad, se planteen nuevas propuestas teóricas dirigidas a explorar la posible integración del bienestar subjetivo y de la filosofía del Happiness Management en los modelos macroeconómicos. Esta línea de investigación permitiría explorar posibles asociaciones entre variables como la motivación laboral, el compromiso organizativo y el absentismo, por un lado, y los costes empresariales y la eficiencia productiva, por otro. Asimismo, cabría estudiar en qué medida estas dimensiones podrían incorporarse al análisis de la oferta agregada y qué relevancia tendrían para comprender las relaciones entre las condiciones humanas y organizativas de la actividad económica, la sostenibilidad del crecimiento y la estabilidad de los precios. Estas conexiones, concebidas como hipótesis de investigación pendientes de contrastación empírica, abren una perspectiva sugerente en la que ambas dimensiones se entrelazan como los colores de un caleidoscopio, ofreciendo nuevas vías para reflexionar sobre una estructura productiva más innovadora, colaborativa e igualitaria.
Ahora bien, esta posible evolución de los modelos macroeconómicos plantea una cuestión de fondo sobre la finalidad última que debe perseguir el progreso, es decir, la felicidad colectiva. La respuesta nos remite a dos referentes fundamentales del pensamiento económico. Por una parte, la dimensión ética de John Maynard Keynes, cuya reflexión estuvo vinculada a la aspiración de gozar de una sociedad que ofreciera mejores condiciones de vida al conjunto de la población. Por otra, el enfoque de las capacidades de Amartya Sen, que sitúa las oportunidades reales de los individuos en el centro del desarrollo. En consonancia con esta idea, el Happiness Management ofrece un marco para explorar cómo las culturas organizativas humanistas podrían relacionarse con la productividad empresarial y, a través de esta, con el comportamiento agregado de la economía.
Esta conexión abre una línea de investigación sobre el papel que variables como la motivación, el compromiso organizativo y el bienestar laboral podrían desempeñar en el análisis de la oferta agregada. Teniendo presente, que las políticas monetarias y fiscales configuran parte del paisaje en el que operan las compañías. Por tanto, el nuevo desafío consistirá en aproximar ambos niveles de análisis para analizar holísticamente cómo las decisiones macroeconómicas y las prácticas empresariales pueden contribuir, desde ámbitos distintos y complementarios, a un crecimiento sostenible. De esta manera, la felicidad colectiva se incorpora al debate académico sobre la búsqueda de un desarrollo que, junto con la estabilidad y la eficiencia, nos conduzca inexorablemente hacia una sociedad donde brille el noble ideal del bien común.
Y así, cuando vuelven a resonar las notas de Mi gran noche, comprendemos que la verdadera madrugada de la economía no se mide únicamente en cifras, mercados o indicadores de estabilidad, sino en su capacidad para iluminar la vida de la gente. Como escribió Benedicto XVI en Spe salvi, “no puedo ciertamente llegar a ser feliz contra o sin los otros”. En estas palabras habita una verdad esencial, la de que ningún progreso alcanza su plenitud mientras haya personas privadas de oportunidades y de su dignidad. Quizá nuestra gran noche sea aquella donde la política monetaria y fiscal descubra su vocación más humana y haga del bienestar colectivo una brújula para orientar el progreso en la época de la Inteligencia Artificial. Porque el éxito de una sociedad reside en cuánto contribuye a que la vida merezca ser vivida. Y ese será, al fin, el verdadero compás de una economía de la felicidad.
La idea de crear un Premio Nobel de la Felicidad en un futuro cercano no resulta descabellada. De existir este galardón, la comunidad universitaria aportaría de inmediato candidatos firmes. Uno de los nombres más sólidos sería el de Juan Carlos Izpisúa Belmonte, autoridad global en biología del desarrollo, medicina regenerativa y longevidad. Como él mismo afirma: "No pensamos en la inmortalidad, sino en vivir mejor los últimos años".
El reputado científico ejerce actualmente como catedrático extraordinario y director de la Cátedra de Biología del Desarrollo en la UCAM. Además, traslada su conocimiento a la vanguardia científica internacional desde la cátedra Roger Guillemin, en el Laboratorio de Expresión Génica del Instituto Salk de Estudios Biológicos en La Jolla, California.
* Espacio de divulgación y transferencia científica.
Víctor Meseguer es Investigador Principal del Grupo GAIA y promotor de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad.
Linkedin: Víctor Meseguer
Rafael Ravina Ripoll es director de la Red Internacional Universitaria de la Felicidad
Linkedin: Rafael Ravina



