Miércoles, 21 de Octubre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNFrascos de lágrimas
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Gabriel Vivancos

Frascos de lágrimas

 

Hace unas semanas vi un episodio del documental 'Maestros de la Restauración'. Es una serie de un famoso anticuario inglés que recorre el Reino Unido y Europa en busca de tesoros ocultos en forma de antigüedades que luego vende en su tienda.

 

En esta ocasión, encontró un lacrimatorio, que es una pequeña botellita de vidrio en el que erróneamente pensaba el protagonista, se guardaban las lágrimas los amantes chinos.

 

La realidad es distinta. Los arqueólogos occidentales más románticos del siglo XIX mezclaron, probablemente con intención, esta tradición, en realidad romana, con el exotismo de Oriente.

 

Se cuenta que en Roma, las mujeres presionaban el borde de un minúsculo frasco de vidrio contra la cuenca de su ojo para recibir las lágrimas vertidas por la ausencia de la pareja. Los lacrimatorios tenían la finalidad de medir la resistencia del amor o la profundidad del luto. Se decía que cuando las lágrimas depositadas en su interior se evaporaban, el tiempo del llanto formal había terminado. El dolor, por fin, tenía permiso para marcharse.

 

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Sin embargo, en la China de las dinastías y la seda, los amantes no coleccionaban lágrimas en frascos de vidrio, no medían su melancolía en milímetros de cristal sino en los frutos que brotaban de la tierra y en los versos grabados en granos de arroz.

 

Para el famoso poeta chino Wang Wei el símbolo del amor era el jinjol rojo, porque es un fruto que al madurar en otoño, se arruga ligeramente, perdiendo su agua pero concentrando todo su dulzor y su color encendido, lo que es una perfecta metáfora del amor de la pareja que resiste al tiempo. Ambos envejecen pero el sentimiento se transforma en algo imperecedero, en la esencia de cada uno, que no se evapora con el tiempo.

 

Los amantes chinos se regalaban estos frutos, no para llorar juntos, sino para recordarse en la distancia.

 

No menos curiosa es la tradición china con más de doscientos años de historia de grabar versos, nombres o bendiciones en un grano de arroz. Este arte es denominado microescultura o grabado de arroz y está considerado parte del patrimonio cultural inmaterial de China.

 

El origen de esta disciplina, sin embargo, no es tan romántico, puesto que al parecer nació con un propósito mucho más pícaro: los examenes imperiales.

 

La presión del examen para convertirse en funcionario imperial en la antigua China era tan fuerte que los estudiantes, que debían memorizar textos filosóficos y poéticos enteros, acudieron (algunos de ellos) a la insigne e inmortal técnica de “la chuleta” copiando en granos de arroz que tenían asignados entre sus raciones de comida para la prueba, caracteres o textos que les ayudaran a recordar.

 

En cualquier caso, estas tradiciones orientales se encuentran muy lejos de los frascos de lágrimas que occidente orientalizó, pero comparten un mismo deseo; el que tiene el ser humano por atrapar para siempre lo más valioso que posee.

 

Todos nos resistimos a aceptar que el amor y la tristeza desaparecen sin más, sin dejar rastro. Buscamos un contenedor, un testigo que le diga al mundo que alguién en algún tiempo, en algún lugar lloró de tanto amar.

 

En el fondo Oriente y Occidente no son tan distintos.  

 

Linkedin: Gabriel Vivancos

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