Sánchez y 'La fuerza del amor'
Pedro Sánchez ha decidido abandonar las playlists y adentrarse en el universo de las telenovelas románticas turcas. Para su nueva aventura electoral ha encontrado un título -'La fuerza del amor' (Sevdam Alabora)- una producción turca de 2015, que inspira y marca el tono pusilánime y romanticoide de su agresiva campaña. En México hay otra de igual nombre dirigida por José Acosta.
El mitin de Fuenlabrada ha confirmado que cualquier ocasión sirve para montar una escena de 'telenovela basura'.
Sánchez proclamó públicamente su amor a su 'querida Begoña' ante las cámaras y una multitud entregada al entusiasmo -casi orgásmico- convenientemente estimulado por los vehementes aplausos y los chillidos de Marísú Montero.
La 'vicepresidenta' -que siempre está dispuesta a darlo todo por la causa (entiéndase por el "puto amo")- acompañó la escena con sus aplausos de dedos abiertos en abanico, como una foca golpeando sus aletas pectorales.
La estampa era digna de la mejor comedia esperpéntica: el presidente en su papel de galán telenovelesco enamorado bailando, la Marísú como entusiasta gogó y el público coreando una ridícula actuación que pretendía ser política.
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Solo faltaba el grito de rigor "¡que se besen, que se besen"! mientras, de fondo, sonaba la preciosa canción de Perales, "Te quiero", pero no hizo falta.
En un mitin electoral sanchista no se deben formular deseos ni sentimientos, sino, solo algunas preguntas sin respuesta y muchas promesas que nunca se van a cumplir.
Una pregunta que ayer brilló por su ausencia fue ¿qué propuestas para España acompañaban a tanto folklore y entusiasmo...?
Ayer eran las playlists y hoy, las declaraciones románticas. Ha cambiado el decorado, pero sigue estando la estrategia de colocar al personaje por delante del programa y, buscar en la emoción, lo que debe siempre sostenerse con hechos sólidos, propuestas serias y resultados firmes.
Que alguien quiera a su esposa es algo privado y perfectamente respetable -aunque se trate de Sánchez-, pero que utilice esa intimidad como el "recurso princeps de campaña" es una cuestión muy controvertida y discutible.
El afecto conyugal no acredita la capacidad de gobernar ni una escena romántica responde a las preguntas incómodas sobre la eficaz gestión del Ejecutivo.
Los ciudadanos no eligen al protagonista de una historia de amor, sino a quien debe rendir cuentas de sus decisiones y de su forma de gobernar.
Pero la contradicción adquiere mayor gravedad cuando se compara esta exhibición de afecto con la respuesta ante el sufrimiento ajeno. ¿Dónde queda esa "fuerza del amor" cuando las familias necesitan la presencia, la empatía y la responsabilidad de sus gobernantes...?
Las víctimas del volcán de La Palma, los afectados por la dana de Paiporta, los fallecidos en el accidente ferroviario de Adamuz, las familias golpeadas por los incendios y la ciudad de Ceuta invadida y olvidada, ¿ no merecen algo más que meras declaraciones protocolarias e inutiles gestos institucionales?
Ceuta y sus caballas conocen demasiado bien esa falta de atención que no se corrige con discursos ni con visitas calculadas y ni siquiera con un ineficaz "mando único".
Una ciudad española que afronta problemas de frontera, presión migratoria, abandono institucional y una grave caída de su actividad comercial no necesita el sentimentalismo de campaña, sino atención, respeto y soluciones.
El cariño hacia Ceuta se demuestra defendiendo sus intereses, su seguridad , su sanidad, su " normal normalidad" y acompañando a sus "caballas", cuando más lo necesitan.
No se trata de reclamar que el dolor se convierta en publica propaganda mitinera ni de juzgar la intimidad de nadie, sino de exigir coherencia y justicia.
La cercanía a las víctimas y a los territorios olvidados no debe depender de su utilidad política, de la repercusión televisiva ni de su rédito parlamentario.
La solidaridad auténtica se demuestra respondiendo y asumiendo responsabilidades y no reservando los grandes gestos para el momento electoral más favorable.
Ahí está la diferencia entre gobernar y representar. El sentimentalismo puede movilizar a los propios, pero no sustituye la obligación de dar explicaciones y de asumir responsabilidades.
La empatía pierde credibilidad cuando parece activarse -con mayor intensidad- ante las cámaras que ante las graves necesidades de los ciudadanos, ya vivan en Paiporta, en La Palma, en Adamuz o en Ceuta.
En la turca 'La fuerza del amor', la pasión puede ser el argumento principal... pero en la política española, debería serlo la gestión. El país necesita respuestas, transparencia y responsabilidad, no una competición de aplausos en la que el entusiasmo de los incondicionales suplante al debate sobre los resultados.
Cuando termine Fuenlabrada, Sánchez seguirá siendo el presidente y los problemas de España continuarán esperando soluciones. El público podrá marcharse satisfecho de haber participado en un esperpentico espectáculo, pero los demás ciudadanos tendrán que volver a enfrentarse a la realidad.
Porque el amor puede ganar una escena, pero no absuelve una gestión. España, incluida Ceuta y sus caballas, no necesita un presidente que escenifique sus afectos ante las cámaras, sino uno que demuestre con hechos que le importan sus ciudadanos. Lo demás es puro teatro: emoción para la propaganda, aplausos para el poder y demasiadas cuentas pendientes cuando se apagan los focos.
Linkedin: Pedro Manuel Hernández López



