Viernes, 23 de Octubre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNTalking Timbuktu. El blues no regresó a casa, porque nunca se fue
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Rafael García-Purriños

Talking Timbuktu. El blues no regresó a casa, porque nunca se fue

 

Esta es la historia de dos hombres nacidos a miles de kilómetros de distancia, educados en culturas distintas y separados por océanos que no eran sólo de agua y sal, pero que descubrieron que compartían una manera de entender la música como memoria que pasa de una generación a la siguiente, y que continúa hablando incluso cuando sus orígenes parecen haberse olvidado y perdido.

 

Ali Farka Touré había nacido en 1939 en Kanau, una localidad de la región de Tombuctú, en el norte de Mali. Su música estaba profundamente arraigada en las tradiciones, en las lenguas, los ritmos y las melodías que formaban parte de la vida cotidiana de las comunidades del África occidental. Nunca intentó imitar a los músicos estadounidenses ni convertirse en una versión africana de una estrella del blues. Su manera de tocar nacía de una historia musical propia, anterior a cualquier comparación con el Mississippi.

 

Sin embargo, quienes escuchaban sus canciones reconocían algo familiar: aquellas guitarras hipnóticas, aquellas voces ásperas, aquellas estructuras de llamada y respuesta, y aquellos ritmos insistentes parecían contener ecos del blues rural y de una música que, en el delta, había aprendido a expresar la soledad, la desolación, el trabajo, el deseo, la esperanza y la resistencia.

 

Para él, el blues afroamericano conservaba una memoria africana que había sobrevivido a la esclavitud y al desarraigo, transformándose al otro lado del Atlántico. No pretendía decir que todas las músicas africanas fueran blues ni que la historia pudiera reducirse a una línea recta, pero sí reivindicar una conexión cultural tan oculta como evidente.

 

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El californiano Ry Cooder llevaba toda la vida buscando esa clase de conexiones. Desde joven demostró una curiosidad musical poco común, alejándose de los caminos más previsibles del rock para internarse en el blues, el folk, la música mexicana, el Tex-Mex y las tradiciones populares de Estados Unidos, como prueba su trabajo en la banda sonora de Paris-Texas, entre otros muchos.

 

Su guitarra podía acompañar una canción del delta del Mississippi con la misma naturalidad con la que se acercaba a los sonidos fronterizos y nativos, o a las músicas hawaianas o caribeñas. Le interesaban las historias que guardaban aquellos sonidos y todo aquello que podía aprender de quienes los habían mantenido vivos. En sus manos, la guitarra se convertía en una herramienta para viajar en el espacio y en el tiempo, a través del alma de las personas, los pueblos y sus músicas.

 

En 1993 coincidieron en uno de los encuentros musicales más hermosos y fascinantes de la música popular. Se conocieron en Londres en 1992, Ali le regaló a Cooder un instrumento de una sola cuerda que había tocado durante su infancia, un gesto que parecía resumir toda la historia que estaba a punto de desarrollarse. Acordaron grabar juntos.

 

Esa grabación, de la que salió el disco,Talking Timbuktu tuvo lugar en Los Ángeles en 1993 y el álbum se publicó en 1994. No hubo un viaje de Ry Cooder a Mali para realizar aquel disco: fue Ali quien llegó a Estados Unidos para trabajar con él. Cooder se encontró frente a un músico de personalidad arrolladora, capaz de entrar en el estudio y poner en marcha las canciones con enorme seguridad y maestría. Cooder entendió que no estaba allí para dirigir a Ali ni para domesticar su música, sino para ayudar a que su fuerza llegara intacta al disco. Las sesiones avanzaron con una espontaneidad sorprendente, y aquella magia quedó registrada en pocos días, sin apenas necesidad de repeticiones.

 

En esta obra maestra que es Talking Timbuktu no se percibe una lucha entre dos estilos, sino una conversación. La guitarra de Ali dibuja sus melodías con naturalidad hipnótica; la de Cooder responde, sostiene y acompaña. Ninguno necesita demostrar nada. Hay una complicidad que parece anterior a su encuentro, como si ambos hubieran pasado años preparando una conversación que, una vez iniciada, ya no necesitara palabras.

 

El disco ganó el Grammy al mejor álbum de músicas del mundo en 1995, pero más allá de los premios,Talking Timbuktu permitió que muchos oyentes descubrieran a Ali Farka Touré y, al mismo tiempo, recordó que las raíces musicales no son reliquias inmóviles: siguen creciendo, viajando y transformándose.

 

Cooder continuaría esa búsqueda en Cuba, donde en 1996 participó en el proyecto que terminaría convirtiéndose en Buena Vista Social Club. La idea inicial era reunir a músicos cubanos y africanos para explorar sus conexiones históricas, pero los músicos malienses previstos no pudieron llegar por problemas con los visados. Hubo que cambiar los planes y de aquel contratiempo nació otro disco extraordinario. La historia siempre insiste en la misma lección: a veces, cuando las puertas se cierran, la música, como el agua, se abre paso y encuentra otra manera de llegar a su destino.

 

El blues no necesita regresar a ningún sitio, porque nunca se ha ido y nunca ha dejado de viajar.  Por eso, aquellos días de 1993, en un estudio de Los Ángeles, dos guitarras consiguieron que el largo camino entre Mali y el Mississippi fuera como desplazarse a la casa de enfrente.

 

En concreto, a la casa de un familiar cercano.

 

Linkedin: Rafael García-Purriños

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