Los hijos del ápeiron van a votar
Antes del color, antes de la forma, antes del tamaño, antes de la simpatía, antes de la rabia, antes de la ternura, antes de lo viejo, de lo nuevo y de lo porvenir… Antes de todo eso había algo que aún no era ni rojo, ni verde, ni azul, ni pequeño, ni agradable, ni tierno, ni viejo, ni imaginado. Y de esa indeterminación viene todo y de ella está todo hecho. Así dijo un viejo eidonauta llamado Anaximandro: que en el principio era el ápeiron, y que todo viene de él, que nada se hizo sin él. Anaximandro, al darle un nombre a lo indeterminable, de alguna manera sustantiva lo que él mismo había declarado insustantivable, pero esa es otra historia.
Los entendidos en la materia —los técnicos de la cosa— parecen coincidir en que, además, Anaximandro creía que esa determinación del ser primordial era una degradación ontológica, una limitación, nunca un progreso. Lo finito y lo concreto, qué se la va a hacer, ya no posee la plenitud de lo infinito. Cada ente individual, al afirmarse como una entidad separada y delimitada, comete una suerte de usurpación frente al ápeiron originario. Y en el pecado lleva la penitencia. Por eso todo está en guerra y toda esta enorme injusticia acaba pagándose con la vuelta al ápeiron original al fin y a la postre.
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Y hete aquí que en estas nos vemos todos, determinándonos mutuamente entre nosotros y contra el mundo, contra el pasado y contra el futuro. Pues no nos queda otra. Somos hijos de ese pecado original de ser.
Algunos pensamos que esta 'degradación' no siempre es mala. A menudo da lugar a hechos, cosas, estados e historias que no merecen ser absorbidas por el ápeiron en su estado primigenio, donde todo es olvidado. Los torbellinos del ser a veces producen rosas, azucenas y margaritas. Nos es muy difícil aceptar o pensar que el ápeiron original donde todo se confunde valga más que la sonrisa de un niño.
Pero debemos admitir que los torbellinos también dan lugar a una clase particular de seres cuya razón de ser existencial estriba en no otra cosa que en el exterminio de lo que consideran su opuesto esencial. El juego de estos seres solo produce un espectáculo de degradación absoluta, al que a menudo consiguen arrastrar a muchos. Para estos, incapaces de salir de su ombligo, el tercerismo siempre es tildado de fugitivo, cobarde, inservible o interesado.
En la arena política española lo representaban Chaves Nogales, Clara Campoamor o Salvador de Madariaga. Hoy casi nadie los reclama. Sin embargo, solo la tercera España real pudo enfrentar los desastres en los que el partidismo atrabiliario sumió a nuestra nación. Si el partidismo fuera la única opción vital, allí habría muerto España, con el último superviviente. Desgraciadamente hoy asistimos al espectáculo de ver cómo desde hace ya más de 20 años se está alimentando interesadamente este partidismo doblemente degradado: por falso y por interesado. Si nos dejamos arrastrar por él que a nadie le sorprendan sus consecuencias.
Quizá se trate precisamente de eso: de recordar que la política no debería ser una antesala del caos ni un retorno forzoso a la fría indiferenciación del abismo, sino el arte frágil de cuidar los matices. Frente al furor de los extremos, que anhelan disolverlo todo en una nueva nada, la tercera España —la de la mesura y la lucidez— sigue siendo la única trinchera desde donde defender el milagro imperfecto de lo concreto.
Linkedin: Marco Antonio Oma Jiménez



