Viernes, 30 de Octubre de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNVotar sin miedo: cinco ideas para decidir con criterio
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Pedro Rodríguez Molina

Votar sin miedo: cinco ideas para decidir con criterio

 

La democracia no necesita ciudadanos que piensen igual. Necesita ciudadanos que piensen

 

A escasas semanas de las elecciones generales del 29 de noviembre, hay una palabra que se repetirá en mítines, tertulias y redes sociales: MIEDO.

 

Miedo a que gobiernen unos, miedo a que regresen otros, miedo a perder derechos, miedo al futuro, miedo a que España cambie demasiado o a que no cambie nunca.

 

El miedo paraliza, divide y, en ocasiones, sustituye a la reflexión plena. Es mucho más sencillo conseguir que alguien vote contra lo que teme que convencerlo de un nuevo proyecto. Pero votar debería ser algo más que elegir entre nuestros temores.

 

Las cinco letras de la palabra sirven para recordar cinco ideas que considero fundamentales a la hora de decidir el voto.

 

M de Mentiras

 

La mentira es uno de los mayores enemigos de una democracia saludable. No todas las afirmaciones falsas son mentiras deliberadas, pero cuando se manipulan datos, se ocultan hechos o se difunden mensajes a sabiendas de que son falsos, se interfiere en la libertad de decisión de los ciudadanos.

 

La mentira política no tiene ideología. Conviene desconfiar especialmente de lo que confirma exactamente lo que queremos escuchar, porque resulta muy fácil detectar las mentiras del adversario y extraordinariamente difícil reconocer las de aquellos con quienes simpatizamos. La mentira no se convierte en verdad porque la pronuncie alguien a quien votamos.

 

Quizá ahí empiece nuestra primera responsabilidad como ciudadanos: exigir honestidad a todos y, principalmente, a quienes pensamos votar. Una idea que merece atención: el parlamento de Gales ha aprobado una ley pionera para sancionar a los políticos que mientan durante periodos electorales.

 

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I de Información Contrastada

 

Nunca habíamos tenido tanta información disponible y, paradójicamente, nunca había resultado tan complicado distinguir lo verdadero de lo falso. Las redes sociales nos ofrecen titulares, vídeos, declaraciones y estadísticas que consumimos en pocos segundos, y sus algoritmos tienden a mostrarnos contenidos similares a aquellos con los que interactuamos. Así refuerzan nuestras convicciones y reducen nuestra exposición a otros argumentos.

 

Estar informado no significa recibir mucha información, significa disponer de información fiable y saber filtrarla adecuadamente. Antes de compartir una noticia conviene preguntarse quién lo dice, de dónde salen los datos, si están contextualizados y, sobre todo, qué dicen otras fuentes independientes. Y aprender a separar los hechos de las opiniones.

 

Podemos discrepar sobre las soluciones, pero necesitamos una base compartida de hechos verificables para discutirlas. Sin información contrastada no hay decisión plenamente informada.

 

E de Educación

 

La educación democrática no consiste únicamente en conocer nuestras instituciones o comprender cómo funciona un sistema electoral, consiste también en aprender a convivir con quienes piensan de manera diferente. Una de las mayores riquezas de una sociedad libre es su pluralidad.

 

Se pueden defender con firmeza las ideas propias sin despreciar a quienes sostienen otras. Se puede discutir apasionadamente sin insultar. Se puede cambiar de opinión sin vivirlo como una derrota. Discrepar no convierte a nadie en enemigo.

 

El respeto se dirige siempre a las personas. Las ideas, por su parte, pueden y deben ser cuestionadas, debatidas y sometidas a crítica. Y la educación exige también humildad intelectual: reconocer que nadie tiene todas las respuestas y que nuestras convicciones pueden estar equivocadas.

 

Una democracia madura no es aquella en la que todos están de acuerdo, sino aquella en la que sabemos convivir en el desacuerdo.

 

D de Decidir la España que queremos

 

Nuestro voto merece algo más que el enfado con unos o el miedo a otros. Debe responder a una pregunta: ¿quién está mejor preparado para mejorar nuestro futuro?

 

Debería significar elegir qué país queremos construir y dejar a nuestros descendientes.

 

¿Qué modelo educativo deseamos? ¿Qué sanidad queremos mantener? ¿Cómo garantizamos las pensiones? ¿Qué futuro ofrecemos a los jóvenes? ¿Qué papel deben desempeñar la industria, la innovación y la tecnología? ¿Cómo protegemos nuestras libertades? ¿Qué infraestructuras queremos? ¿Y quién genera la riqueza que permite financiar todo lo anterior?.

 

Estas preguntas merecen respuestas concretas, no solo eslóganes. Hay que exigir proyectos, prioridades y explicaciones sobre cómo se financiarán y ejecutarán, porque gobernar es decidir, asignar recursos y asumir responsabilidades, y toda decisión tiene consecuencias. También conviene valorar la trayectoria de quienes solicitan nuestra confianza, su capacidad de gestión y su disposición a rendir cuentas.

 

El voto no debería ser un cheque en blanco ni un acto de fe. Debería ser una decisión consciente sobre nuestro futuro colectivo.

 

O de Objetividad

 

Probablemente sea el ejercicio más complicado de todos: olvidarnos del hooliganismo del «yo siempre he votado a ese». Quizá esta vez toque votar a otro, o en blanco.

 

Ninguno somos completamente objetivos. Nuestras experiencias, valores, creencias e intereses influyen en cómo interpretamos la realidad. Reconocer esos sesgos es el primer paso para reducir su influencia.

 

La objetividad exige aplicar los mismos criterios a todos. Si rechazamos la corrupción, hay que rechazarla gane quien gane. Si reclamamos transparencia, hay que exigirla gobierne quien gobierne. Si defendemos la responsabilidad, también hay que reclamarla a quienes representan nuestras ideas. No podemos justificar en los nuestros lo que condenamos en los demás.

 

El sentido común debería llevarnos a valorar las propuestas por su viabilidad y por sus resultados y consecuencias a corto, medio y largo plazo, no solo por quién las presenta. Y la objetividad tampoco significa aceptar todas las posiciones como igualmente válidas. Significa evaluarlas con rigor, evidencia y criterios coherentes.

 

La coherencia democrática comienza cuando dejamos de usar dos varas de medir.

 

Votar sin miedo

 

Las elecciones son uno de los momentos en que los ciudadanos decidimos el rumbo del país. Es un derecho extraordinario, pero también una gran responsabilidad.

 

No necesitamos votar todos lo mismo ni compartir ideologías, prioridades o modelos de sociedad. Necesitamos algo más importante: ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, que cuestionen las mentiras, contrasten la información, respeten las diferencias, reflexionen sobre el país que desean y juzguen con criterios coherentes.

 

Porque la democracia no se fortalece cuando gana nuestro partido favorito. Se fortalece cuando los ciudadanos pueden elegir libremente, con conocimiento y criterio.

 

Que nadie piense por nosotros. Que nadie decida por nosotros y sobre todo, que nadie consiga que votemos por miedo en lugar de hacerlo por convicción o pensando en el futuro que deseamos.

 

Linkedin: Pedro Rodríguez Molina

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