A matar o morir: la táctica de una España rota en pedazos
El próximo 29 de noviembre se celebran elecciones generales en España envueltas en una atmósfera viciada en la que apenas se puede ni respirar. La sensación de agobio y tensión en la calle es total. Insoportable, de hecho. Y no nos engañemos: a estas alturas, a nadie le importan los programas económicos, si los jóvenes podrán pagar un alquiler o cómo está la sanidad pública. Lo que realmente mueve esta campaña son las vísceras y el miedo. Se ha cambiado el debate de ideas por el vandalismo radical y una guerra de trincheras en la que el único objetivo es machacar al adversario.
La estrategia del supremo hacedor Sánchez, de Feijóo o Abascal es tan vieja como eficaz: polarizar hasta que duela. Los asesores de campaña han visto que es mucho más fácil proclamar a los cuatro vientos: “Que viene el coco”, que convencer a la población con firmes propuestas de futuro. Ya no se vota a favor de un proyecto de país; se vota a la contra, lo que sea para que los otros no gobiernen.
En medio de ese panorama, los matices han desaparecido y ser moderado se paga caro. Si no estás conmigo, estás en el bando de los que quieren seguir cargándose a España o de los que supuestamente van a pisar los derechos sociales. No hay término medio. Lo peor de todo es el daño colateral que está dejando en el tejido social. Esta locura ya no se queda sólo en los platós de televisión o en el Congreso; se ha metido de lleno en las conversaciones familiares, ha reinventado los grupos de WhatsApp y está dinamitando la convivencia diaria.
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El control absoluto del poder, los medios de comunicación y las instituciones del Estado por nuestros gobernantes y la polarización extremista de los bandos, están alimentando una desconfianza crónica y un odio visceral hacia las ideas y las personas, e incluso al vecino de enfrente. Pero hay una realidad que se olvida por el camino: el 30 de noviembre, gane quien gane, el país tendrá que seguir funcionando y nosotros deberemos continuar viviendo juntos, los unos con los otros. Quizás ha llegado el día de empezar a tomar cartas en el asunto, pues al menos yo, en mi humilde opinión, esto no lo quiero.
Estas elecciones no medirán cuántos escaños consigue cada uno, sino nuestro nivel de madurez. El gran reto ahora mismo no es elegir una papeleta en concreto o unas siglas, sino no dejarse convencer por ese odio prefabricado desde los altos despachos. Si dejamos que la política se convierta en un combate de ultras, habremos perdido a todos. Es hora de exigir un debate serio, a la altura de los ciudadanos.
Un país no se levanta con los radicales izquierdistas quemando las calles en Barcelona, ni con barricadas, saqueos o destrozos, sino tendiendo puentes y buscando la forma de entenderse, pues estoy seguro de que todavía sabemos hacerlo. Los españoles siempre hemos demostrado sentido común a la hora de depositar una papeleta en las urnas en momentos delicados. Y este es el más deleznable y peliagudo que alcanzo a recordar. En la actual coyuntura, la ciudadanía debe volver a actuar con la misma responsabilidad que en anteriores ocasiones necesitadas de cambio, eligiendo el camino con sensatez y atendiendo a las soluciones reales que España necesita con urgencia.
Linkedin: Francisco Luis Velasco



